12 de marzo 2002 - 00:00

Moyano se volvió manso, ¿busca ahora una Banelco?

Hugo Moyano dejó sus ínfulas de líder combativo para apoyar a Duhalde
Hugo Moyano dejó sus ínfulas de líder combativo para apoyar a Duhalde
Hugo Moyano se ha propuesto dar señales de razonabilidad, cordura y buena convivencia frente a Eduardo Duhalde, casi tantas como las que Duhalde piensa producir en estos días hacia los Estados Unidos. Como el Presidente, el sindicalista piensa cobrar de alguna manera su cordialidad. En su escala, claro. Por eso ayer concurrió a la Casa Rosada encabezando a todo el sector del autotransporte, representado por patrones y trabajadores. Igual a Lorenzo Miguel en otros tiempos, el camionero ya no se siente representante de los trabajadores exclusivamente, sino que aspira a encabezar toda una actividad. Como si también fuera empresario. Después de haber encabezado un plenario del Movimiento de los Trabajadores Argentinos pasablemente oficialista, Moyano pasó por ventanilla. Una pena, el ministro de Trabajo, Alfredo Atanasof, ignora qué es una Banelco por lo que el otrora combativo marplatense no encuentra todavía cómo gratificarse. Por lo menos ayer le hizo prometer a Duhalde un tratamiento especial con las compañías de transportes, sobre todo ahora, cuando todos los sectores se disponen a discutir tarifas.

La gran incógnita entre los amigos de Moyano es si, finalmente, le alcanzará con esta nueva moderación. Sucede que el Presidente designado no confía en él lo suficiente. En rigor, se cumple una vieja ley de la política que, en la Argentina, ya definió Bartolomé Mitre a mediados del siglo XIX: una de las primeras decisiones del que llega al poder de manera no convencional es destruir al ejército que le ayudó a promoverse, no vaya a ser que la revolución continúe, en su contra. Con este criterio, Duhalde parece comenzar a darle la espalda a Moyano, figura central del avance bonaerense sobre la Casa Rosada.

El encargado de llevar adelante esta misión disciplinaria es, precisamente, Atanasoff. El ministro exhumó una vieja agrupación de «gremios solidarios» (adjetivo que sólo gracias a las peculiaridades del sindicalismo argentino no se vuelve redundante) que él mismo presidía, en favor de Duhalde, durante la campaña de 1999. Allí se nuclean desde el «Momo» Benegas, de los peones rurales, a Luis García Ortiz, de los supervisores metalúrgicos. En su momento fue el finado Carlos «Perro» Roldán quien tejía la urdimbre de este sector duhaldista, a la que ahora pretenden agregar a dos sectores nuevos: los taxistas de Omar Viviani y las «62 Organizaciones», que además de ser un sello ya ni siquiera tiene tinta.

•Argumento

Viviani, las «Seis-dos» y otras expresiones menores del moyanismo están dispuestos a abandonar al camionero con un argumento lineal: «Para los que somos duhaldistas, él no se dio cuenta de que llegamos al poder y sigue criticando y vociferando; para los que son opositores tampoco rinde desde que comenzaron a hacerle escraches en su casa». El oficialismo mira ahora más allá de Moyano y ya puso la lupa sobre su mentor y el verdadero artífice del MTA: Juan Manuel Palacios (colectiveros) y sobre José Rodríguez (SMATA), quien ya está harto de estar en la oposición.

El destino que prevén para el camionero en la Casa Rosada es la compañía de otros «inadaptados» como Francisco «Barba» Gutiérrez -combativo minoritario de la UOM-y José Piumato, representante de los empleados judiciales. El resto pasaría a formar parte de algo que, en rigor, nunca existió en sentido pleno y que ahora expresa casi una apuesta riesgosa: el «duhaldismo sindical». Debutarán esta semana, visitando a su líder de la mano de Atanasof.

Si la configuración de la CGT revoltosa está cambiando por el calor que le ofrecen en el gobierno, los «gordos» dialoguistas están sometidos también a mutación. La novedad en este campo es que los gremios de empresas privatizadas han decidido nuclearse en una confederación o unión que los agrupe. Bajo ese techo común se unirán telefónicos, ferroviarios en todas sus ramas, petroleros, afiliados a Luz y Fuerza, Obras Sanitarias y a las empresas de gas. Estos sindicalistas percibieron rápidamente la crisis por las que atraviesan sus empresas con la devaluación: todas tienen compromisos externos en dólares, pero sus tarifas están pesificadas y, en algunos casos, «lecopizadas». Presionadas por el gobierno para que no aumenten sus precios, estas empresas -prevén los gremialistas-querrán bajar salarios o producir despidos para adecuar costos a la nueva ecuación cambiaria y al nivel de actividad, deprimido desde hace muchos meses.

•Pacto

Antes de que se les presente este escenario y organizados por un experto en este tipo de discusiones, Oscar Lescano (años de arrebatar ventajas en medio de la inestabilidad), los privatizados volverán a ofrecerle a sus patrones -ahora extranjeros-un viejo pacto: el acuerdo empresa-gremios a cuenta de la inflación que deriva del aumento de tarifas. Los dueños de las empresas de servicios públicos y petroleras cambiaron, en algunos casos más de una vez. Pero los gremialistas del sector siguen siendo los mismos: como aquellos monarcas de la Restauración, al cabo de diez años de estabilidad no aprendieron nada y, lo que es peor, tampoco olvidaron nada.

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