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28 de noviembre 2007 - 00:00

Pidiendo por el cerdo, se va el último radical

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El radicalismo porteño se apresta a protagonizar la historia de cómo puede evaporase en una década una de las fuerzas que más poder y notoriedad ostentaron en la Ciudad de Buenos Aires. Será el próximo 7 de diciembre, cuando juren los nuevos legisladores porteños y el sello UCR se descuelgue (como poco por dos años) del recinto, donde lo conserva el único representante partidario, cuyo mandato vencerá ese día, sin reposición.

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Como resultado de las elecciones de 2003, en las que la UCR protagonizó su peor elección en la historia del distrito, una sola banca partidaria quedó en la Legislatura local. La ocupó Roberto «Gallego» Vázquez -quien fue mano derecha de Jesús Rodríguez-y tras su fallecimiento se sienta hoy allí Carlos Lo Guzzo, afín a otra tribu radical, la que se referencia con el legendario «Beto» Larrosa.

Habrá, tras el recambio, radicales surtidos en las tropas de PRO, la Coalición Cívica de Elisa Carrió o el ARI residual, pero ninguno que reporte a las filas partidarias. Es todo lo que le queda a la agrupación que supo ser el brazo fuerte de Raúl Alfonsín en los 80, junto con la provincia de Buenos Aires. Es lo que resta al partido que ocupó la mayoría de las bancas en el 97, cuando el ex Honorable Concejo Deliberante debutó con estatus de Legislatura. Casi una veintena de diputados, entonces, se aliaban con el desaparecido Frepaso y juntos vencían con quórum propio en la sociedad Alianza. Fernando de la Rúa había ganado la primera votación a intendente del distrito con 39,9% y gobernaba la Ciudad, en tránsito hacia la Casa Rosada (hasta el ex intendente «Facundito» Suárez Lastra ocupaba una silla de legislador).

Es más, cuando Aníbal Ibarra, en 2000, se consagró como jefe de Gobierno porteño, el radicalismo aún mantenía presencia en la Legislatura, que inclusive gerenciaba. Pero ya en 2003, tras el fracaso presidencial, la UCR ensayó -divorciada ya del Frepaso-una bochornosa elección que licuó todas las ínfulas de Enrique Nosiglia, Rafael Pascual o Jesús Rodríguez, quien hasta este año comandó un devaluado Comité Capital y una alianza electoral con Jorge Telerman en la que aceptó un indecoroso lugar en la boleta electoral.

Nadie entiende aún qué filosofía o empeño cultural llevó al diputado radical Carlos Lo Guzzo a retirarse de la banca con curiosos proyectos. El legislador insistió ante sus pares para que antes de retirarse, por el vencimiento de su banca, se le apruebe una proyecto que declara de interés de la Ciudad de Buenos Aires la semana del cerdo, pero no hay legislador que encuentre hasta ahora razones para aprobarlo.

Hubo, sí, buena voluntad, sabiendo que en las despedidas cada diputado intenta irse con iniciativas sancionadas y más en este caso, cuando la UCR no tendrá ya representación en el recinto local. Por eso, diputados del kirchnerismo leyeron y releyeron los fundamentos de la norma para encontrar argumentos. Hasta pensaron en una metáfora generacional, alusiva a la obra de Adolfo Bioy Casares («Diario de la guerra del cerdo»), pero sólo se trata de un acontecimiento culinario.

En los fundamentos de la norma, el último radical explica en detalle las razones de su iniciativa.

«El cerdo tiene la ventaja de no reducir su tamaño con la cocción, como suele suceder con la carne vacuna», señala el legislador, que propone declarar de interés de la Ciudad la Semana de la cocina del cerdo, que por cierto se celebró en octubre en un restorán tradicional porteño. Entre otros fundamentos también expresó el legislador que se logra «desmitificar la producción porcina como una producción de animales grasosos, alimentados con basura».

Pero no convenció. Tal vez el radicalismo tenga mejor suerte con otra iniciativa que publicita Lo Guzzo en su blog, como «establecer que en la parte posterior de los tickets de las Autopistas Urbanas SA se incorpore la leyenda 'Donar órganos es vida'» y el número telefónico del Incucai.

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