15 de noviembre 2002 - 00:00

Penosos 30 días en la UBA

La izquierda festejará mañana que desde hace un mes que impide al rector de la Universidad de Buenos Aires, Jaim Etcheverry, utilizar su despacho y obliga al Consejo Superior a debatir en oficinas prestadas y con custodia policial, porque, desde el 16 de octubre pasado, la sala de sesiones es un campamento piquetero.

Otra ironía del activismo local. Dicen protestar contra el autoritarismo «de arriba», pero aplican métodos autoritarios, casi stalinistas, como trabar el funcionamiento administrativo de parte de la UBA.

Es más grave porque son no más de 20 (se van turnando) los activistas amotinados que juegan al ping pong en la mesa de sesiones, duermen -en el mejor de los casos- sobre la alfombra y hasta tiraron abajo una puerta para acceder a un baño.

• Festejo

En la madrugada del sábado, con bandas de rock y baile en la calle celebrarán estos 30 días de impunidad con protección de los decanos «progres» -los encabezan los Shuster, padre Félix en Filosofía e hijo Federico, en Sociales- y la inacción de Grupo Paternal, guardia de hierro de Etcheverry.

En rigor, detrás del pedido de un nuevo edificio -que acompañan con lógica los estudiantes independientes-, se esconden varias tramas, cuyo botín deseado es el manejo de la Facultad de Ciencias Sociales y su presupuesto de 9 millones de pesos anuales.

• En la disputa de cúpulas, aparece
Fortunato Mallimaci, aliado del actual rector y enemigo de los Schuster, que manejó Sociales hasta el año pasado y ahora pide una intervención de la facultad. Schuster, Federico tiene el apoyo de la izquierda estudiantil de Sociología y, por eso, aunque no defiende la toma, reivindica sus pedidos y blasfema contra la posibilidad del «desalojo» del rectorado. La expresión del acuerdo entre Schuster y los piqueteros universitarios es la continuidad como codirector de Sociología de Cristian Castillo, militante del PTS, que llegó a ese cargo por una elección «directa» que no prevé ningún reglamento universitario.

• La otra guerra es la estudiantil, que recrea la histórica riña entre comunistas y trotskistas,
pero no por ideología -ambas anacrónicas-, sino, como ocurre con los piqueteros de la izquierda vernácula, por el control de «cajas»: en un caso, los planes de empleo; en el otro, las becas estudiantiles y las designaciones en la universidad. En esa cinchada, están de un lado los maoístas de la CEPA, «chinos» en la jerga estudiante, ligados a la CCC, aliados del PC y de los guevaristas de Venceremos. Del otro, se unifican las ramas trotskistas: los ultras del PTS, con su brazo universitario En Clave Roja; el Partido Obrero de Jorge Altamira y el MST, trotskismo light ligado a la legisladora porteña Vilma Ripoll, que fuera de las aulas tiene acuerdo con el PC en Izquierda Unida.

Se explica, por eso, por qué los 25 mil alumnos de Sociales miran de reojo y como un reclamo ajeno la toma autoritaria del rectorado. En definitiva, tampoco los duelos entre Etcheverry, los Schuster y el shuberoffismo los abarcan.

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