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Eso pasa en la Capital Federal con un público del suntuoso barrio de Palermo. En el interior es lo mismo, o más. Cabe entonces preguntarse ¿cuál es el fenómeno de masas de este político, más allá de que a los argentinos les gustaron siempre los hombres fuertes y son propensos a las idolatrías?
Desde ya su carisma, pero lo que sorprende es cómo lo conserva con toda la prensa en contra, cómo lo modela con permanentes golpes de efecto, de los cuales Cecilia Bolocco es tan insólita como eficaz.
Es comprensible que «Clarín» se desgañite para ajarlo a Menem y tema su regreso después de tantas ignominias que le hizo y hace; que el juez Urso y el fiscal Stornelli vuelvan a zarandear de preguntas durante 7 horas al quebrado Sarlenga -parece que sin éxito-para que les diga algo más que involucre a Menem en el tema chico de las «armas a Croacia». En definitiva Urso, Stornelli y el inefable «denunciador» abogado Moner Sáenz saben que a la historia se puede entrar como grande como Bruto o como Lee Harvey Oswald...
También es comprensible -y más si concurrieran a un acto público actual-la desesperación de políticos como Ruckauf o Duhalde que sueñan con eclipsarlo (más hábiles De la Sota y Reutemann y los restantes gobernadores justicialistas, quizá sin Kirchner, jamás lo atacan, aunque tengan sus ambiciones personales). Ni digamos la desesperación de la izquierda que ve como la mayor frustración de sus opacas existencias políticas el hecho de que la atracción de las ansiadas «masas populares», la tenga, y no la resigne, un caudillo justicialista, provinciano (y no porteño), proveniente de un partido con base en los trabajadores que ejecutó una política basada en la odiada libre empresa y en achicar el Estado. Es el infierno inimaginable como coexistencia para políticos y periodistas de izquierda.
No menos comprensible es la resignación del radicalismo que cada vez que llegó al poder, desde 1928, fue para frustrarse y acomplejarse más y en las noches ante su conciencia no deja de retorcerse por haber vivido medio siglo deformando la ley y la Constitución -junto a declamar que no lo hace-para poder frenar la irrupción constante o continua del peronismo en el poder.
Porque, ante observadores independientes, Menem tiene eso que lo distancia del miedo, bastante justificado, que irradiaba Juan Perón, sobre todo en su primera época antes de autoconvertirse en «león herbívoro»: a este riojano, ni sus más acérrimos enemigos se atreverían a adjudicarle intenciones dictatoriales, antidemocráticas o de prisión para sus opositores. Claro, la consecuencia es obvia: sólo se lo puede enfrentar políticamente, entonces, tratando de esmerilarlo por el lado de la corrupción que la hubo durante su década, pero exagerándola. No hay otro camino porque por la eficiencia también era inatacable. Y sin siquiera compararlo con el penoso momento actual de sus sucesores.



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