Rebelde que no descuelga cuadros

Política

Quien imaginaba estricta obediencia debida en el embajador Héctor Timerman a los Kirchner -luego de haber defendido, inclusive, hasta a Luis D'Elía, un enemigo declarado de Israel, nación con la cual el ahora diplomático está particularmente ligado-, sorprendió a muchos con un reportaje en «The Washington Post», al recibir al cronista en una sala oval de la embajada con los cuadros de los 50 embajadores que lo precedieron en Washington. En la charla, Timerman (quien ayer fue recibido protocolarmente por George W. Bush) reconoció que estuvo a punto de retirar algunas de las pinturas que lo rodeaban, especialmente la de Jorge Aja Espil, quien representara al gobierno militar de los años 70, el mismo que secuestró y torturó a su padre por la connivencia de éste con un financista de los Montoneros, David Graiver (ningún comentario hizo, y correspondía, sobre el ya muerto Arnaldo Musich, el primer embajador del régimen y, sin dudas, también el primero y único que demandó a su gobierno -lo que le costó el cargo- para que reconociera responsabilidades en la lucha antisubversiva). Pero, dijo, frente al señorial recuerdo de Aja Espil colgado de la pared, que se negó a proceder a descolgar ese testimonio, como obligó Néstor Kirchner a todos los cuadros que representan el pasado de plomo, con el siguiente argumento: «Dejo los cuadros para recordar lo peligroso que es no reaccionar contra una dictadura». Y, poético, añadió: «Esta es una victoria de la democracia sobre el odio extremo». La excusa de un impensado rebelde a la causa santacruceña.

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