Intensa la campaña, cada día más: ayer Adolfo Rodríguez Saá expuso sus planes ante empresarios en un desayuno en IDEA en Capital Federal; a la misma hora, Néstor Kirchner también exponía proyectos en la Fundación Mediterránea de Córdoba.
La orden de Eduardo Duhalde ya recorre el conurbano: «Quiero una diferencia para Néstor («Lupín» Kirchner) de 500.000 votos en el Gran Buenos Aires y de 700.000 en toda la provincia». Insólito pedido, que supone que los votos son mercancías. Pensándolo bien, tal vez lo sean, si uno mira el fenómeno electoral desde el corazón del aparato más estructurado de la política argentina. 700.000 votos es aproximadamente 10% del electorado que efectivamente vota.
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El pedido de Duhalde se corresponde con la principal dificultad que enfrenta hoy la marcha de Kirchner hacia el 27 de abril: todavía no consigue que la maquinaria humana que le responde, cuyos engranajes son intendentes, concejales, legisladores y punteros, convierta al gobernador de Santa Cruz en un producto susceptible de ser promovido con entusiasmo en ese laberinto urbano que dominan desde hace años. Una evidencia de ese «desperfecto» es que Adolfo Rodríguez Saá sigue canalizando un respetable caudal electoral en distritos como La Matanza, Moreno y Merlo, por nombrar tres.
La excusa que se dan los duhaldistas para explicar su poca eficiencia como «distribuidores» de Kirchner es que se ha declarado una «pax bonaerensis» hasta el 30 de marzo. Ese día se realizará la interna en los partidos del distrito y muchos caudillejos de distintos pueblos y ciudades compiten por intendencias o bancas con el apoyo de punteros que, en la pelea nacional del 27 de abril, adhieren a distintos credos. Ejemplo: cuando un jefe de grupo, que aspira a conservar su poder comunal, escucha que uno de sus seguidores quiere votar a Carlos Menem o a Rodríguez Saá para la Presidencia, tolera sin chistar la disidencia. Lo que le importa es que ese puntero siga apoyando su carrera a la intendencia en la interna del 30 de marzo. Si obligarlo a votar por Kirchner significa perder ese respaldo, «pobre Kirchner». La gran pregunta es: ¿por qué más allá del 30 de marzo las cosas serán distintas? O sea, ¿habrá la semana que viene una orden terminante del duhaldismo para movilizar gente en favor de su candidato, como no la hubo hasta ahora?
Es una cuestión central porque no está definido todavía que sea Kirchner el segundo término de la primera vuelta, como apostó el duhaldismo. Cuando el Presidente pide diferencias de votos como si pidiera camiones de ladrillos, está observando lo obvio: si no consigue que «Lupín» despunte en Buenos Aires, es poco lo que puede esperar del resto del país. A lo sumo Carlos Juárez en Santiago puede movilizar a su «aparato» en favor del candidato, si es que decide hacerlo. Lo demás, salvo la Patagonia austral, es un desierto todavía para el candidato oficial.
En los barrios del conurbano los pícaros peronistas de Duhalde decidieron apostar a otra figura, más «entradora» que el gobernador santacruceño: en todo Lanús (Quindimil) y en todo Lomas de Zamora (Duhalde) las pintadas dicen «Scioli-Solá-Chiche». El ex motonauta parece aportar más votos a la fórmula que los que consigue el candidato a presidente, por lo menos en ese sector de la población. Es un fenómeno que pocas veces se ve (aunque el binomio Duhalde-Palito Ortega es un antecedente cercano), si no de intención de voto por lo menos de popularidad.
La promoción de Scioli es la última razón de disgusto de la Casa Rosada con Kirchner. Se le reprocha mantenerse cercado por un grupo muy estrecho, casi reducido a su esposa Cristina, su operador/recaudador Alberto Fernández, el titular de la Casa de Santa Cruz en Buenos Aires Daniel Varizat y pocas personas más. Es una campaña, la que se maneja desde el entorno del candidato. Preocupa a los duhaldistas este encapsulamiento porque, para los que sueñan en un triunfo de «Lupín», es una señal nefasta sobre lo que podría ocurrir en un gobierno suyo: «Estos llegan a la Casa Rosada y se encierran con llave».
Estos temores revelan, a la vez, que todavía no se produjo el pacto íntimo entre el Presidente y su hombre, quien en cualquier momento deja de ser suyo.
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