30 de septiembre 2003 - 00:00

Se embrolla más Bergés y el tema del fútbol

Se vio desde el miércoles pasado en Santa Fe, con un estadio con récord de concurrencia de público después de tres arbitrarias semanas sin fútbol. Se ratificó este fin de semana esa angustia de la gente, privada de su diversión popular preferida y la más accesible en precio para todos los estratos de la sociedad. Tal consecuencia de desesperación popular por lo que injustamente se le había prohibido, ver fútbol, pasó a ser el elixir irresistible de dos exagerados con frustraciones de difusión pública. Dos tremendistas persistentes en la vida habitual de los argentinos.

Ya lo había advertido este diario en una nota anterior, y entre ambos dejaron al fútbol en capilla y desvirtuado con quita de puntos ante el mínimo incidente que suceda en el futuro y que casi inevitablemente tendrá que sobrevenir en un espectáculo de multitudes. Es obvio.

Dos personajes conocidos por su desesperación de difusión mediática, por sus tradicionales exageraciones, por sus frustraciones, por el afán de revindicación, dado que sus pares no los quieren precisamente por sus excesos de poder. El juez penal de instrucción Mariano Bergés, uno de ellos, es medible por sólo un ejemplo que ya citamos. Tiene el récord mundial en monto de «fianzas» desde un estrado judicial y para colmo por un hecho menor ni siquiera delictivo: le aplicó 10 millones de dólares de fianza a un banquero -entre muchos-para permitirle salir 4 días del país, aprovechando como justificación de su irracionalidad el clima social que existió en la época del «corralito». No sólo eso, Bergés intentó allanar la SIDE sin más justificación que la arrogancia del poder constitucional de un magistrado.

Sobre el otro, Javier Castrilli, ya se sabe: buscó hacer del referato en partidos de fútbol un show personal cada domingo. Ambos con actitudes grandilocuentes siempre, creando «argentinismos» en resoluciones que no se dan en países serios por absurdas, usando el poder temporario en sus manos con resentimiento y total ausencia de mesura, indispensable para los cargos que ejercían y ejercen. Uno, Bergés, que habla de renunciar a ser juez por falta de estima de sus colegas. El otro, Castrilli, promovido a la función pública como secretario del Programa de Seguridad en Espectáculos Futbolísticos por la consideración del más ineficiente ministro del gabinete del presidente Néstor Kirchner, Gustavo Béliz, un «cara de ángel» con voz aflautada que también encierra un tigre frustrado adentro y que posiblemente sea derivado pronto a embajador ante el Vaticano.

Frente a ellos, los calmos y normales no intervienen porque la picardía de aquellos frustrados es hacer un Big Bang a partir de cualquier hecho que caiga en sus manos. De un hecho real y de sus personalidades hay un paso para llegar a la repercusión pública, que pareciera que es lo que busca. No lo dice sólo este diario. Otro juez de instrucción, Eduardo Dafflis Niklisson, acusó a Bergés de ser «víctima de una patológica sobrevalorización de su persona y de una irrefrenable necesidad de trascender, siempre pretendiendo ser un adalid. Siempre he detestado las actuaciones judiciales provistas de una intencionalidad de espectacularidad». Así definido, calcúlese la inmensa alegría de Bergés al recibir el regalo del cielo de la causa por los incidentes de tribuna del partido Boca-Chacarita, porque el juez inicial se excusó por ser simpatizante de Boca. Se dice que Bergés es, como mínimo, «miembro del museo del club Boca». La causa era ideal para él, que ya de oficio -o sea sin denuncia-había andado interiorizándose en los custodios que iban a los estadios y que tiene predilección por acusar a la Policía. Más que interés entonces en la real solución -que la conocen, porque surge de investigaciones judiciales de argentinos que estudiaron hechos similares en el exterior-los posesiona la posibilidad mediática. Les interesa solucionar el hecho menos que usarlo. Viven atacados de «broncismo» (sueño de su imagen en bronce en un pedestal).

•Lógica

Los moderados son el secretario de toda la Seguridad, no sólo de la «deportiva», como es el ex fiscal Norberto Quantín, y también su subsecretario Ignacio Rodríguez Varela. Estos se mueven con la lógica, los horroriza crear «argentinismos» en la Justicia y hasta estudiaron en el exterior para experiencia comparativa cómo erradicar la violencia en el fútbol. El otro es el titular de la AFA, Julio Grondona, que siempre enfrentó, con razón, a Javier Castrilli cuando era un referí en busca de notoriedad con fallos absurdos. Grondona ahora renegó de su declaración de que «no me gusta que los partidos de nuestro fútbol se ganen en los escritorios» frente a la propuesta extraterrestre del ex referí Castrilli, devenido ahora en funcionario, de quitar hasta 15 puntos a un club por violencia provocada por sus hinchas. Ningún país del mundo usa ese tipo de drasticidad con su fútbol. Grondona no comparte tales excesos pero se dejó llevar por el placer de no asumir responsabilidades -tiene 72 años-por si hubiera alguna muerte, que es con lo que amenazan y utilizan los extremistas del fútbol tipo Castrilli. Le era difícil -por esa picardía de uso de la acechanza de los tremendistas con mandooponerse cuando algún incidente inevitable sobrevendrá. Por eso de 3 se pasará a restarle 9 puntos (el insólito Castrilli pedía 15) al club cuyos hinchas ejecuten actos violentos. Un absurdo de sanción, un «argentinismo» capaz de desvirtuar los torneos. Por unos pesos se infiltraría a la hinchada del rival más temido u odiado. Tardarían 4 o 6 partidos en hacerse conocidos en esa hinchada final para provocar luego el incidente descalificador de ese equipo rival.

O sea que aquí perdió la población, porque se arriesga a desvirtuarse el fútbol.

•Violencia

Desde ya con moderación, porque tampoco es cuestión de irse al otro lado e ignorar que existe y en grado de alta virulencia en la Argentina, ¿cómo se evita la violencia en el fútbol? En primer lugar habría que sacarles el tema a los tremendistas. En segundo lugar, sincerarse y suprimir las pavadas que circulan, como por ejemplo que «los dirigentes del fútbol les pagan micros a sus hinchadas y les dan entradas para que vayan a alentar a su equipo», sobre todo cuando juega de visitante. Es una pavada insistir en eso porque siempre sucedió y seguirá sucediendo, porque todo dirigente sabe que sin una mínima presencia de «hinchas» se pierden posibilidades de éxito deportivo, sobre todo si sabemos que los argentinos somos pasionales y recibimos al equipo visitante habitualmente con una terrible silbatina para desmoralizarlo.

Aquel legendario dirigente de fútbol que fue
Valentín Suárez -llegó a presidente de la AFA en los '60- decía cuando era titular de su modesto club Banfield: «A mí me interesa para mi equipo, y lo fomento, que en cada estadio visitante donde concurrimos haya por lo menos una pequeña banderita con nuestros colores a quienes los jugadores puedan saludar y recibir apoyo frente a la mayoría local que los abrumará». Simplemente Valentín Suárez era un amortizado del fútbol y decía lo que quería sin falsedades ni tapujos como ahora, sobre todo ante cronistas deportivos que desconocen realidades humanas.

Pero, claro, micros, entradas gratis, dar instalaciones del club para guardar banderas, el choripán y la Coca pueden complicar al dirigente y a la institución si eso deriva en violencia, desde ya. ¿Cómo piensan frente a ese riesgo los mesurados de mente anti-Castrilli? No los delirios escuchados estos días de los tremendistas como «zona liberada» por la Policía para que haya violencia en las tribunas. Un absurdo. O «asociación ilícita» que en el fútbol sólo se le aplicó -con injusticia-a José Barrita «el Abuelo», ex jefe, ya fallecido, de la hinchada de Boca. La «asociación ilícita», ya aclaró la Corte, se crea para un hecho puntual y delictivo. No para ayuda habitual de dirigentes a hinchas. Una forma lógica es la institucionalización, por ejemplo, hacer votar en los estadios a los jefes de las hinchadas. Así se evitarían las luchas por el liderazgo de los que deben basar su triunfo para obtener el mando en mostrarse más agresivos y rodearse de mayor cantidad de violentos para imponerse sobre el rival. No se podría «obligar» a esa votación, desde ya, o caeríamos en el matonismo de los Castrilli, pero debería incentivarse la democratización y responsabilidad entre las hinchadas con premios: el elegido por la tribuna popular del club recibirá las entradas de favor, dispondrá quiénes van en los micros, tendrá derecho a guardar las banderas en el club y otros beneficios chicos, y casi sin costos.

Lo principal es lo otro, que esos mismos jefes electos de tribunas controlen la violencia de grupúsculos porque, evidentemente, asumen una responsabilidad de hecho -aunque no jurídica-porque no tienen «poder de ejecución». Esta medida evitaría muchos incidentes, pero no haría salir en los diarios a «secretarios de seguridad deportiva». ¿Es capaz un ministro como Béliz de impulsar algo así? No. Confesó que descubrió lo popular e importante que es el fútbol en nuestro país -nunca concurrió a un estadio a ver un
partido-sólo porque más de 100 periodistas lo esperaron en su despacho por el ansia de la gente de saber si se levantaba la veda a su espectáculo preferido. No Béliz, pero Néstor Kirchner sí sabe de fútbol, entiende y participa de la pasión popular (es hincha de Racing) y conoce el alma de una tribuna repleta. También se encamina a soluciones serias -que igual no podrán superar excesos de los tremendistas Bergés-Castrilliel «proyecto Scioli» que mañana trata Diputados. Daniel Scioli no es un resentido. Sabe de deporte y de tribunas.

Otras medidas no tipo Castrilli y no tipo Bergés son las adoptadas por otros países donde no se ponen temas de impacto ciudadano, como la violencia en el fútbol, en manos de exagerados. Por ejemplo, en Italia hace pocos días los «tifosi» (hinchas) del Napoli (club hoy en «Primera B», pero que logró sus dos únicos campeonatos de la liga principal, «Il scudetto», cuando jugó allí
Diego Maradona) tiraron con toda la furia napolitana a una persona de una tribuna a la de abajo. Esta persona murió. Imagínese el lector qué habrían hecho nuestros tremendistas Bergés y Castrilli si suspendieron 25 días el fútbol sin que hubiera heridos de gravedad en Boca-Chacarita. Por lo menos, suprimir el fútbol para todos 6 meses, quizá más o indefinidamente, y además sancionando injustamente a policías, como la semana pasada amenazó este juez correccional y de instrucción Bergés.

•Racional

Italia es racional. Sus directivos de fútbol no se meten en la causa penal por un asesinato pero actúan sin desvaríos en su área. Nadie sancionó a policías porque saben, es obvio, que no se puede poner un policía cada 5 metros cuadrados en partidos de más de 50.000 espectadores. Tampoco nadie allí suspendió el fútbol, perjudicando a toda la sociedad italiana como se hizo aquí. Ni siquiera le sacaron puntos al Napoli, forma en que Javier Castrilli quiere descargar su agresividad personal. Al Napoli lo obligaron a jugar sus próximos 5 partidos de local en cancha neutral y vacía, sin público. Con eso castigan sólo a la hinchada culpable de la barbarie y, eventualmente, a la de cada rival de los 5 encuentros próximos pero no a todo el público de todas las divisiones. Castiga a la hinchada culpable y además sanciona económicamente al club.

Otro ejemplo de estos días es Brasil.


Allí usan métodos preventivos con buena utilización de la tecnología moderna, que la Argentina también tiene hoy en los estadios. Cada incidente, por mínimo que sea (desde tomar una bebida alcohólica hasta drogas en la tribuna, arrojar algo a la cancha, trompearse, etcétera), queda registrado en un tape con el rostro del violento o adicto. Es identificado, citado y castigado como los jugadores que se portan mal en el césped, pero con más severidad. Le pueden aplicar dos meses, seis, un año o más durante los cuales el hincha violento no puede concurrir a un estadio cuando juega su equipo y debe presentarse durante el horario del partido en una comisaría (método aplicado también aquí, pero por condena judicial o sea sólo en casos muy graves). Como es infracción y no delito, si no concurre una vez le extienden la pena, salvo justificación adecuada. Esa privación es desesperante para un hincha, y la violencia mayoritariamente se calma.

Cuando quienes juzgan son exagerados y necesitan descargar presiones propias en sus fallos es raro que concurran a la prevención en las canchas. Por eso en todos los estamentos de la vida ciudadana -incluido desde ya el fútbol-, la Argentina debe encaminarse hacia «un país serio», el slogan del gobierno actual. ¿Puede ser serio un país moviéndose con la irracionalidad -evidente ante lo observado en el exterior y descripto-si tienen poder personas como Javier Castrilli y Mariano Bergés? Cualquiera sea su cargo en el Estado,
¿puede alguien, no por error involuntario, sancionar a la parte mayoritaria de la población de todo el país suspendiendo el fútbol? ¿Tendremos responsables de actuar como en Holanda (ver nota aparte)? Aquí jamás dejan de verse los partidos de fútbol en Europa y en cambio allí -y sobre todo en Latinoamérica-de repente desaparece de la programación televisiva el importante fútbol de la Argentina, porque jueces actuantes ni siquiera meditan a fondo sus decisiones. Sin ignorar siempre que la violencia en el fútbol existe y debe ser combatida pero por gente con criterios racionales y sin volcar cuestiones personales.

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