Otra astilla en la Alianza: Ibarra rompió con Felgueras

Política

El álbum que registre, para las futuras generaciones de porteños, el idilio político entre Aníbal Ibarra y Cecilia Felgueras será abultado. También breve.

Es casi imposible encontrar una aparición del jefe de Gobierno porteño en la que no esté acompañado de su segunda, la ex interventora del PAMI. Si hasta parecen Carlos y «Nina» Juárez, sus colegas de Santiago del Estero. Esas imágenes, sin embargo, serán cada vez menos habituales porque el encanto se quebró en la relación entre los dos jóvenes dirigentes.

Sucedió lo que con tantas parejas: no sobrevivieron a la adversidad, acaso circunstancial, de un momento dramát ico. En efecto, la correntada del temporal de la semana pasada barrió también con el «afecto societatis» que unía a Ibarra y Felgueras. Aquellos chubascos fueron la «gota» que rebasó el vaso, por emplear una metáfora cursi pero sumamente adecuada para el caso.

El alcalde estaba esa noche de lluvia en San Pablo. Había ido a los festejos por un nuevo aniversario de la ciudad y, sobre todo, para fotografiarse con otra dama («en la variación está el gusto», dicen), su colega
Martha Suplicy, esperanza blanca del Partido dos Trabalhadores que accedió al mando de esa metrópoli envuelta en las consignas igualitarias y progresistas de la izquierda y también en encantadores vestidos de Prada. Jamás un jean, ni siquiera un par de zapatillas cuando visita la favela: toda una maestra la Suplicy en la búsqueda de esa piedra filosofal que permitiría, sueña Ibarra, alumbrar una izquierda chic.

Cuando comenzaron a inundarse las calles de Buenos Aires, el jefe de Gobierno comenzó a llamar desesperadamente desde Brasil. Alguien tenía que hacer lo que indica el manual del «buen gobierno» para esas circunstancias: calzarse las botas de goma y caminar con el agua a la cintura delante de los reflectores y las cámaras de la televisión. «¿Y la Felgueras dónde está? ¡Qué salga ella! ¡Qué muestre que nos estamos interesando!», se desgañitaba el intendente del otro lado del teléfono. «Bueno, Cecilia no está pero lo estamos mandando a (Abel) Fatala...», trataban de calmarlo desde la comuna. Pero lo irritaban más: «¿Qué Fatala? Si no lo conoce nadie, ¡busquen a Felgueras, que aparezca!».

La lógica de Ibarra era impecable: la gente se malacostumbra y quiere que también en las malas aparezcan caras conocidas y no que haya un plantel que sólo «hace cámaras» durante las catástrofes. Pero esa noche de tormenta nadie fue capaz de encontrar a Felgueras, por más que la rastrearon por cuanto teléfono se le conoce (usa más que el común de la gente, demasiado inquieta por las escuchas telefónicas, a pesar de que en la SIDE hay varios «sushis»; o tal vez por eso).

Al día siguiente, cuando Ibarra regresó a Buenos Aires, ya era tarde.
El problema de su socia no era el agua sino la nieve: subió a un avión con Adalberto Rodríguez Giavarini y se marchó a Davos. Desde allá dejó una foto, signo de los nuevos tiempos. Ya no está Ibarra; la sorprendieron sola, sequita, leyendo un libro en la Costanera Sur con la bicicleta estacionada sobre el paredón. Se la ve tan concentrada, allí, en el retrato de «Clarín», que ni siquiera advirtió la presencia del fotógrafo.

Cuando el jefe de Gobierno vio ese diario casi lo rompe. La noche del temporal fue la más dramática de la vida de Ibarra. Descubrió, como nadie antes en el Frepaso, que el gobierno también tiene que ver con desgracias, emergencias, a veces muertes.

Su primera decisión fue reunir al gabinete y suspender otro recuerdo de Felgueras: el último show de una serie de recitales que, apresuradamente, la radical había contratado para competir con Carlos y Germán Ruckauf, padre e hijo bonaerenses que armaron en la costa su propio Woodstock. A pesar de los avisos en los diarios y de la profusa empapelada en toda la Ciudad, Gal Costa y Alejandro Lerner no cantaron el sábado pasado. Una pena, mucha gente quería saber cómo era esa combinación, tan insólita.

La suspensión del espectáculo estuvo acompañada por un comentario irritante, que salió de labios de un radical:
«Qué razón tenía Darío...». Darío, en la UCR, hay uno solo: Lopérfido (es otra diferencia con el Frepaso, donde Darío se traduce por Alessandro).

Es cierto, el secretario de Cultura de la Nación estaba bastante enfadado con los recitales organizados por Felgueras. Como suele ser diplomático especialmente en relación con quien también fue segunda suya, durante la gestión municipal de
Fernando de la Rúa, Lopérfido no abrió la boca en público. Pero sus colaboradores se atosigaron de argumentos para demostrar que «lo de Cecilia» había sido una torpeza. En principio, en Alvear y Rodríguez Peña observan un desliz administrativo: el decreto que instituye los recitales encomienda la organización a un conjunto de subsecretarios encabezados por Javier Grosman, un espécimen políticamente raro: «felguerista» del Frepaso. «¿Por qué lo puenteó a Jorge Telerman?» Se preguntan. Además, compararon costos con los «megaeventos» que el propio Lopérfido organizó desde La Quiaca a Ushuaia. Dicen con sorna: «Si uno hace como Grosman, que llamaba a los productores y les preguntaba 'qué tienen para ofrecerme', el aumento de costos no es un accidente sino casi un objetivo». Aclaración para suspicaces: en Cultura de la Nación están dispuestos a poner « las manos en el fuego por Cecilia y Grosman».

Ibarra estuvo al tanto de estos reproches desde el comienzo y por eso se relajó cuando suspendió la última presentación. La organización de esa tanda, de la que participaron

Mercedes Sosa, Sui Generis, Fito Páez
(la principal contratista es la promotora Fenix --llamada en la Alianza «su casa amiga» desde que trajo a Shakira-), había subyugado tanto a la vicejefa de Gobierno que comenzaron a rondar sospechas.

En otras palabras, se comenzó a ver esos emprendimientos como el lanzamiento de la campaña electoral de Felgueras para la senaduría porteña. Si fue así, ese proselitismo quedó trunco:
como el álbum de fotos de la pareja gobernante, distanciada ahora por un vendaval y cuatro recitales.

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