La política suele encontrar oportunidades donde hasta poco antes había incomodidades. Javier Milei encontró una de ellas en las Islas Malvinas. O, más precisamente, en Donald Trump. La inesperada tensión entre Estados Unidos y el Reino Unido alrededor de la causa le abrió al Presidente una ventana para endurecer el discurso argentino y acercarse a una bandera nacionalista que, hasta ahora, había transitado con cierta distancia.
No significa necesariamente un cambio de posición. Mucho menos un giro completo en la política exterior. Pero sí hay un upgrade de intensidad y, sobre todo, de contexto. Milei parece haber encontrado en su principal aliado internacional la oportunidad para meterse de lleno en una causa de enorme sensibilidad para la sociedad argentina.
Así, avanza ahora con iniciativa para sancionar a empresas que operen en la zona, dentro del Mar Argentino, relacionadas a petróleo y pesca. Las mayores alarmas provienen, en este sentido, del proyecto Sea Lion, que apunta a la explotación de hidrocarburos en las aguas que rodean a las Islas Malvinas, en un área cuya soberanía es reclamada por la Argentina. El yacimiento se encuentra aproximadamente 220 kilómetros al norte del archipiélago y es operado por Navitas Petroleum, una compañía israelí que posee una participación del 65%. El 35% restante pertenece a la británica Rockhopper Exploration, enfocada en tareas de exploración y producción.
Milei, además, pone a Vaca Muerta como garantía de la inédita medida: quien participe de esas exploraciones en las islas no podrá operar en el país.
Recorrido con claroscuros
Antes de llegar a la Casa Rosada, el libertario ya había quedado envuelto en polémicas por sus elogios a Margaret Thatcher, una figura difícil de separar en Argentina de la Guerra de Malvinas. Durante la campaña presidencial sostuvo que la soberanía argentina sobre las islas era "no negociable", aunque también habló de una solución que contemplara la posición de sus habitantes.
No fue una referencia aislada. En distintas oportunidades, Milei volvió sobre la voluntad de los isleños como parte de una eventual solución al conflicto. Una formulación que generó cuestionamientos porque se aleja, al menos discursivamente, de la posición histórica argentina, que rechaza que el principio de autodeterminación pueda aplicarse al caso Malvinas. En la cadena nacional fue por primera vez contundente: señaló que ese principio no aplica y que cualquier referendum de los isleños, como población implantada, es inválido.
Ya en el Gobierno, la cuestión Malvinas tampoco ocupó inicialmente un lugar central en la política exterior libertaria. En febrero de 2024, por ejemplo, el entonces canciller británico (y ex primer ministro) David Cameron visitó las islas y sostuvo que la cuestión de la soberanía no estaba en discusión. La primera respuesta argentina fue moderada. El Gobierno terminaría luego formalizando su protesta, pero el episodio abrió críticas dentro y fuera de Cancillería por la reacción inicial. Hubo otros capítulos. Y también silencios.
Más recientemente, la presencia de un buque británico en aguas argentina, una primicia exclusiva de Ámbito, volvió a generar cuestionamientos sobre la política argentina hacia el Atlántico Sur. El episodio tuvo repercusión en la opinión pública, aunque no provocó una escalada desde la Casa Rosada similar a la que ahora ensaya el Presidente.
Incluso el fútbol ofreció hace pocas semanas una postal útil para observar el contraste. Después de la victoria de la Selección argentina ante Inglaterra en el Mundial, los jugadores desplegaron una bandera con la inscripción "Las Malvinas son argentinas". La escena rápidamente excedió lo deportivo. Milei, sin embargo, evitó subirse a esa ola.
La Selección argentina revitalizó el histórico reclamo.
"Es un partido de fútbol", planteó entonces el Presidente al ser consultado sobre la reivindicación. También dejó en claro que no le había gustado mezclar ambas cuestiones. El hecho, que podría haber sido anecdótico, sin embargo impregnó la agenda política y el rebrote del clima nacionalista fue determinante, en un efecto dominó, para que en el Congreso cayera en desgracia la Ley de Tierras que suponía eliminar límites de extranjerización de la propiedad.
Trump movió una pieza
El cambio comenzó lejos de Buenos Aires. Donald Trump puso en duda el tradicional alineamiento estadounidense con el Reino Unido en la disputa por las islas y generó una reacción inmediata en Londres. Milei no dejó pasar la oportunidad.
"Pasó algo muy fuerte", celebró esta semana al referirse a las palabras del mandatario estadounidense. El Presidente incluso vinculó el episodio con la estrategia internacional que desplegó desde que llegó al poder y con su decisión de establecer una relación privilegiada con Washington.
Ahí aparece quizás la principal paradoja de esta historia. Milei llega a una reivindicación más enfática de Malvinas no desde el nacionalismo tradicional argentino sino desde su alineamiento con Estados Unidos. Trump abrió una hendija y el Gobierno intenta ensancharla. Así como el Presidente ató parte de la estabilidad financiera preelectoral de 2025 a los EEUU, ahora ocurre un hecho semejante en la reivindicación por las islas: su alineamiento con la administración republicana será, de acá en más, y al menos en el discurso oficialista, el único salvoconducto a una reapertura por la discusión de la soberanía.
Milei busca capitalizar su relación con Donald Trump en la causa Malvinas, la que definió como "causa nacional".
Presidencia
La oportunidad llega, además, cuando la administración libertaria comenzó a revisar su estrategia sobre el Atlántico Sur. Como contó Ámbito, Defensa trabaja en un cambio de paradigma que vuelve a colocar en el radar conceptos que habían perdido peso durante las últimas décadas: capacidad de disuasión, control del espacio marítimo, Antártida y presencia argentina en el extremo sur.
No necesariamente todos esos movimientos responden a una misma decisión ni forman parte de un único plan. Pero empiezan a coincidir en el tiempo. Malvinas tiene una particularidad que pocas cuestiones conservan en una Argentina atravesada por la polarización: la reivindicación de la soberanía mantiene un consenso que cruza prácticamente todo el sistema político.
Para Milei, además, ofrece una posibilidad novedosa. El libertario construyó buena parte de su identidad de líder discutiendo algunos de los consensos y símbolos de la política argentina. Cuestionó la idea tradicional del Estado, confrontó con buena parte de la dirigencia política y sindical y hasta revisó públicamente algunas lecturas históricas instaladas durante décadas.
Con Malvinas había mantenido hasta ahora una relación bastante más incómoda. Defendió la soberanía argentina, pero evitó buena parte de su liturgia. Habló de los isleños. Elogió a Thatcher. Y se mostró refractario a mezclar nacionalismo, política y fútbol. Trump parece haberle permitido encontrar otra puerta de entrada.
No hace falta que Milei se convierta en un nacionalista clásico ni que abandone su política de alineamiento con Washington. Puede hacer exactamente lo contrario: utilizar ese vínculo como argumento para sostener que su estrategia internacional consiguió algo que otros gobiernos no lograron. De paso, se apropia de parte de la agenda de su principal rival interna: Victoria Villarruel, quien amaga con presentarse en 2027 como candidata con chances de partir el voto libertario. Eduardo, padre de la vice, participó de la guerra en 1982.
Es temprano para saber cuánto hay de cambio estructural y cuánto de oportunidad política. También para determinar si las palabras de Trump pueden traducirse alguna vez en una modificación concreta de la posición estadounidense sobre Malvinas. O, si, en caso de que el Reino Unido amplíe su presupuesto de Defensa y se involucre de manera más activas en conflictos dispersos que afecten a los socios de la OTAN, Trump volverá a acercar posiciones a su histórico aliado europeo, si apenas fue un breve romance esa sintonía con la posición argentina.
Por lo pronto, Milei parece haber leído el momento.