Rodríguez Saá: "Te llamo para decirte que renuncio"
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Rodríguez Saá: Yo también, hasta hablé con Menem, que está en Chile. Le dije que me voy y ahora háganse cargo ustedes.
Puerta: Yo no, lo mío no anduvo, que llamen a Eduardo Camaño y se haga cargo él de la Asamblea Legislativa.
R.S.: Eso lo arreglan ustedes, hice todos los gestos, renuncié a la gobernación de mi provincia, no tengo más que hacer.
El renunciante dijo a quienes lo rodeaban: «Que se hagan ellos cargo del caos».
Sonó otro celular, el del riojano Angel Maza, que empalideció: «Es José Manuel» y cortó el aire. Rodríguez Saá tomó el fono y escuchó enrojeciendo: «¡Es tu culpa, es tu culpa, es tu culpa!», remató antes de tirar el teléfono contra una mesa. Otra víctima de la crisis.
El clima en la casa del gobernador de San Luis en Los Chorrillos hervía. Nadie recordaba -ni cuando en la misma sala Rodríguez Saá hace años relató su secuestro-que fuera el lugar escenario de una hora tan tensa, casi agónica. Calor, mangas de camisa, baterías de celulares que caían como palomas, tanto que en un momento de silencio sólo se escuchaba el lloriqueo que advierte cuando están agotadas.
El Presidente había llegado de Chapadmalal en el Tango 01 -nave que también prometió vender, como su anterior usuario-acompañado de los únicos que se animaron a acompañarlo cuando se desconcentró la cumbre frustrada de Mar del Plata. Estaban Gildo Insfrán, Angel Maza, Rodolfo Gabrielli, Daniel Scioli, la gobernadora Alicia Lemme, el hermanísimo Alberto y el hombre detrás del trono, Luis Lusquiños.
Cuando escucharon el primer esbozo del discurso que le habían preparado a Rodríguez Saá los testigos se sintieron protagonistas de una historia grande, que el renunciante quiso escribir con estos trazos:
Sentido
El portazo a la Casa de Gobierno es el lanzamiento de una candidatura presidencial de la que se sienten participantes los elegidos para estar ayer en San Luis. Lo que fue en algún momento un ardid para quedarse en el cargo amenazando con la renuncia alcanzó otro sentido cuando se escuchó la palabra «renuncia». Se andará en otros tiempos, quizá 2003.
La lista de los enemigos era clara: el trío de los presidenciables y alguno más (De la Sota, Reutemann, Ruckauf, Marín).
Hábil en la retórica, la prolijidad con la cual Rodríguez Saá verbalizó su gesta de 7 días enmarcó el clima de la despedida. Fue lindo por una semana vivir la ilusión de quedarse con la presidencia de la Nación sin fecha, admirados todos por la habilidad con que «el Adolfo» parecía haberles birlado el premio mayor a los grandes caciques de la política argentina. También reían al ver cómo el renunciante convertía la situación del clima (justificativo de las ausencias) en un motivo para el portazo, cómo retorcía los pedidos de apoyo en una razón para el despecho. No bastaron los faxes de Córdoba y La Pampa y el silencio de Santa Fe. La compañía de Ruckauf en Chapadmalal la justificaron en el genio particular del gobernador de Buenos Aires. «Quiso estar en el velorio, la gente de él mandó los cacerolazos, sus amigos manejan los canales de cable que incitan a la violencia», explicó a uno de los ministros.
El final de la noche fue agridulce. Puerta desde Misiones (llegó allí en avión, dsespués de dejar a Juan Carlos Romero en su casa) urdía con abogados el paso al costado pero debía conformarse con ser de nuevo la primera autoridad hasta que le encuentren algún ardid legal que le pase la posta a Eduardo Camaño. El grupo porteño distrajo el hambre con unas empanadas que acercaron los mozos, al tiempo que los llamaban, cuando era casi la medianoche, a subir al avión. «Vamos -rió uno-, que el se queda se queda para siempre.» Nadie lo festejó.




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