«¿Quién llevó la plata al banco?», preguntó esa tarde Augusto Timoteo Vandor. «Lorenzo», le contestaron. «¿Cómo? ¿A quién se le ocurre darle plata a Lorenzo?», se indignó «el Lobo». Le aclararon que no había que temer, que era «un muchacho honesto», por lo que Vandor aclaró: «Es que no tengo miedo a que la robe; tengo miedo a que la pierda». El metalúrgico Paulino Niembro -padre de Fernando, el periodista-narró el episodio hace años, mientras almorzaba en el restorán La Banderita. El hombre descripto en esa anécdota de colores mediocres era Lorenzo Miguel. Murió ayer y fue, si se quiere, una pieza principal de la vida pública del país en los años '70 y '80.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Vandor no sabía cuando confesó esos reparos que Miguel sería quien lo iba a heredar al frente de la Unión Obrera Metalúrgica. Después del asesinato del viejo caudillo se eligió como jefe a quien hasta entonces había sido tesorero del gremio. Hijo dilecto de Lugano, con un brumoso pasado de obrero en la fábrica Capea, Miguel fue conocido toda su vida como «el Tordo» (sólo quienes no lo trataban lo llamaban «el Loro»). Controló con pericia a lo largo de los años la seccional Capital del sindicato pero le fue más difícil disciplinar a toda la UOM: el proceso de desindustrialización y la privatización de SOMISA hicieron que esa «organización», como gustaba llamarle, perdiera gravitación y que se potenciaran en su seno las corrientes más contestatarias, a las que Miguel siguió la corriente de mal grado, hasta terminar en la incómoda compañía de Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios, junto a Adolfo Rodríguez Saá. Su corazón, la Capital, se mantuvo invariable con Carlos Menem a través de Roberto Monteverde, quien ahora lo sucederá al frente de la UOM.
No se comprendería la biografía de Miguel si no se contempla el panorama de un país de economía cerrada, con fuertes regulaciones estatales, pleno empleo, sustitución de importaciones y control corporativo de la política, que se administraba desde el episcopado, Campo de Mayo y la UOM, o su extensión política, las 62 Organizaciones. En ese país el jefe de los metalúrgicos era una referencia que excedía lo gremial, aun cuando el convenio de su sindicato fuera el metro patrón de la política salarial de toda la economía.
Ese rol contrasta mucho con la personalidad de un hombre que apenas sabía expresarse y que muy pocas veces dio reportajes o hizo declaraciones públicas. De infaltables lentes negros y «camisaco», Miguel solía hablar más con las manos que con la voz, sea por falta de elocuencia o temor a que lo estuvieran grabando, como argüían sus devotos. Con los dedos índices y pulgar en ele, acostumbraba a rotar las dos manos para preguntar «¿me explico?» al cabo de cada frase, en general inconclusa y con expresiones como «no podemos ser protestatarios» o «esto lo voy a decir peronísticamente». Tenía gracia por momentos, como cuando se aburría en alguna reunión con «los señores empresarios» y hacía señas a sus acompañantes moviendo el pulgar de arriba a abajo sobre el puño de la otra mano cerrado, como quien ceba mate. Los demás entendían: estaba indicando «se vamo».
•Casa grande
Todavía no existía el duhaldismo y, por lo tanto, faltaba el calificativo «bonaerense» para describir su estética de casa grande de Lugano, patio con loros y helechos, vermouth sagrado al mediodía y mucho cabotaje en los desplazamientos (más allá de algún viaje al norte de Italia, míticas incursiones por Canarias adonde le sospechaban alguna inversión o una visita inesperada a lo de la doctora Aslán, versión prediluviana de la clínica La Prairie). A pesar de esa sencillez, muchos personajes de la vida pública actual fueron concebidos en la cabeza de Miguel y de la UOM y deberían sentirse en deuda con él: desde Antonio Cafiero, a quien Vandor conchabó como contador, hasta Enrique Petrachi -a quien en los '80 llamaban «el juez metalúrgico»-, pasando por José María Vernet, Miguel Unamuno, José María Díaz Bancalari, los hermanos Spadone o Rodolfo Daer. Aunque el producto más notorio de la escudería fuera Carlos Ruckauf, a quien Miguel convirtió en ministro de Trabajo de Isabel Perón a los 31 años de edad. No fue, con todo, su peor pecado.
¿Se puede decir que Eduardo Duhalde, quien ayer homenajeó al muerto en Lugano, fue cortado por la misma tijera? En alguna medida sí: fue desde las 62 Organizaciones de Lomas de Zamora, de la que era secretario de actas por el gremio municipal, que lo convirtieron en concejal en 1973 y lo lanzaron a la carrera política.
•Rama gremial
Las 62 Organizaciones Peronistas fueron la otra casa de Miguel. Se las conoció como «las seis-dos» y eran «la rama gremial del movimiento». Como jefe de esa liga conoció la cúspide del poder partidario en 1983. Después de pasar más de tres años de prisión -con Carlos Menem y Diego Ibáñez-en el barco 33 Orientales y en el penal de Magdalena, quedó al frente del PJ, desde donde modeló la oferta electoral del partido en la salida democrática, con la fórmula Luder-Bittel y una ponchada de sindicalistas en las listas de legisladores. Y por lo que se ganó el grado de «Mariscal de la Derrota». Nunca olvidó la silbatina en el estadio de Vélez pero sí relativizó la reivindicación de Menem, en 1988, en el de River.
Jamás se llevó bien con el riojano -hubo hasta juicios por injurias por frases del metalúrgico trasladadas a libros-, a pesar de los esfuerzos por abuenarlos de Diego Ibáñez, gremialista del SUPE, amigo clave de Miguel a cuyo fallecimiento sobrevino el eclipse del metalúrgico.
Pasó lo mejor de su vida, el tramo más violento, envuelto en una guardia de «pecetos» de sindicato, comandados por los hermanos Corea, por lo común boxeadores retirados que la violencia de los '70 obligó a sustituir por personal profesionalizado. Fue el emblema de un país inviable y de un sector, el sindical, en cuyas lacras hay que buscar parte importante de la explicación para sus deformaciones. Desde hace por lo menos un año se sometió a la diálisis semanal. Murió acompañado por su esposa Helena, a cuyos brazos volvió tras una separación que lo sacó, apenas por un par de años, de un molde suburbano y tradicional en el que mantuvo durante toda su vida.
Dejá tu comentario