Los errores del gobierno que remataron en la elección del domingo, sistemáticos, numerosos, llevan la mente a otras escenas de estos días. «Tuta» Muhamad dando mamporros para disolver la toma del Hospital Francés, ante la Policía impasible y temerosa. «Madonna» Quiroz convirtiéndose, como pistolero del hijo de Hugo Moyano, en el jefe de seguridad del tercer funeral del ex presidente Juan Domingo Perón. Ricardo Jaime, el secretario de Transporte, fotografiándose sonriente, al otro día, con el jefe del pistolero, en Mar del Plata.
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La CGT librada a su propia y azarosa interna mientras el gobierno intenta controlar los precios, sobre todo el del salario, sin que funcionario alguno anticipe lo que ocurrirá en el gremialismo (por delicadeza los «gordos» enviaron un mensaje al Presidente a través de un legislador de su confianza: no se sabe si llegó). Con esa calidad de operadores no hay popularidad que alcance.
Es evidente que la administración ha caído en una crisis en su método de trabajo. Lo que entraña una paradoja interesante. Kirchner, quien vive angustiado con la posibilidad del caos y responde a esa emoción concentrando funciones, ha terminado por delegar operaciones principales de su política en improvisados o, peor aún, en nadie. Es lo que se nota en las últimas horas en torno suyo: grita, pide responsables, revisa hasta el último rincón de su equipo, pero sólo encuentra excusas y gente atemorizada. Está cada día más claro que con este estilo de conducción, absorbente e inhibitorio, llegó muy alto. Pero comienza a advertirse que con el mismo «modus operandi» corre el serio riesgo de comenzar a descender.
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