18 de marzo 2004 - 00:00

Sorpresa

En el acto de recordación del atentado a la Embajada de Israel, hace dos años, abuchearon tanto al ministro de Justicia de Eduardo Duhalde, el constitucionalista Jorge Vanossi, que ni se le entendió el discurso. El cenáculo de Kirchner, que cuida la imagen del Presidente, con más celo que a la joven novia Letizia en España, no quería sorpresas y llevó aplaudidores propios. Debían contrarrestar eventuales silbidos a Cristina, la primera dama, al canciller Bielsa o, eventualmente, a Felipe Solá. No los hubo, pero ya que habían ido, aplaudieron cuanta mención de los funcionarios se hizo, como buena claque profesional. Hubo bastante sorpresa en los tradicionales concurrentes. Sobre todo, por un discurso un tanto descolocado del canciller, en el que habló poco del tremendo atentado de 1992 y mucho de desaparecidos, «juventudes esclavizadas» y dejó frases grandilocuentes como «derrotero quiere decir camino y antes quería decir puerta» y «los caminos ensangrentados». Poco serio.

Hubo unas cuatro mil personas en Arroyo y Suipacha para recordar el atentado contra laEmbajada de Israel. Ginés González García, Felipe Solá, Aníbal Ibarra, Cristina Kirchner y Rafael Bielsa desplazaron del centro de la escena al embajador Benjamín Oron.
Hubo unas cuatro mil personas en Arroyo y Suipacha para recordar el atentado contra la Embajada de Israel. Ginés González García, Felipe Solá, Aníbal Ibarra, Cristina Kirchner y Rafael Bielsa desplazaron del centro de la escena al embajador Benjamín Oron.
Como todos los años desde el 17 de marzo de 1992, representantes de todos los sectores del país se juntaron en la esquina de Arroyo y Suipacha -hoy Plaza Estado de Israel para reencontrarse con viejos amigos, compartir dolores, rememorar la tragedia y no resignarse a que mezquindades y complicidades impidan el esclarecimiento del brutal atentado terrorista que demolió la sede de la Embajada de Israel.

La anunciada (pero no concretada) presencia de Néstor Kirchner en el acto tuvo la dudosa virtud de allegar un número adicional de concurrentes al encuentro: se trataba de una mal disimulada claque que aplaudía sin pudores cada vez que se mencionaba a alguno de los funcionarios públicos presentes, aun cuando la ocasión no lo ameritara. La cuestión tomó ribetes casi graciosos cuando uno de estos «batatas» se enzarzó en una discusión sobre la ortografía del apellido del embajador israelí con dos veteranos que, obviamente, sabían de esa cuestión más que él.

• Tibieza

Aun así, las presencias de la senadora Cristina Fernández de Kirchner, de los ministros Rafael Bielsa y Ginés González García, del gobernador bonaerense, Felipe Solá, y del jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra -más su «número dos», Jorge Telerman-, distaron de provocar encendidas ovaciones.

Exactamente lo contrario debe decirse del discurso de Carlos Susevich, padre de una de las 29 víctimas fatales que arrojó el ataque con coche bomba. Es que, como siempre, las palabras de los familiares tienen el valor agregado del dolor de primera mano que transmiten. «Nosotros, una vez más, nos resistimos a comprar la historia que nos quieren vender, de que está esclarecida la autoría del atentado, porque creemos que es una invención de la SIDE y algunos servicios de inteligencia foráneos», dijo este hombre de 80 años que aún hoy llora a su hija. Susevich se quejó amargamente de la actuación de la Corte Suprema, y de que hoy haya sólo un funcionario a cargo de la investigación (Esteban Canevari). Luego de responsabilizar tanto al gobierno de Carlos Menem como al de la Alianza, apuntó a la actual administración: «Los familiares confiamos en este gobierno, pero después de doce años de verdades mezquinadas y dibujadas, permítasenos una cuota de desconfianza sólo superable a través del total esclarecimiento del atentado». Los ocupantes del palco se removieron inquietos.

• Confusión

Después fue el turno del canciller, que tomó la representación del Presidente ante su ausencia. Pero Bielsa, quizá por la premura con que llegó desde Brasil, pareció equivocar el lugar y el acto en que estaba. Como una estrella «pop», retiró el micrófono del pie metálico, desenrolló el cable con destreza e improvisó un breve discurso casi ininteligible pero con pretensiones poéticas, en el que se refirió a «las decenas, cientos, miles de jóvenes a los que les robaron la identidad, los sometieron casi a la esclavitud, los hicieron olvidarse de quiénes eran», en obvia alusión a los desaparecidos de la década del '70. Tal vez la presencia de varias integrantes de Madres de Plaza de Mayo (línea fundadora) hizo que se confundiera de discurso. Entre la concurrencia, en cambio, sólo logró despertar extrañeza y hasta indignación en algunos casos.

Finalmente, el embajador de Israel, Benjamin Oron, reiteró la convicción israelí de que el grupo terrorista Hizbollah ( inspirado por Irán) era el autor de los atentados (también el de AMIA), a través de una célula «plantada» en la Argentina en la década del '80, a la espera de lo que se llama «blanco de oportunidad». Agregó que «Israel dijo que había sido Hizbollah once años después, sólo cuando tuvo los elementos y las pruebas para hacerlo, y no en función de la coyuntura política». También omitió referirse a Carlos Menem, que un día antes reiteró una vez más su convicción de que los atentados tenían que ver con la participación de tropas argentinas en la Guerra del Golfo. Obviamente, de eso no podía quejarse el diplomático.

El acto había comenzado a las 14.50 en punto, con el sonido de las campanas de la vecino instituto
San Francisco de Asís -cuyo párroco fue una de las víctimas fatales-, el sonido de una sirena y el minuto de silencio de rigor. La concurrencia fue estimada en alrededor de cuatro mil personas, y la presencia de las fuerzas de seguridad fue ostensible, numerosa y pertinaz en la revisión de cada uno de los asistentes. «Si hubiéramos tenido uno por ciento de estas medidas, lo del '92 no habría pasado», reflexionó con dolor Jorge Cohen, por entonces jefe de prensa de la representación diplomática y uno de los funcionarios que salvó su vida. «Ese día no había ni un policía de uniforme dirigiendo el tránsito, y todavía no se sabe por qué.»

Sin embargo, desde el otro lado de la trinchera la Embajada de Irán intentó reflotar la teoría de la «implosión» como causa de la destrucción de la sede israelí, y acusó «al régimen sionista de intentar desvirtuar la verdad y las relaciones entre los países».
Curiosamente, el comunicado iraní se cierra con una aspiración común a todos los argentinos, y que estuvo presente tanto en el discurso de Susevich como en el de Oron: «Esperamos que las autoridades argentinas aclaren los acontecimientos para el pueblo de su país».

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