16 de enero 2002 - 00:00

Sindicalistas vacunaron a un ministro de Duhalde

Lo conocen bien y por eso le prepararon una dieta adecuada a su físico. Nada de asado, achuras, colesterol, como hacían con Chrystian Colombo. Ginés González García, el nuevo ministro de Salud, es un «peruca de toda la vida» y se merecía un poco más de imaginación: langostinos con salsa golf, merluza negra y buen vino blanco. Ese fue el menú preparado por Armando Cavalieri, «el Gitano», para agasajar a sus invitados el lunes a la noche, en su sede de Diagonal Sur. Alrededor de la mesa, los demás «gordos»: Carlos West Ocampo, Rodolfo Daer, Oscar Lescano y una novedad, José Luis Lingeri, quien reapareció por las noches reemplazando a Rubén Pereyra, de Obras Sanitarias.

«Ginés nos puso todo», se ufanaba uno de los sindicalistas, cuando quiso explicar la jerarquía de la comitiva que acompañó al ministro: nada menos que José Manuel Corchuelo Blasco, el nuevo titular del PAMI; y el encargado de controlar las obras sociales, Rubén Torres.

No había muchas formalidades que disolver en lo de Cavalieri. Todo fue tan plácido que uno de los jerarcas sindicales se mofó, para sintetizar la charla ante este diario: «Ya lo vacunamos, le dimos la triple 'g'». La broma refiere a la inicial que se repite en el nombre y apellido del ministro.

González García es un viejo amigo del grupo, a tal punto que un experto en cuestiones de sanitarismo como West Ocampo lo propuso más de una vez como ministro para la gestión de Fernando de la Rúa. Por eso el ministro comenzó con sinceridad: «No hay un peso y veo todo muy complicado. Pero no creo que sea el derrumbe o, por lo menos, tenemos que trabajar como si no fuera el derrumbe porque si no, estamos fritos. Eso sí, vayan sabiendo que plata no hay».

Los sindicalistas hicieron oídos sordos a la última afirmación y también se mostraron sinceros: «Estamos al borde de la quiebra. Nos dieron unos bonos que no sirven para nada, ni para pagar impuestos. ¿Por qué no los podemos cambiar por algo mejor? Ya que van a emitir... ¿por qué no nos dan plata?», sintetizó Cavalieri, quien ya no sabe cómo manejar la deuda de su obra social, OSECAC, y se le hace agua la boca cuando lee sobre el «default privado» organizado por el monopolio «Clarín».

Como queda claro, la letanía sindical es cíclica: esa noche volvieron sobre el reclamo de $ 200 millones que justifican en un viejo préstamo realizado al PAMI. Ya llegará el momento para que agreguen a su factura los aportes mal imputados y la deuda por prestaciones de alta complejidad. Desde la gestión de Carlos Menem vienen pidiendo lo mismo, casi como esos reclamos que se realizan en las Naciones Unidas año a año por la recuperación de las Malvinas.

• Credo

González García evitó esa cáscara de banana y les recitó el credo que más les gusta y que él, sinceramente, profesa: «Con ustedes no debería tener problemas. Para mí el sistema de obras sociales es el mejor y si alguien encuentra uno más perfecto, que me avise». De ese modo, el nuevo ministro dio por clausurada cualquier iniciativa de desregulación, el látigo con que los distintos gobiernos vienen amenazando a «gordos» que ya hace tiempo están cansados de que se los obligue a pelear por algo. Formulada la premisa, Ginés planteó la dimensión de su agresividad, por cierto módica: «Hay que emprolijar todo. Hay obras sociales que deben caer y otras que habrá que ampliar porque funcionan bien. Eso sí, deberíamos pensar en un esquema más ambicioso, con prestaciones más amplias y que resulte más solidario».

Sin embargo, González García insistió: «Mi obsesión es mejorar el hospital público, que está destruido. Quiero que funcione bien y que ustedes lo contraten y ayuden a mantenerlo». La explicación de esta pasión hay que buscarla lejos, en los estudios y escritos del ministro, un peronista clásico. Pero también en razones más inmediatas. Por ejemplo, en la afirmación que lanzó mirando a Corchuelo Blasco, el encargado de la obra social de los jubilados: «En el PAMI vamos a tener que ser drásticos. Mejoraremos hacia adelante, pero si creen que voy a hacerme cargo de la deuda hacia atrás, están locos. ¿Cómo hago para pagar 1.800 millones de dólares, que es lo que me exigen?». A Cavalieri, deudor como el instituto, se le volvió a iluminar el rostro.

Hacía tiempo que la CGT dialoguista no se sentía tan comprendida, casi halagada, por un funcionario. Por eso no hubo agresividades ni ironías. Casi trataron a González García con mayor cordialidad que la que le ofrecen a Alfredo Atanasof, uno de ellos, actual ministro de Trabajo. A él ya le pidieron un aumento del salario mínimo, vital y móvil. Todo esto en lo de Cavalieri, claro. En otros rincones la temperatura es distinta. Hugo Moyano, que se sintió excluido, concurrió ayer al Ministerio de Trabajo y a la salida planteó un pliego de peticiones casi implacable: que no se mantenga 13% de recorte a los salarios del sector público, que se suspendan los despidos, que se aumenten los salarios. Moyano no lee los diarios, es obvio.

Sus manifestaciones, aun así, tienen algo de presión (la palabra extorsión es muy dura). Pero anoche se comentaba en el entorno del camionero que si no lo tienen en cuenta a la hora de los «repartos», volverá a las andadas. Su primera amenaza, por ejemplo, consiste en no asistir a la concertación social a la que convocó la Iglesia y que tendrá hoy su primera sesión de trabajo en la sede de Cáritas de la calle Balcarce 236.

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