Salir de la escena, como hace la polémica Bruni
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Carla Bruni
Para contrarrestar la protesta que se extendió en todo el país por la detención de De Angeli, el gobierno no tuvo mejor idea que repetir la exhibición de una fuerza fundada en el aparato.
¿Qué quiso demostrar? ¿Que el poder disuasorio de los porcentajes de coparticipación menos federales de la historia sigue en pie? ¿Que, sirviéndose de los recursos públicos, llenan una plaza con gente tan desmotivada que se empieza a retirar antes de que termine el discurso? Los ruegos de la Presidente para que enrollasen los carteles fueron prolijamente ignorados. ¿Cómo pedirles que no los muestren si para eso fueron? Para poder «hablar con Julio», que no es Cobos, primero hay que hacer acto de presencia; no se puede ser «tibio». Ni hablar de los bombos, que no paran de sonar mientras la señora habla, en un estruendo que ilustra la clase de comunicación que hay en esos actos. Son parodias de los verdaderos mítines políticos donde, aunque haya decenas de miles de personas, se entabla un diálogo entre el orador y el público. En concreto, otro «logro» del gobierno fue someterse a una comparación totalmente desfavorable con los actos -disciplinados, ordenados y muy politizados- del sector agropecuario.
Hasta ahí el grotesco. Pero no faltó el elemento de tragedia que resaltó aún más el carácter clientelar de estas concentraciones, porque Carlos Marriera, el joven desocupado tucumano que falleció accidentalmente en la Plaza, «no tenía militancia política», como explicó su padre. En un hecho que debiera interpelar la conciencia de los políticos, el muchacho vino al acto porque quería conocer la Capital.
Rifar un resultado electoral en el tiempo récord de siete meses no es para cualquiera. Y éste es el «logro» más preocupante. De tanto denunciar que el campo tiene «ánimo destituyente», que «esto es por el poder», que «vienen por todo», mientras el conflicto se eternizaba, fue el propio oficialismo el que puso el tema de la gobernabilidad sobre la mesa. El gobierno fue el primer desestabilizador de sí mismo.
Paradójicamente, al revés de lo que se piensa en Olivos, las chances de rehabilitar la autoridad presidencial descansan hoy en el ingreso de otros actores en la escena: el Congreso y la Justicia. Y, fundamentalmente, en que Néstor Kirchner se decida a emular a Carla Bruni, quien acaba de anunciar que no actuará más en público mientras su marido, Nicolas Sarkozy, sea presidente.




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