Más de un ex presidente andará por ahí mesándose los escasos cabellos y torturándose con la idea de que, de haber contado con el escenario internacional tan favorable para la economía argentina que la suerte les brindó a Néstor y Cristina de Kirchner, otra hubiera sido su suerte y, sobre todo, otra la duración de su mandato.
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El matrimonio, en cambio, prefiere hacer de cuenta que todo es mérito suyo y de ahí el entusiasmo que ponen en denostar al campo, del cual viven y del cual, sobre todo, vive su «modelo».
El último blanco elegido ha sido precisamente uno de los commodities que más alegrías le han brindado a un matrimonio aficionado a las cifras del superávit fiscal: la soja, señalada desde el Salón Blanco de la Casa Rosada como una de las diez plagas de Egipto.
El agradecimiento no es una de las veinte verdades kirchneristas.
Escuchando a la Presidente, los más veteranos quizá hayan recordado aquellos simpáticos libros del maestro uruguayo José María Firpo. Durante sus muchos años de docencia rural en el país vecino, el hombre se dedicó a coleccionar los escritos más graciosos de sus pequeños alumnos, los que finalmente editó en la década del 60 con títulos como: «La mosca es un incesto» (sic) y «¡Qué porquería es el glóbulo!». Este último era la conclusión de un niño de primaria tras oír una lección sobre el aparato circulatorio.
Considerando el discurso de Cristina, el tercero que pronunció en referencia al paro rural, se diría que la Presidente aprendió lo mismo que el alumno del maestro Firpo; en su caso, después del curso acelerado de agronomía que recibió de alguno de sus colaboradores, a saber:
La soja es un yuyo malo. A la soja nada la mata. La soja crece sola.
La soja no crea empleo. La soja daña el ambiente. Los argentinos no comemos soja. Es más, a los argentinos ni siquiera nos gusta la soja.
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