Si el gobierno espera que el clima público pierda dramatismo por la obtención del blindaje financiero, Jorge de la Rúa, el hermano del Presidente, tendrá oportunidad de informar que es una expectativa acaso desorientada. En la casa del periodista Mariano Grondona se congregó, ayer al mediodía, un grupo de dirigentes de proveniencia diversa para discutir la mejor forma de salir de la recesión. Como se ve, el problema puede derivar en cualquier momento a tratamientos de terapia de grupo. Tanto intriga y aflige, al mismo tiempo.
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La fórmula que eligió Grondona para el almuerzo fue pasta y vino. Los invitados: Carlos Ruckauf, el ministro de Justicia De la Rúa, Eduardo Escasany, Aníbal Ibarra, Domingo Cavallo, Néstor Kirchner, Eduardo Elsztein, Jorge Aguado, Rodolfo Daer, Juan Carr y Héctor Timerman, quien según el dueño de casa fue el encargado de la convocatoria. Carlos Chacho Alvarez también había sido invitado pero debió ausentarse para que se vuelva verosímil la excusa que daría para dejar de concurrir a otra comida, anoche, con Fernando de la Rúa y los diputados de la Alianza. Para que la diarrea que tenía preparada para la noche resultara verosímil, también debería faltar al mediodía. Además, Alvarez no se iba a permitir jamás acusar a los Grondona de una descompostura, como le hubiera tocado hacer si concurría al almuerzo de «el profesor».
La propuesta inicial del conciliábulo, acaso ingenua, fue constituir un grupo discreto, que estuviera al amparo del conocimiento periodístico para volverse así más eficiente. Es por lo menos curioso que ese reparo provenga de gente que ejerce la profesión, tan baja es la autoestima que hoy manifiestan los cronistas. Pero, ya se ve, ese sigilo se vio burlado, como suele pasar. Sin embargo, fue importante que los comensales creyeran durante el almuerzo que ese voto de silencio se mantendría porque esa convicción les permitió cierta sinceridad.
Como podía esperarse, el motivo más estimulante para la conversación fue el salvataje financiero que consiguió el gobierno. Consenso unánime: si no se toman medidas de inmediato esa coraza comenzará a corroerse en tres meses. Desde Escasany hasta Ibarra coin-cidieron con ese dictamen y De la Rúa lo dejó pasar sin objeciones. Cavallo articuló más su opinión: «El problema de la Argentina no es económico, es político. Si es por la economía, se necesitan apenas dos o tres medidas: bajar impuestos, concentrar el gasto social y simplificarlo, alguna cosa más. Pero ahí no está el problema». Le preguntaron si aceptaría ocupar un cargo en el gobierno y fue entonces que Cavallo reveló un drama acaso inconfesable si la reunión fuera pública. Explicó que preside un partido y que los militantes de ese partido pretenden ocupar posiciones legislativas y que esto obliga a competir cada dos años con listas. «Si me ato a un gobierno esta posibilidad se limita mucho y la gente del partido comienza a desalentarse», lamentó.
Explicaciones
De la prescindencia de Cavallo se pasó a la de Alvarez. Fue entonces que Ibarra hizo escuchar su voz (Jorge de la Rúa ya hacía esfuerzos de memoria para asimilar todo lo que debería informar más tarde): «Sin Chacho no hay Alianza. Chacho debe estar en el gobierno o ser candidato a senador». Excelente definición ésta del jefe de Gobierno para confrontarla con el resultado de la reunión que tendrá Alvarez con De la Rúa en los próximos días. De inmediato se habló de la «carpetita» de Chacho y, curiosamente, quien más la elogió fue Ruckauf: «Es casi igual al plan que tengo yo».
Daer se sintió obligado a dar explicaciones de que no es golpista por aquello de sacar al gobierno a patadas; pero recorrió la mesa con la mirada y dos o tres caras lo eximieron de esa autoflagelación. Entonces ensayó un discurso de salón: «Sin crecimiento no hay país. Y para crecer hay que exportar, hay que consumir y mover la economía. Este es el problema». Homenaje a la paz navideña, Escassany lo elogió; casi el único pronunciamiento del banquero en toda la reunión.
«Rafi» Braun -casi dueño de casa en lo de Grondona-no avanzó más allá de su condición sacerdotal y se ganó los tallarines con tuco con este concepto: «El gobierno debe llamar a un diálogo franco, sincero; debe ser el gobierno de todos». Pero hasta esta obviedad se discutió: «¿Y por qué no lo hace la Iglesia?», preguntó Timerman. Ruckauf se alió al cura: «Debe ser el gobierno pero si el diálogo es, como dijo Rafael, sincero. No como ahora que nos van a llevar a Olivos a explicarnos de nuevo el blindaje». A esta altura el menor de los De la Rúa presentaba problemas digestivos y la mayoría de la mesa se preguntaba cómo resistía tanto tiempo sin defender a su hermano. Por suerte estaba el jefe de Acción por la República, de un oficialismo cada día más llamativo: «¿Ustedes los gobernadores -comenzó- irían a un diálogo en el que se les pidiera que compartan los recursos sociales?». Contraataque de Ruckauf: «Si fuera para bien de todos sí, pero si sólo se trata de quitarnos recursos pensando en las elecciones, no.
Eso es lo que falta definir». Kirchner asintió. De la Rúa aprovechó, a esa altura, para otro bocado de torta. El economista, en cambio, siguió e, involuntariamente, comenzó a salirle de los labios la «carpetita» de Alvarez, cada vez de más sospechosa autoría: «Francamente, ustedes son gobernadores y saben que hay áreas que deben ser eliminadas, como el Ministerio de Acción Social que debe reemplazarse con una agencia y también el de Educación, que debería ser un consejo federal». Con dos almuerzos más, Cavallo estará instalado en el gobierno. Se lo tiene ganado, de tanto defenderlo.
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