11 de diciembre 2001 - 00:00

Ni Alfonsín se salvó de la guerra de despachos

Ni Alfonsín se salvó de la guerra de despachos
Los nuevos senadores debutaron ayer con clásicas mudanzas de apuro y peleas de última hora por sillones, escritorios y, aunque parezca increíble, máquinas de escribir para redactar los primeros proyectos de la temporada. Anoche cotizaban en alza los pedazos de mampostería que sirvieron para improvisar despachos, al mejor estilo de las casas prefabricadas.

En medio de esta carrera inmobiliaria, Cristina Fernández de Kirchner se anotó en el libro de los récords parlamentarios 2001-2002 al presentar la primera iniciativa. A las 8.05, ingresó por mesa de entradas una previsible propuesta de ley para derogar la polémica reforma laboral y se desató una interminable puja.

La guerra de los despachos dejó algunos heridos, por ejemplo, la justicialista riojana Ada Maza, quien no pudo hacer valer su chapa de vice del bloque. Ante la falta de oferta inmobiliaria, se hizo acondicionar una oficina en la casa de La Rioja, a 700 metros del Congreso, por recomendación de su hermano, el gobernador Angel Maza.


Su comprovinciano Jorge Yoma, en prevención del ataque de «okupas» durante el fin de semana de la transición, encomendó a empleados propios que montaran guardia día y noche en dependencias del anexo de la ex Caja de Ahorro. El despacho del 4° piso que seguirá ocupando en el nuevo período quedó precintado -puertas y ventanas-para evitar invasores. Un operativo similar montó el rionegrino Miguel Angel Pichetto, quien se adueñó de varios escritorios disponibles en su condición de miembro del Consejo de la Magistratura.

Finalmente, el peronista José Luis Gioja consiguió ayer sentarse en dependencias de la presidencia de bloque que mantuvo hasta último momento Augusto Alasino, a pesar del cambio de guardia de setiembre de 2000. Alasino resignó el cargo en medio del escándalo por las supuestas coimas, pero no entregó la llave del despacho del 2° piso hasta la finalización de su mandato. Después de 14 meses, el sanjuanino no sólo disfruta de una vista privilegiada de la plaza de los Dos Congresos, sino también tiene acceso directo al ascensor VIP y al bloque, donde delibera todos los martes con sus compañeros de bancada.


En la demorada reivindicación, Gioja resignó espacio a manos del reelecto correntino Angel Pardo, quien amplió los escasos 43 metros cuadrados que ocupó en su anterior mandato. El aliado peronista de Raúl «Tato» Romero Feris ganó un bufete que usaba el equipo de prensa de Alasino, a fuerza de carteles con el nombre de Pardo pegados en los vidrios.

El cordobés Juan Carlos Maqueda, vice de la Cámara, heredó uno de los despachos estratégicamente mejor ubicados, el que perteneció al rionegrino Remo Costanzo. El predio de la planta baja tiene salida directa a la calle Combate de los Pozos, transversal a Rivadavia e Hipólito Yrigoyen y paralela a Entre Ríos, a espaldas del palacio. Se puede transitar a pie o en auto, y es ideal para emergencias por ejemplo, cuando hay marchas de jubilados «lanzahuevos» frente al Congreso.


Similar posicionamiento, aunque en el ángulo opuesto -la esquina de Yrigoyen y Entre Ríos-, posee el bufete de Antonio Cafiero que tomó Eduardo Duhalde en préstamo (el veterano senador mandato cumplido es suplente del ex gobernador y está convencido de que va a reemplazarlo, si el sorteo de mañana le otorga más de 2 años y hay una candidatura duhaldista de por medio). Con la bandera bonaerense que mandó crear Duhalde en la puerta y un portero eléctrico que previene de visitas molestas -lo hizo poner Cafiero cuando agitó sospechas por supuestos sobornos a sus compañeros-, permite ganar la calle tanto por la entrada principal de Hipólito Yrigoyen como por Entre Ríos, sin ser visto por el resto de los legisladores.

Raúl Alfonsín también consiguió un avance en materia de locaciones y se quedó con la oficina que abandonó Eduardo Bauzá, sanitarios incluidos. En el primer piso, a pocos pasos del recinto y vecino de la presidencia del cuerpo, estaba reservada para la mendocina Marita Percéval. La sucesora de Bauzá le entregó la llave al ex presidente radical, a cambio de que éste le diera la que le había prometido José Antonio Romero Feris en la planta baja, pero sin baño propio. En el apuro de la mudanza, los colaboradores del cacique de Chascomús improvisaron un cartel identificatorio confeccionado a mano y con birome.

La señora de Kirchner se benefició con la interna de los neuquinos. Silvia Sapag, la senadora saliente, le entregó a su colega santacruceña del PJ el despacho que tradicionalmente ocupó el MPN en la Cámara alta y «traicionó» a su prima, la ex intendenta de San Martín de los Andes Luz Sapag. Felipe Sapag, que terminó funciones, le entregó escritorio a su hermana Luz, razón por la cual el otro senador neuquino, Pedro Salvatori, se quedó sin espacio y trasladó la mayor parte de sus asuntos a la ex Caja de Ahorro. Una suerte parecida tuvo el tucumano Pablo Walter (Fuerza Republicana), quien rescató una oficina que había capturado el jujeño Alberto Tell y que originalmente correspondió a Carlos Almirón, fallecido delegado del bussismo.

Los que salieron muy bien parados en la locación de oficinas fueron el santafesino Oscar Lamberto (se pertrechó en el magnífico ámbito que le facilitó el formoseño Ricardo Branda, hoy director del BCRA), José Mayans (el comprovinciano de Branda les ganó de mano a los recién llegados y copó 2 despachos: hizo poner fajas en un predio que dejó Tell en el 4° piso y atendió asuntos en la planta baja, donde trabajó la cordobesa Beatriz Raijer) y el chaqueño Jorge Milton Capitanich (se apropió de la comisión de Acuerdos y la transformó en reducto de Coparticipación, sin que el entrerriano Jorge Busti -designado titular de Acuerdos-atinara a patalear). En cambio, parte de la rama femenina -la sanluiseña Liliana Negre de Alonso y la pampeana Rosa Bertone-tuvo que compartir un monoambiente en el último piso, en dependencias que pertenecieron al bonaerense Jorge Villaverde y Tell, uno de los más ricos en materia inmobiliaria en el barrio de Congreso. Todos tuvieron la suerte de contar con chapa de bronce propia, a diferencia del radical Raúl Baglini, el sindicalista Luis Barrionuevo y el propio Busti, quienes pegotearon carteles con sus nombres en la entrada de sus oficinas.


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