Señal para los mercados: Alfonsín presidente 2001
Entre los operadores financieros, el cronograma de viajes al exterior de Fernando de la Rúa puede convertirse en un objeto inapreciable. Es que, a partir del 10 de diciembre, cada vez que el Presidente suba al Tango 01 rumbo a otro país, la Casa Rosada quedaría a cargo de Raúl Alfonsín. "Una señal a los mercados", bromean, con sorna, los radicales que anticipan la jugada: el caudillo de Chascomús ingresará al Senado y, una vez allí, se hará elegir presidente provisional del cuerpo. Será, de hecho, la segunda autoridad del país. Y la primera, cuando el Presidente se ausente. Nadie lo supone a Alfonsín inactivo en ese cargo.
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Veo veo, ¿qué ves? Una cosa, ¿qué es?, que vamos a ser gobierno otra vez, como en el ochenta y tres." Ese estribillo, que los alfonsinistas ortodoxos canturrean debajo de la ducha desde que se fueron del poder, en 1989, suena cada vez más alto en los comités del radicalismo. Sucede que una jugada institucional que no demandará demasiado esfuerzo promete ubicar a Raúl Alfonsín, de nuevo, en la Presidencia de la Nación, 12 años después. Los pasos son sencillos. Las consecuencias, no.
Esa circunstancia terminaría demostrando lo que nadie está dispuesto a creer: que el cordobés De la Rúa es más confiado que el impulsivo «don Raúl». Es que en 1982, cuando le ofrecieron la alternativa contraria, Alfonsín decidió tomar otro rumbo: en vez de armar una fórmula con De la Rúa como segundo, hizo que Raúl Borrás y Roque Carranza viajaran a Córdoba para acordar con el radicalismo de esa provincia, que le puso a Víctor Martínez, ex intendente de la capital mediterránea, como vice.
La fórmula Alfonsín/De la Rúa no fue la ocurrencia de una cabeza afiebrada. En agosto de 1982 hubo negociaciones para que se constituyera. Se había pensado en la senaduría porteña para Julio Saguier y en la gobernación bonaerense para César García Puente. Una de las tratativas, la definitiva, la llevaron adelante los propios interesados en la casa del dirigente Jorge Ciarliero. La razón por la cual no se llegó a un arreglo forma parte de la misma disputa entre ambos líderes.
Los alfonsinistas dicen que De la Rúa tardó en contestar, presa de un habitual sentimiento deliberativo. Los delarruistas calculan que a Alfonsín no le gustó la prudencia con que, según le dijo ese día su jefe, debía encararse la cuestión militar. Algunos van más allá: creen que «don Raúl» no descartó, en el límite, que De la Rúa pudiera formar parte de una conspiración con uniformados en su contra, si las circunstancias se pusieran inmanejables, como finalmente se pusieron. Son hipótesis para la pequeña historia de estos dirigentes. El acuerdo no se dio y, al contrario, Alfonsín y De la Rúa se enfrentaron en la interna. Ahora, después de casi 20 años, la rueda de la historia puede corregir lo que en aquel momento fracasó.
Cuando se los indaga sobre la posibilidad de este retorno de Alfonsín a la Presidencia, los delarruistas más ortodoxos sonríen y, con picardía, bromean con un cliché verbal: «Sería una señal para los mercados». Pero hacia adentro del gobierno la simpatía que despierta la operación es menor. Es cierto que algunos creen que nada podrá superar el disgusto de haberlo tenido a Carlos Chacho Alvarez soplando en la espalda. Pero, aún así, ningún funcionario actual querría imaginar a Alfonsín revestido de un poder institucional que potenciaría sus arrebatos. Menos aún cuando se les advierte que el regreso de «don Raúl» podría producirse -¿quién lo sabe hoy día?- con un gobierno más débil que el que no pudo contener a Alvarez. Con un gobierno derrotado.




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