25 de marzo 2004 - 00:00

"Operación descuelgue" se llevó al único general K

La galería de retratos de directores del Colegio Militar ya no cuenta desde ayer con la imagen de Jorge Rafael Videla ni con la de Reynaldo Bignone, gracias a las solícitas manos del jefe del Ejército, Roberto Bendini, quien ayer protagonizó la «operación descuelgue», tal como ordenó Néstor Kirchner. En el lugar de los cuadros, además de un vacío en la pared -que pasará a ser una incógnita para quienes visiten ese patio interior a lo largo de los años-, quedó una crisis militar que prometía más episodios anoche.

Al pase a retiro de dos oficiales superiores, el general Rodrigo Soloaga y el coronel mayor Juan Martín Merediz, le siguió un hecho más impactante: también dejará las filas activas el general Jorge Cabrera, jefe de Inteligencia de la fuerza y también de la unidad «ad hoc» que existe en el Ministerio de Defensa para asesorar al titular del área, José Pampuro. Lo que destaca la decisión de Cabrera es que se trató hasta ayer del jefe castrense más allegado al esquema de poder reinante en la Casa Rosada desde el 25 de mayo pasado y uno de los candidatos a la sucesión de Bendini. Casi un general K.

• Planteo

La crisis se completa con otros acontecimientos. Por ejemplo, el planteo que los generales convocados a partir de las 9 de la mañana para una reunión de mandos le realizaron al jefe Bendini, quien debió pedir el auxilio de Pampuro para que cuando llegara el Presidente para la ceremonia prevista no hubiera una inasistencia masiva. También un ex director del Colegio (1994-95), el general Enrique Grazzini, pidió que su retrato también fuera retirado de esa colección ahora incompleta a la que él ya no quería pertenecer. Le dijeron que presentara la solicitud por la vía jerárquica.

Este diario informó ayer sobre el retiro de aquellos dos oficiales. Soloaga hizo su solicitud a las 20.30 del martes, después de esperar que Bendini le concediera la entrevista pedida al mediodía. Con la salida de este general quedó vacante la Jefatura de Personal de la fuerza. Merediz es experto en explosivos y en esa calidad reportaba también a Pampuro desde el comando de ingenieros. Ayer este coronel mayor asistió al «descuelgue», pero advirtió que sería el último acto de obediencia dentro de la fuerza, con lo que anunció su salida, que se le concedió por la tarde.

Estas manifestaciones de descontento q u e d a r o n eclipsadas por la del general Cabrera. El no concurrió al acto de la mañana, y esa conducta no pasó inadvertida para Bendini y el resto de la cúpula militar. Por eso, durante la tarde, el general Mario Chretién lo consultó acerca de las razones de su inasistencia. Cabrera habría explicado que «no fui convocado», aprovechando una formalidad: quien le tendría que haber dado la orden era Pampuro, que no lo hizo seguramente por una distracción. Conclusión, Chretién le pidió el pase a retiro, que Pampuro aceptó durante la tarde.

El general Cabrera es uno de los pocos militares que alcanzó alguna cercanía con el círculo de poder de Kirchner. En efecto, operó durante todos estos meses bajo el padrinazgo de Julio De Vido, con quien quedó vinculado a través de un amigo común, un coronel mayor con larga permanencia en Santa Cruz.

Estas vinculaciones irritaron con frecuencia a Bendini, quien tenía que tolerar que las informaciones pasaran por sobre su cabeza hacia despachos oficiales a los que él tenía un acceso apenas formal.

Pampuro, que en su momento padeció el mismo síndrome, lo resolvió con picardía: dispuso que Cabrera, además de ejercer la Jefatura de Inteligencia de la fuerza, estuviera al frente de esa especialidad en el Ministerio de Defensa, donde se centralizan las informaciones de carácter militar que hacen a la seguridad del Estado. Quienes quieren ver internas en todos lados, hablaron desde entonces de un pacto Pampuro-De Vido. Lo cierto es que la debilidad de Bendini convirtió a Cabrera en un candidato para su eventual sucesión.

En este rubro, el general que ayer pidió el retiro competía hasta hace pocos días con quien le reclamó explicaciones ayer, el segundo del Ejército, Chretién. Pero también este general sufrió un traspié, ya que las organizaciones de derechos humanos comenzaron a examinar algunas declaraciones suyas sobre la represión de los años '70 y no consiguió superar esa indagación.

Bendini tuvo su premio con el retiro de uno de sus rivales y con las objeciones que llovieron sobre el otro, que lo secunda. Si para todos esos resultados había que pagar el precio de descolgar dos cuadros, este general seguramente pensó que estaba bien hacerlo. Sin embargo, ayer pasó un mal momento en la reunión de mandos de las 9. Los generales reunidos en el Colegio le hicieron saber su disconformidad por el acto que protagonizarían un rato después, pero él no consiguió aplacarlos. Debió ingresar en el cónclave Pampuro, quien, a pesar de ser oncólogo, ya luce como una especie de psicoanalista, capaz de dedicar horas de «terapia» a sus subordinados e, inclusive, de identificarse con ellos por los padecimientos a los que los somete la hora. Trabajo sencillo el del ministro: el esmeril más agresivo trabaja sobre la piel de Bendini, a quien él ni siquiera designó.

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