Los días que corren ofrecen escenas enrarecidas, como la de los radicales que aplaudían ayer a Domingo Cavallo en la Casa Rosada. Pero ninguna de esas imágenes puede superar en extrañeza a la que tuvo lugar ayer en el hotel del Sindicato de Luz y Fuerza de Callao y Quintana. A las 11, Cavallo ingresó allí para encontrarse con la cúpula de la CGT dialoguista, llevado por Luis Barrionuevo. «Al fin amigo», saludó el cordobés al sindicalista que más lo hostigó durante la era de Carlos Menem y con quien el jueves, en una reunión de abogados, había cerrado todos los pleitos que mantenía en la Justicia.
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En el hotel estaban, además, Armando Cavalieri, Carlos West Ocampo, Oscar Lescano, Andrés Rodríguez, Rodolfo Daer, Rogelio Rodríguez y Juan Martini. Cavallo concurrió acompañado por el futuro ministro de Infraestructura, Carlos Bastos.
El principal esfuerzo del nuevo titular del Palacio de Hacienda fue desmentir la imagen de ortodoxia que todavía, por confusión, se le atribuye en algunos círculos (como en el alfonsinismo, por ejemplo). Para que no queden dudas, Cavallo advirtió: «No quiero hablar de detalles pero quiero que sepan que tengo un plan que tiene que ver con la reactivación y con el consumo. Vamos a ir por el camino del '94 para que haya plata y que la gente gaste».
Escepticismo
Cavalieri fue el primero de los que expresó algún escepticismo: «'Mingo', no te engañes, éste no es el gobierno del '94 ni las condiciones son las mismas. Te va a resultar más difícil». El cordobés insistió con que «no es así porque la situación es muy difícil y si a mí no me dan todo lo que pido me voy y la fiesta la pagarán entre todos». El «Gitano» machacó: «Tenés que entender que no es lo mismo de antes. Mirá el caso nuestro. Antes no te hacíamos daño porque detrás tuyo estaba Menem pero ahora está (Fernando) De la Rúa con quien no tenemos ningún compromiso». Cavallo, tenaz como siempre, insistió: «Miren, muchachos, yo quiero acordar, conciliar todo, que me ayuden. La situación es grave. Miren lo que sucede en el Congreso. O me dan lo que pido o se tendrán que hacer cargo del desastre».
West Ocampo se hizo cargo del mensaje conciliador antes que el resto y tanteó: «Nosotros no tenemos por qué no ayudar. Pero el gobierno no ha tenido vocación de ayudarnos a nosotros». Cavallo: Bueno, pidan el Ministerio de Trabajo, que seguro lo consiguen. West: ¿Cómo vamos a pedir Trabajo si ése lo tenés vos? ¿O la Bullrich no es tuya? C.: No, mía no es. Pasó por mi partido pero ella venía del peronismo y terminó con los radicales. Mía no es, pasó por al lado.
Cuando percibieron ese gesto de apertura, los «gordos» se propasaron, como siempre: «'Mingo', a nosotros nos están agrediendo. Se metieron con las obras sociales. El gobierno no tiene un espacio para nosotros. El déficit en Salud es impresionante y vamos a terminar todos muy mal porque tampoco se recauda como la gente», se quejó «el Centauro» Rodríguez. Cavallo no quiso ir más allá y pidió tiempo. «Déjenme que me ponga al tanto con las medidas que se estuvieron tomando y después hablamos», concluyó. Pero al instante pensó un poco más y pidió colaboración de nuevo: «Si ustedes quieren que mejore la recaudación tienen que conseguírmelo a (Ricardo) Gutiérrez. Ahora lo tiene (Carlos) Ruckauf en el Provincia pero si ustedes se lo piden tal vez me lo preste». Nadie detectó hasta anoche ninguna gestión en ese sentido frente al gobernador bonaerense. Pero en el aire volvió a quedar la voz de Cavallo: «Necesito apoyo».
Los sindicalistas admitieron el reclamo pero fueron al centro del problema: «Si necesitás apoyo, ¿para qué lo vas a buscar al Frepaso, al que le querés dar cargos en el gobierno que ellos mismos dejaron?». El economista se sinceró: «Yo no quiero que tengan cargos, a mí me basta con que ayuden y no entorpezcan en el Congreso, no se confundan».
Confianza
La conversación en el hotel de Lescano tuvo matices simpáticos. Hacía mucho tiempo que los capitostes de la CGT y el nuevamente ministro de Economía no se sentaban a conversar. Al cabo de un rato recuperaron cierta confianza y Cavalieri se animó a bromear, con alguna agresión, es cierto: «Ahora lo único que falta es que convoquen al mejor ministro que tuvo Menem, que fue (Carlos) Corach, y estamos todos de nuevo». Cavallo sonrió, aunque no le gustara el orden de mérito que contenía la frase. Con Corach todavía no concilió causas judiciales como con Barrionuevo pero, conociendo al peronista, no debe faltar mucho para que lo haga.
La charla se extendió poco tiempo más, por las dificultades de agenda de Cavallo. Ya la noche anterior habían intentado encontrarse pero el todavía futuro ministro se demoró en Olivos, peleando su cargo y suspendió la cita. Sin embargo, el cordobés se demoró escuchando los vaticinios de su nuevo amigo, Barrionuevo: «Prestále atención a los peronistas porque no las tenés todas servidas. Si a vos te va bien en ésta, sos un candidato cantado en el año 2003. Eso molesta y te creará enemigos». Cavallo se retiró cavilando sobre esa frase, que le ayudó a despejar una incógnita que lo mortifica en las últimas horas. No entiende por qué, habiendo sido el que más lo alentó a sumarse al gobierno, Ruckauf es ahora el más reticente de los mandatarios peronistas respecto de la suerte de su gestión.
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