27 de enero 2003 - 00:00

¿Puede prosperar una decisión partidaria ilegal?

Si el duhaldismo creyera que Néstor Kirchner -o el mismo Eduardo Duhalde o Chiche Duhalde- le pudiera ganar a Adolfo Rodríguez Saá o a Carlos Menem una interna, no habría forzado un congreso como el del viernes poniendo sus decisiones fuera de la ley. Lo derrotaban en una interna tan lógica, como democrática y legal, y solucionaban sus aspiraciones.

Quieren ir a la elección general con los tres candidatos justicialistas porque suponen que usando el aparato partidario bonaerense, falseando encuestas pagas (ya se hace), quizás aumentando el monto de $ 150 para Jefas y Jefes de Hogar antes de la elección (ya se estudia), podrían llegar a que el hombre que designó Duhalde, el santacruceño Néstor Kirchner, ingrese segundo detrás de Menem o Rodríguez Saá para ir al ballottage.

No es la jueza Servini de Cubría la que dispone que anular la interna es ilegal y lo advirtió antes. Es la Constitución nacional la que asegura el derecho de ser elegido pero también elegir dentro de un partido donde un ciudadano está afiliado. Por tanto, lo votado el viernes es ilegal desde el momento en que es inconstitucional.

También lo sería una reforma a la Ley del Código Electoral en ese sentido, aparte de que resulta imposible que el duhaldismo logre la mayoría más dura que exige tal tipo de sanción en el Congreso, la mitad más uno de los miembros de cada Cámara, no de los presentes. ¿Por qué habrían de acompañar el deseo de Duhalde los diputados y senadores de Córdoba, Salta, Misiones, La Pampa y La Rioja si no lo acompañaron con su apoyo ayer en el congreso partidario? Si lo intentara solo el justicialismo no podría reunir 129 diputados porque en el mejor momento tuvo 119 y se le alejaron 25 menemistas más 15 semimenemistas. Los jefes de provincias temen que la dispersión nacional del PJ se traslade a sus distritos, donde también quedarían habilitados legalmente los neolemas. ¿Puede Duhalde contar con el radicalismo que se arriesgaría, de sancionar algo así, a que Elisa Carrió cambie su movimiento inorgánico por un sublema del partido radical? ¿Por qué no lo mismo Ricardo López Murphy y Leopoldo Moreau y Rodolfo Terragno? Tampoco se cree que un Raúl Alfonsín apoyaría algo antidemocrático, más si ya le negaron reformar la ley electoral en la provincia de Buenos Aires a Felipe Solá cuando propuso hacer simultánea la elección de gobernador con la de presidente (la ley allí hoy lo prohíbe).

Además, el radicalismo tampoco se cree apoyaría otra aventura del peronismo que fuera declarada inconstitucional como ley.

La Justicia lo único que no puede alterar es que el justicialismo decida abstenerse como partido en esta elección. En ese caso, podrán ir Kirchner, Menem y Rodríguez Saá por su cuenta pero no como «sublemas del partido», algo no autorizado por la ley actual, sino con partidos nuevos. Esa es la apuesta final del duhaldismo: ninguno se lleva en la boleta el nombre de «Justicialismo» y, si es posible, sin el escudo partidario. Se calcula en el peronismo que sólo por «los signos partidarios» hay 10% o 15% de los votos que se inclinan por el candidato que sea.

Adolfo Rodríguez Saá nunca apoyará públicamente a Eduardo Duhalde al que odia desde que le hizo el segundo golpe de Estado entre fines de 2001 y comienzos de 2002 (el primero fue a Fernando de la Rúa). Pero le conviene que todos vayan y ninguno se lleve los símbolos partidarios porque los ganó en una interna, que a él le sería difícil ganar.

Si Carlos Menem insiste, posiblemente la Justicia terminará dándole la razón (anularía el congreso del viernes cuyas resoluciones no tienen valor salvo que la Justicia electoral -Servini de Cubría- en primera instancia las apruebe y haga publicar oficialmente) y dispondría obligatoriamente internas en el justicialismo. Pero Menem arriesga mucho: que se postergue la elección general de presidente del 27 de abril por los recursos que habrá en juego. Duhalde dice que «a Menem le conviene» esa postergación (ver reportaje en pág. 2) pero parece una chicana política. A quien le gustaría -y lo dijo- es a Ricardo López Murphy, que sabe de economía y calcula que el alargue de este «veranito» de la economía precariamente puede durar hasta el 25 de mayo pero no más. Un nuevo estallido ayudaría a pensar en su ortodoxia económica. El Fondo Monetario destrozaría a la Argentina y le haría ejecutar todos sus vencimientos si el 26 de mayo próximo, por postergación de la elección, debe enfrentarse en una discusión de nuevo acuerdo (serio) con Roberto Lavagna y como presidente de la Nación Eduardo Camaño por el alejamiento anunciado de Duhalde. Elección el 27 de abril y nuevo gobierno el 25 de mayo es una exigencia terminante del Fondo Monetario. Más aún: so
bre esa «seguridad política» se acordó el muy pobre miniacuerdo a la Argentina.

El duhaldismo, entonces, ideó el viernes que los planteos -aunque sean estrictamente dentro de lo legal y constitucional- de Menem sean los que hagan arriesgar la fecha del 27 de abril. ¿La arriesgará Menem? ¿Podrá actuar tan rápido la Justicia como para corregir las desviaciones ilegales del duhaldismo y permitir internas justicialistas y elección presidencial del 27 de abril? Es la gran duda. Aun en lo anticonstitucional el duhaldismo puede abarrotar los tribunales de contrarréplicas para demorar, más los proyectos a presentar en el Congreso (ver aparte nota «Todo queda en manos de Servini de Cubría»).

A un candidato como Carlos Menem que dice tener seguridad en obtener los votos necesarios para ganar la elección no le conviene ninguna prórroga si está seguro de que asumirá la presidencia. Menos cuando sabe que cuanto más tiempo dure este gobierno más grave será el estallido con la herencia económica que le deja.

El duhaldismo sabe que lo que logró el viernes tiene pies de barro. Mandar al justicialismo a la abstención como partido es como haberse enamorado el cautivo del torturador, como ha sucedido. En 1958 prohibió al peronismo presentarse a elecciones el gobierno de facto del general Pedro Aramburu y el almirante Isaac Rojas, que lo habían derrocado en 1955. En 1963, le prohibió la concurrencia el general Osiris Villegas, ministro del Interior de un gobierno civil fantoche de José María Guido pero mandando el Ejército. Esta vez, en cambio, la abstención como partido del justicialismo la dispondría un sector minoritario (si no se arriesga en internas) del propio partido, el duhaldismo.

La tradición política argentina siempre dispuso que cuando alguien se siente fuerte ante la opinión pública como para ganar una elección pero débil para imponerse a las burocracias de su propio partido de militante se lanza «por afuera». Así lo hizo Arturo Frondizi en 1957 formando la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) y así llegó a la presidencia luego derrotando al partido madre, la Unión Cívica Radical dominada por Ricardo Balbín. Ricardo López Murphy y Elisa Carrió acaban de hacerlo también dejando el radicalismo. Lo que dispuso el duhaldismo el viernes es al revés: al que puede ganar la Bastante avergonzados de lo que iban a votar, los dirigentes duhaldistas del congreso del viernes trataron de plantearlo como «dos formas de entender el peronismo». En realidad, en la casi totalidad de los partidos existen distintos enfoques. ¿Qué tenía que ver el planteo izquierdoso de Raúl Alfonsín y Leopoldo Moreau con la línea Fernando de la Rúa o Rodolfo Terragno, más de derecha en el radicalismo? ¿Por qué se dividieron tanto la izquierda criolla y los socialismos argentinos? ¿Por qué el personalismo y anti-personalismo en la época de Yrigoyen? Muchos ejemplos.

Pero lo que quiere el duhaldismo es «los que no piensen como nosotros no son peronistas». Se acerca a los postulados fascistas o al Partido Unico del comunismo clásico -antes en la disuelta URSS y ahora en Cuba- o sea, los disidentes afuera, aunque aquí no irían a Siberia o prisión. Pero es la misma tendencia negativa de la democracia.

En realidad, el duhaldismo prioriza no una discusión de fondo sino de formas. Clausura la concepción del peronismo como movimiento y lo somete a una estructura burocrática partidaria. Interpreta el peronismo como el autoritario de Juan Perón que, en 1948, reformó con prepotencia la Constitución y echó a los diputados opositores del Congreso. El menemismo plantea que el peronismo es ecléctico y ve al Perón que ante una crisis dejó el período estatista-nacionalista de 1946 a 1950 y toma el de 1950 a 1955 con Fondo Monetario, capitales extranjeros, cumplimientos con el exterior. Todo depende de la riqueza porque si la hay en abundancia, siempre los peronistas optan por el populismo, como Juan Perón, que recibió en 1946 1.600 millones de reservas con divisas y oro en el Banco Central acumulados durante la guerra (equivaldrían a 37.000 millones de dólares de hoy). Le duraron hasta 1950 en populismo y estatizaciones, y tuvo que aplicar luego economía de mercado y apertura al exterior. Duhalde recibió menos reservas pero no puede estirar el populismo más de 17 meses. Si desde el 25 de mayo no aparece un gobierno racional en el manejo económico, la Argentina vuelve a hundirse más aún de lo conocido. Simplemente durar 17 meses es fácil postergando pero no gobernar 4 años y medio como vienen constitucionalmente. El duhaldismo ignora esto.

Dejá tu comentario

Te puede interesar