Bien mirada su política, acaso las relaciones exteriores de Néstor Kirchner se reduzcan exclusivamente a España. Por eso importa la tensión que promete abrir la condición de asilado que se le piensa extender a Jesús María Lariz Iriondo, a quien el Estado español le imputa la comisión de atentados terroristas. Podrá decirse que con los Estados Unidos tiene un vínculo de respeto y disciplina que se vuelve comprensible cuando se advierte el peso de Washington en la superación de algunas vallas por parte de la Argentina, sobre todo las que tienen que ver con la economía y los organismos financieros internacionales. George W. Bush es el destinatario de las escasas gentilezas que tiene el Presidente en su trato: con él es puntual y hasta se abrocha el saco en su presencia. El envío de tropas a Haití o la suspensión de una visita programada a La Habana son otras manifestaciones de esa reverencia. Pero, aun así, los intercambios del gobierno actual con el de los Estados Unidos tiene pocas peculiaridades; más bien obedece a la inercia de una agenda impersonal. Hasta el chispazo por las declaraciones de Roger Noriega fue sofocado rápidamente por el Presidente, quien prefirió endulzar rápidamente el trato.
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Con Brasil pasa algo parecido. Kirchner podrá tentarse con alguna afinidad ideológica con el PT pero sufre el prestigio exterior de Lula da Silva y deplora que cada vez que va a un lugar se trata, para la prensa internacional, de un sitio por donde el presidente brasileño acaba de pasar o al que está por llegar en poco tiempo. Es difícil para un dirigente de mentalidad izquierdista tener que gobernar al mismo tiempo en que, al lado, reina un emblema para las corrientes del socialismo mundial,como es el sindicalista de San Bernardo. En cambio, en el caso de España, el Presidente ha demostrado un interés metódico, sistemático. Hay una razón de superficie: se trata de un presidente monóglota, que encuentra facilitado el vínculo con Madrid en razones idiomáticas con las que no cuenta en el caso estadounidense o en el brasileño. Además, conoce a muchos de los protagonistas de la relación con ese país, sobre todo a los empresarios. Ya desde su gobernación santacruceña debió tratar con los directivos de Repsol, por ejemplo.
Sólo en un caso el Presidente sostuvo una postura personal, propia (por lo tanto agresiva), respecto de un vínculo: fue en el caso español, en aquel infausto primer viaje en el que se peleó con casi todos sus interlocutores. También fue solamente España el país al que le dedicó una visita oficial para reparar la experiencia anterior.
El único embajador en cuyo pliego se interesó especialmente, aun contra un ventarrón de oposición, fue el de Carlos Bettini, su representante ante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Del mismo modo que el único embajador al que se preocupó de expulsar del cargo fue al que lo servía en Madrid, el duhaldista Abel Parentini Posse. Ni en el caso de los Estados Unidos (José Octavio Bordón) Kirchner se preocupó por poner un amigo personal que lo represente y apenas para Brasilia eligió a alguien que lo secundó en el último tramo de su carrera política (Juan Pablo Lohlé).
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