5 de abril 2002 - 00:00

¿Olivera ingresa a la escudería Reutemann?

«¿Reutemann y Olivera se conocen desde hace mucho tiempo? Porque se tratan con mucha familiaridad.» Curiosa, Hilda Chiche de Duhalde indagó así a su esposo, quien se mostró desconcertado: «No sé..., tienen un estilo similar, ¿no? Dejá que voy a averiguar».

La relación entre el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, y el presidente del Banco de la Nación, Enrique Olivera, acumula varias décadas. Se remonta a cuando ninguno de los dos actuaba en política, mediados de los '70. Compartían otro mundo, el del automovilismo. Sus vidas se bifurcaron después, lo que incluye sus opciones partidarias. Pero aquellas afinidades podrían reverdecer ahora en alguna asociación inesperada: que «Lole», encaminado hacia la presidencia de la Nación, quiera hacerse representar por Olivera en la Jefatura de Gobierno porteño. No es una especulación. Es un dato que circula en el entorno de ambos dirigentes desde hace pocos días. Por más que Duhalde crea que la observación de su mujer fue solamente un acierto intuitivo.

El pasado automovilístico de Reutemann requiere de pocos comentarios, a diferencia del de Olivera. Al poco tiempo de recibirse de abogado, quien después sería banquero, diputado, segundo de Fernando de la Rúa en la comuna y jefe de Gobierno cuando la UCR ganó la presidencia en 1999, comenzó a desempeñarse en Italconsult, una empresa ligada a la Fiat. Enseguida se ganó la simpatía de Aurelio Peccei, el principal representante de los Agnelli en el país, quien lo promovió para que hiciera un posgrado en Harvard, adonde concurrió como becario de la empresa. Peccei fue un empresario de ideología industrialista (casi un antiverde, como demostró en su libro «Ante el abismo»), que casó a su hija con un argentino, el embajador Carlos «Quico» Keller Sarmiento, quien representó al país en Roma.

Desde Boston, Olivera fue enviado a Turín, la capital del imperio Agnelli, donde se puso bajo la protección de otro padrino: Umberto, hermano de Gianni, el jefe de la familia y del grupo. Después de un curso específico que lo consustanció con la empresa, «Enriquito» -como lo llaman sus viejos amigos- regresó a Buenos Aires. Pero antes conoció a un personaje decisivo en esta historia, con el que trabó amistad: Luca Cordero de Montezemolo, un funcionario de alto rango en Fiat que después pasaría a Ferrari -para esa altura perteneciente ya al grupo Agnelli-, empresa de la que actualmente es presidente.

• Reencuentro

De vuelta en Buenos Aires, ya a mediados de los años '70, Olivera se puso bajo las órdenes de Oberdan Salustro, el presidente de Fiat Argentina secuestrado y asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo. También se convirtió en un cálido anfitrión de Montezemolo, quien concurría a las carreras de Fórmula 1 en representación de Enzo Ferrari y en su condición de director técnico de la marca (a Don Enzo le gustaba poco viajar a Sudamérica). Fue así, a través de todo este giro italiano, que «Diego de la Vega» -como lo llaman sus enemigos recientes por sus bigotes tipo El Zorro- se reencontró con Reutemann. El piloto, que llevó los colores de la Fiat a comienzos de su carrera en Turismo Nacional, corría para Ferrari en 1976. Montezemolo lo consideraba el niño mimado de la escudería (casi tanto como a Froilán González), como se nota cada vez que «Lole» viaja a Italia y concurre a Turín a apretar la mano del viejo Agnelli (lo hizo ya varias veces como gobernador). De aquellos años data la amistad de Reutemann y Olivera, aunque después los cursos de sus biografías se volverían divergentes. La simpatía se mantuvo.

La idea -todavía germinal- del gobernador de Santa Fe es jugar la figura del abogado radical para ingresar a la Capital Federal por una puerta inesperada. Es comprensible que un calculador como Reutemann esté obsesionado por mejorar sus chances en la Ciudad de Buenos Aires. Sólo rompiendo el techo que oprime al peronismo en ese distrito, un candidato de ese partido puede aspirar a conquistar a la clase media urbana, en general esquiva para ese partido y, sin embargo, clave para alcanzar el poder en el país. Olivera cultivó como pocos a ese electorado: durante su gestión como jefe de Gobierno, su perfil fue tan alto que casi lo enemista con De la Rúa, quien siempre manejó una mezquina sierra transversal para decapitar a quien sobresaliera más de lo que él podía tolerar.

• Curiosidad

La operación porteña de Reutemann encierra, sin embargo, una curiosidad más amplia que ésta del reencuentro con Olivera y el traslado a la política de una amistad automovilística. Podría contener el virus de un realineamiento general en la política. Basta contestar una serie de preguntas para advertirlo. Si el candidato a jefe de Gobierno luce bien en las encuestas, ¿no arrastrará tras de sí a buena parte de la UCR porteña, tan castigada desde la debacle de De la Rúa? Si ese proceso se verifica de manera exitosa, ¿no sería la vanguardia de una corriente de «radicales con Reutemann» capaz de reproducirse en otros distritos del país? Bastaría agregar a este fenómeno la atracción que ejerce sobre buena parte del radicalismo la figura de Elisa Carrió para conjeturar que la Argentina bien podría estar ante la casi desaparición de uno de sus partidos históricos, lo que resulta bastante previsible al tratarse de una fuerza que abandonó antes de tiempo y por su propia incompetencia la administración del Estado que se le había confiado en las urnas.

Que sea Olivera el emergente de esa trama no debe sorprender. Ya soltó amarras de su partido cuando asumió la presidencia del Banco de la Nación y hoy circula casi como un independiente. Acaso tampoco esté solo en la correntada hacia Reutemann, que acaso arrastre también a Ricardo López Murphy y, con él, a otros radicales frustrados por el fracaso de De la Rúa y por la alianza con Duhalde que Raúl Alfonsín y Leopoldo Moreau alentaron antes del naufragio final. Después de todo, la «nueva política» invita a la transversalidad, como predicaba aquel profeta Chacho Alvarez antes de eyectarse de la vida pública.

El Presidente todavía no le había contado anoche a Chiche, su mujer, el resultado de sus pesquisas. Tampoco a Reutemann, con quien se abrazó ayer en Santa Fe sin cambiar más que un par de convencionales palabras.

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