11 de mayo 2001 - 00:00

Los que se reúnen porque "no les creen más a los diarios"

Los que se reúnen porque no les creen más a los diarios
El periodista al volver el pasado miércoles a un acto público de Carlos Menem en Costa Salguero no puede menos que recordar 1988, quizá 1987, cuando ni siquiera era precandidato sino simplemente gobernador de La Rioja y aspiraba a ser presidente.

Hace 48 horas, como hace 13 o 14 años, se vuelve a ver el fenómeno social de 700 personas que pagan para que les sirvan dos empanadas, un locro hirviendo en medio zapallo, un postre «Rogel» empalagoso y un poco de vino. Pero lo pagan contentos en una «peña» (discretamente no la llaman cena, aunque todos comen sentados a una mesa) porque se repite el ansiado premio extra: fotografiarse con Menem y ahora con un agregado que acrecienta el valor de la foto, también con Cecilia Bolocco.

No menos de 300 personas pasan por esa mesa principal a saludar al ex presidente, posar junto a él y Bolocco, besarlos a ambos, susurrarle algo, dejarle una carta o versos (como el ex funcionario y poeta José María Castiñeiras de Dios).

Hay invitados especiales y discursos, como el de Roberto Alemann, pero nada es importante como verlo a Menem y saludar a su novia que está siendo formada a su imagen y semejanza porque sonríe y besa a cada uno y no rechaza fotografiarse con nadie. Linda, elegante, con aros y gargantilla de brillantes, se sienta y se para, casi no come y sobrelleva que todas las mujeres quieran hablarle al oído para decirle casi siempre lo mismo: -¡Cuídelo mucho, cuídelo mucho linda, lo necesitamos!

Identificación

Quien no puede susurrárselo se lo grita de lejos y ella asiente. Además el ex mandatario reconforta más a muchos de los que vienen apretujados en la fila para acercarse a la mesa principal con esa rara cualidad que es de políticos pero llevada a extremos por Menem: acierta a saludar por el nombre a no menos de 100 personas. «A los otros no, porque no los conoció al menos una vez porque si fuera así ya lo registraba», comenta la diputada Marta Alarcia que le atribuye poderes sobrenaturales a la memoria del riojano.

Eso pasa en la Capital Federal con un público del suntuoso barrio de Palermo. En el interior es lo mismo, o más. Cabe entonces preguntarse ¿cuál es el fenómeno de masas de este político, más allá de que a los argentinos les gustaron siempre los hombres fuertes y son propensos a las idolatrías?

Desde ya su carisma, pero lo que sorprende es cómo lo conserva con toda la prensa en contra, cómo lo modela con permanentes golpes de efecto, de los cuales Cecilia Bolocco es tan insólita como eficaz.

Es comprensible que «Clarín» se desgañite para ajarlo a Menem y tema su regreso después de tantas ignominias que le hizo y hace; que el juez Urso y el fiscal Stornelli vuelvan a zarandear de preguntas durante 7 horas al quebrado Sarlenga -parece que sin éxito-para que les diga algo más que involucre a Menem en el tema chico de las «armas a Croacia». En definitiva Urso, Stornelli y el inefable «denunciador» abogado Moner Sáenz saben que a la historia se puede entrar como grande como Bruto o como Lee Harvey Oswald...

También es comprensible -y más si concurrieran a un acto público actual-la desesperación de políticos como Ruckauf o Duhalde que sueñan con eclipsarlo (más hábiles De la Sota y Reutemann y los restantes gobernadores justicialistas, quizá sin Kirchner, jamás lo atacan, aunque tengan sus ambiciones personales). Ni digamos la desesperación de la izquierda que ve como la mayor frustración de sus opacas existencias políticas el hecho de que la atracción de las ansiadas «masas populares», la tenga, y no la resigne, un caudillo justicialista, provinciano (y no porteño), proveniente de un partido con base en los trabajadores que ejecutó una política basada en la odiada libre empresa y en achicar el Estado. Es el infierno inimaginable como coexistencia para políticos y periodistas de izquierda.

No menos comprensible es la resignación del radicalismo que cada vez que llegó al poder, desde 1928, fue para frustrarse y acomplejarse más y en las noches ante su conciencia no deja de retorcerse por haber vivido medio siglo deformando la ley y la Constitución -junto a declamar que no lo hace-para poder frenar la irrupción constante o continua del peronismo en el poder.

Porque, ante observadores independientes, Menem tiene eso que lo distancia del miedo, bastante justificado, que irradiaba Juan Perón, sobre todo en su primera época antes de autoconvertirse en «león herbívoro»: a este riojano, ni sus más acérrimos enemigos se atreverían a adjudicarle intenciones dictatoriales, antidemocráticas o de prisión para sus opositores. Claro, la consecuencia es obvia: sólo se lo puede enfrentar políticamente, entonces, tratando de esmerilarlo por el lado de la corrupción que la hubo durante su década, pero exagerándola. No hay otro camino porque por la eficiencia también era inatacable. Y sin siquiera compararlo con el penoso momento actual de sus sucesores.

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