Nace la cohabitación, invento afrancesado

Política

Históricamente, las «cohabitaciones» no se prestan a las prognosis de finales felices. Tienden a ser juegos de suma cero, sumamente desgastantes para una y otra parte, pero donde en el final uno emerge como el ganador y otro como el derrotado. El origen de la palabra está en Francia, país rico en vodeviles, comedias de situaciones equívocas, de adulterios, engaños, concubinatos y alianzas de similar laya.

En los años 80, un ascendente Jacques Chirac desafiaba donde podía al presidente socialista François Mitterrand. El sexenio de presidencia francesa, moldeada a su medida por el general Charles De Gaulle, y reminiscente en más de un aspecto de una monarquía (con sus poderes incuestionados en política exterior y defensa) no se presta de manera maleable a la «cohabitación» con un gobierno y un Parlamento de derechas. Y mucho menos (como era ahora el caso) viniendo de unos primeros cuatro años absolutamente rosados de la presidencia de Mitterrand, que en plena Guerra Fría llegó a incluir a cuatro ministros del Partido Comunista más stalinista de Europa occidental en su primera constitución de gabinete.

Mitterrand debió soportar dos cohabitaciones en Francia: con la alcaldía de París en manos por interminables años de Chirac y luego del gobierno mismo, incluyendo figuras de la derecha como Edouard Balladur, Alain Juppé y el propio Chirac. Pero los pronósticos catastrofistas se probaron menos justos que lo temido.

Un país como Francia es melodramático a la hora de los Jacques Chirac pronunciamientos públicos, pero razonable y negociador en los asuntos de Estado. Y más, si los protagonistas del duelo son gente como Chirac (ex paracaidista en la Guerra de Argelia) y Mitterrand, cuyo socialismo, debe decirse, tuvo lugar después del largo período de apoyo al régimen fascista de Vichy relatado en su biografía expresamente autorizada (y, uno diría en su caso, esculpida) «Una juventud francesa».

  • Pavimentación

    El caso es que la infinita alcaldía de París, una ciudad de derecha, por Chirac, le sirvió a éste para pavimentarse el camino hacia la presidencia, que finalmente ganó con el tácito consentimiento de Mitterrand, y para escapar a procesos judiciales que recién deberá afrontar ahora, desprovisto de la inmunidad presidencial. Mitterrand coreografió su propio deceso (que, al parecer, ya le había sido predicho antes de que asumiera su primera presidencia, en 1980) y, con Chirac, los enfrentamientos, nunca menos que amables, no fueron más lejos de un quítame allá esos presupuestos.

    Menos coreografiada y más brutal fue la cohabitación entre Bill Clinton, un progresista con ambiciosos proyectos de salud pública, y la revolución conservadora que se le vino en la forma de las elecciones de mitad de mandato de 1994, con el Senado y la Cámara de Representantes volcándose a favor de una marea radical de derecha económica y en asuntos sociales encabezada por Newt «Newtron» Gingrich y un nutrido séquito de parroquiales pastores televisivos. El país venía de inocentes debates sobre la actitud correcta a asumir por los gays en las Fuerzas Armadas (si admitir ser gay o la política de «no decir, no preguntar» que fue finalmente avalada por Clinton) cuando se le vino encima una avalancha que mezclaba armamentismo interno con antiabortismo radical, xenofobia antiinmigrante, valores patrioteros, antiabortismo intransigente, aislacionismo internacional y máxima astringencia en gastos sociales.

    El país fue llevado a la parálisis, y, durante algunas semanas, el gobierno federal debió «cerrar» por falta de presupuesto. Clinton, que se había abroquelado en esa posición inicial dura, «ganó» la batalla cooptando gradualmente las medidas (y el mensaje) de sus atacantes. Y usó el cierre del gobierno en los meses de la pelea por el presupuesto para relajarse y gozar: fueron los tiempos iniciales de su affaire con la pasante Monica Lewinsky.
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