Ni la canonización de Ceferino calma el enojo de Kirchner con la Iglesia
Para la Iglesia, la llegada al país la semana que viene del secretario de Estado Tarsicio Bertone es una oportunidad que tiene el gobierno Kirchner de irse en paz, confesado y reconciliado de tanta inquina después de cuatro años. Pero hasta ayer no había logrado hora para reunirse con Néstor Kirchner, que para esas fechas estará recibiendo al premier socialista español, José Luis Rodríguez Zapatero. Bertone viene al país a participar de los actos de beatificación de Ceferino Namuncurá y de varias celebraciones episcopales junto a Jorge Bergoglio, a quien le atribuye el gobierno un rol clave en el armado opositor. Teme, además, que una gira de Bertone por la Patagonia -que incluye Río Gallegos- se convierta en una marcha opositora.
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A esa ceremonia concurrió el canciller Miguel Angel Moratinos en representación del gobiernosocialista, pero tuvieron que llevarlo casi a empellones por presión de sectores católicos de España que se escandalizaron al enterarse de que no viajarían altos funcionarios del gobierno. Se entiende esa polémica en un país como España, que todavía sufre los entuertos de un pasado en donde la Iglesia militó en uno de los sectores de aquella guerra.
El nuncio Bernardini igual espera que Kirchner se haga un tiempo para recibirlo a su jefe Bertoni. Le place que Scioli lo atienda, pero sabe del élan amigable del vicepresidente, que conoció al actual secretario de Estado cuando era obispo de Roma (los presentó el hoy secretario de Culto, Guillermo Oliveri). Pero querría que esta presencia de la autoridad política más importante de Roma después del Papa sirviera de oportunidad para algún giro de la política del gobierno en vistas a nuevo mandato kirchnerista.
¿Qué espera el gobierno del enviado de Roma? Que no convierta sus apariciones públicas en actos políticos. El viernes, cuando arriba, tiene prevista gran misa concelebrada en Pilar con Jorge Bergoglio y todos los obispos del país. Para rajar la tierra. Después, en Río Negro, estará con la comisión de Episcopado... y con Bergoglio. Y desde el lunes 12 recorrerá todos los santuarios de la vida de Ceferino, sedes hoy de instalaciones salesianas, incluyendo Río Gallegos, cuyo obispo suele prestar el auditorio del obispado para que se emitan programas de periodistas críticos del gobierno Kirchner. Un bombón.
Por especulación con las reacciones del público hacia sus señales contradictorias ( hincarse en Luján y a la vez consentir desde el propio gobierno manifestaciones irreligiosas), Kirchner deja trascender de su oficina la idea de que el cardenal Jorge Bergoglio es el verdadero jefe de la oposición. El cardenal, a su vez, tiene una idea negativa del Presidente como un abanderado del pensamiento antirreligioso. Lo ha desairado en cuanto pudo, por caso, alentando la destitución de Aníbal Ibarra con quien confrontó en una polémica sobre la muestra de León Ferrari que signó el destino del ex jefe de Gobierno. Ha animado, además, reuniones con dirigentes políticos de las cuales han surgido designaciones (por ejemplo, a la legisladora porteña Victoria Morales Gorleri en listas del macrismo) y vetos, como el del nonato ministro de Cultura, Ignacio Liprandi, a quien bajó del gabinete Macri por creerlo defensor de la unión civil de personas del mismo sexo.
Kirchner cree que puede prosperar hacia adelante sin que haya sistema político, sumido en una crisis terminal en el país; Bergoglio entiende que esa crisis la puede suplir la Iglesia asumiendo el liderazgo de ciudadanos que no encuentran lugar en partidos políticos. Cree, como buen jesuita que es, que la expresión «vox populi, vox dei» no es un estribillo de Narosky, sino un mandato político que no le evitará peleas con el poder, como los jesuitas de antes.




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