Veliedoso, esquivos, insaciables. Así son los porteños. Sobre todo si se los mira desde el balcón de la Casa Rosada. Ayer volvieron a demostrarlo: los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires rechazaron a Néstor Kirchner a pesar de que el santacruceño les dedicó los mayores esfuerzos de sus primeros dos años y medio de gobierno. En efecto, la agenda principal de la gestión del santacruceño se organizó atendiendo al gusto del paladar capitalino. Para halagar esa estética la Casa Rosada consumió toneladas de encuestas, cultivó hasta la obsesión a los medios de comunicación dominantes, se abrazó a los reclamos de la clase media cacerolera y hasta intentó operaciones de resurrección dudosa, como la de Carlos Chacho Alvarez, antigua atracción para la audiencia de la comarca.
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Sin embargo los porteños devolvieron el plato. Y de la peor manera: hicieron ganar a Mauricio Macri, la peor opción para los intereses de Kirchner. El santacruceño no debería, sin embargo, lamentar más de lo debido por esta incomprensión: a Carlos Menem le sucedió lo mismo entre esa misma gente en la primera elección legislativade su mandato. En 1991, la Capital eligió a Fernando de la Rúa como candidato a diputado. También el riojano se había desvivido por seducir al mismo público: privatizó, cambió de amigos, halagó también a la prensa y hasta resolvió su política internacional en una dirección que era más sensible a las pretensiones metropolitanas que a las que podían registrarse en el resto del país.
El triunfo de Macri es, de los tres resultados que preveían las encuestas, el más mortificante para el gobierno nacional. Primero porque significa la victoria de una visión del país y de la función pública claramente opositora. Segundo, porque Macri tiene una facilidad para interpelar al peronismo clásico de la que carece cualquier otro extrapartidario. La popularidad agregada por Boca Jr. y la capacidad económica de ese dirigente completan un cuadrante que inquieta a Kirchner, quien jamás alude siquiera al vencedor porteño de ayer. Una indiferencia que es hija de la astucia no del desdén.
• Patrones
Es cierto que el potencial de estas características de Macri se verá atenuado por el resultado que se registró ayer en la provincia de Buenos Aires. Los Kirchner se transformaron en los patrones del PJ en ese distrito, al que Cristina comenzó a llamar «nuestra provincia», una expresión que, con el tiempo, irá sonando menos artificial que anoche. Otro sería el significado del triunfo de Macri si esta apropiación bonaerense no hubiera sido tan nítida y si, en cambio, los Duhalde hubieran conservado una base de poder superior a la que anoche le prometía el escrutinio. Entonces el líder de PRO debería generar menos dudas como candidato de una coalición alternativa para enfrentar al Presidente en un eventual ballottage de 2007, como soñó el caudillo de Lomas de Zamora en sus noches de optimismo. El propio Macri será ambiguo durante los próximos meses, según las recomendaciones de su consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba: habrá que ser mago para saber si se orienta hacia la Nación o hacia el gobierno porteño en el próximo tramo de su navegación. Triunfante, este dirigente aparece también aislado, de pie entre las ruinas del duhaldismo pero también de su propio partido en la figura de Ricardo López Murphy.
No consiguió el gobierno el premio principal pero tampoco el que se repartía dentro del segmento centroizquierdista, que anoche iba a las manos de Elisa Carrió. Por eso el kirchnerismo comenzó temprano a evaluar las principales fisuras de su estrategia porteña. Sobre todo una, atribuible a Alberto Fernández, responsable principal de la operación del oficialismo en el distrito. Se trata del empecinamiento por reflotar una marca desprestigiada allí, como es la del «PJ». Un afán que, además, quedó a mitad de camino: Bielsa no puede ser visto como un arquetipo del peronismo pero tampoco su proselitismo se orientó a la progresía que alimentó las urnas del Frepaso y del radicalismo de izquierda. Tampoco fue un vocero oficialista sino que más bien estimuló el morbo de quienes andan a la pesca de disidencias en quienes sólo deben exhibir obediencia.
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