Primera edición (izquierda) y segunda edición (derecha).
Flamígero el clima de ayer -dicen- entre la Casa Rosada y Puerto Madero. La culpa: el campo. Encima, nublada la Ciudad por un continuado humo absurdo, de corte londinense, que angustia hasta la salud (tos e irritación en los ojos). La culpa: también el campo. Telegráficamente: Néstor Kirchner en su búnker, rodeado de empresarios sureños e incondicionales del gobierno, a favor de no ceder ante las demandas rurales, enfrentar al sector con todas las herramientas y represalias políticas. Si se gana, nadie más se levanta. Del otro lado, su esposa en la línea del Ecuador: con una pierna en el espíritu de Puerto Madero y otra en la Rosada atendiendo los conciliadores consejos del jefe de Gabinete para cerrar, negociando -en rigor, concediendo-, una situación insostenible y con promesas de exacerbarse. Si hay final feliz, nadie se ocupará de la improvisación de las medidas adoptadas.
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En el medio, más humareda, como la de anteanoche con la Presidente encerrada hasta las 23 con Fernández en su despacho, el helicóptero encendido y esperando en horas poco habituales, los patrulleros con luces y alarmas prendidas, sin encontrar una salida. Por el contrario, recrudeciendo internas entre bloques propios, con el jefe de Gabinete quejoso porque uno de sus subordinados (Guillermo Moreno) no sólo evitaba sus instrucciones, sino que las contrariaba. Para ponerlo en una frase: «Yo acuerdo las reuniones, junto a la gente, y luego viene éste y rompe todo con sus actitudes y frases».
Ese lamento de Fernández conmovió algún oído cercano, ya que finalmente hubo más dudas por el viaje a Olivos con el helicóptero y la niebla (por el maldito humo el trayecto se cubrió finalmente por tierra) que por la nueva y amistosa convocatoria a los representantes del campo para ayer. Tanto que algún llamado -a pesar de los odios expuestos y de los carteles en contra- le anticipó al monopolio «Clarín» la conveniencia de cambiar su título: primero salió con «La negociación con el campo quedó trabada» y, luego, perfeccionaron su docilidad en una segunda edición con: «El humo cubrió la Ciudad y entró en las viviendas». Era, en ese momento, lo que más le preocupaba a Cristina antes de despedirse para encontrar a su marido en Olivos, quien se niega a ir a la Casa Rosada, pero cuyo fantasma en ese lugar pesa más que la repentina neblina porteña.
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