Todo el mundo sabe que la escala de valores de los sindicalistas muda con extrema facilidad. Pero pocas veces se vio una modificación tan vertiginosa como la que se registra hoy en el juicio de la colectividad gremial sobre Susana Rueda. Hasta hace una semana, la mayor parte de los capitostes de la CGT clavaba alfileres sobre la figura de esta dirigente de Sanidad. Le reprochaban su propensión a diferenciarse del resto con reportajes en los diarios, su afición por los viajes y la permanente hostilidad que aplicaba a las relaciones de vecindad dentro del edificio de Azopardo 802. Si hasta les prohibió fumar a viejos zorros del metier, como el textil Pedro Goyeneche (bigotes finitos, lentes negros, boquilla...), que ya ni pisan esa casa. Tantas agresiones desembocaron en una decisión: que no bien lo permita la reglamentación, se convalide aquella acta firmada cuando las distintas ramas sindicales se unificaron, según la cual el triunvirato del que forma parte Rueda se disuelva para dejar el poder en manos de un solo secretario general, Hugo Moyano. Es precisamente esta decisión la que comenzó a revisarse en estos días.
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Es Moyano, no otro, quien se encargó de mejorar el retrato de Rueda, hasta lograr que el resto de la comarca pida: «Susana, volvé, te perdonamos». El camionero no advirtió las consecuencias que tendría sobre su liderazgo al frente de la CGT la guerra de guerrillas lanzada desde su sindicato para quedarse con los afiliados de otras organizaciones que integran la cúpula de la central obrera. La víctima principal fue Armando Cavalieri, a quien le arrebató los empleados de logística de los supermercados Carrefour. Después avanzó sobre los municipales capturando a los recolectores de basura. Y volvió por la casa de Cavalieri, ahora por los trabajadores de Coto. La broma, conocida, es que se quedará también con los repartidores de pizza que se mueven en rollers, por el solo hecho de que tienen ruedas. ¿También los trenes de La Fraternidad y la Unión Ferroviaria merecerán una expansión? Esta pregunta ya no es en broma entre los sindicalistas inquietos.
Moyano ha comenzado a dar explicaciones poco consistentes sobre el comportamiento de su gremio. Le echa la culpa a su hijo Pablo, a quien «se le va la mano», como el día que volcó la basura de los camiones de recolección en plena Avenida de Mayo, a las 3 de la tarde. Un método que ya conocían los platenses y otros vecinos del Gran Buenos Aires. Pero los problemas de conducta de Pablo Moyano no terminan de explicar por qué Jorge Silva, el secretario adjunto de Camioneros, también se comporta como una especie de Atila sobre ruedas.
Lo que inquieta al grueso de los gremialistas, incluso a quienes propulsaron a Moyano hasta la jerarquía que hoy ocupa, es que entre los diversos sindicalistas que lo rodean su conducta se ha vuelto contagiosa. Por ejemplo, Juan Manuel Palacios, de la UTA, comenzó a reclamar para sí al personal de maestranza de las empresas de subterráneos con la excusa de que en su organización se afilian los demás trabajadores de ese ramo. Casos como el de Palacios se multiplican en el sindicalismo en estos días.
La consecuencia inmediata de esta conducta es que aquella estrategia, por la cual una alianza interna de gremios se había propuesto concentrar el mando en Moyano para que éste los haga fuertes ante Néstor Kirchner, comenzó a ser revisada con inusual velocidad. Es que el camionero decidió apuntar contra sus propios compañeros una pistola que, eventualmente, debería servir para atacar a los piqueteros o al propio poder gobernante (lo de «pistola» y «atacar» son metáforas, que quede claro).
Este panorama va volviendo cada vez más improbable que la comisión arbitral que debe resolver el conflicto de encuadramiento de los empleados de logística de Coto le dé la razón a Moyano en contra de Cavalieri. Es cierto, los propios árbitrossindicalistas explican las razones por las cuales prefieren al dirigente mercantil: como nadie puede suponer que es por el aprecio que cosecha entre sus pares, todo el mundo hace bromas sobre las bolsas con vituallas que el controvertido Alfredo Coto estaría haciendo llegar al cuarto piso de Azopardo 802. «Infamias de la guerra sindical», se quejan los árbitros.
¿Por qué Coto se niega a cambiar a Cavalieri por Moyano? Es sencillo: el cambio de un convenio a otro implicaría una suba de salarios que lo enfrentaría decididamente al gobierno, ya que el aumento se trasladaría a precios.
También en este punto hay juego político: a los supermercadistasles preocupa que Néstor Kirchner, al parecer, el únicoargentino capaz de controlar los desbordes de Moyano, mire este conflicto como si sucediera en Lituania. Por eso ya hay voces en el sector al que pertenece Coto que amenazan con producir una suba en el precio de la carne el mismo día que se decida, eventualmente, el pase de los trabajadores de logística de mercantiles a camioneros. Los supermercados compran 75% de la hacienda que se comercia en Liniers, por lo que ese ajuste de precios impactaría con fuerza sobre la canasta familiar. «¿Qué prefiere Kirchner? ¿Frenar los precios o frenar a Moyano?», se escuchó preguntar a un vocero de un gran supermercado anoche, ante este diario.
Mientras este paralelogramo de fuerzas termina de resolverse, las acciones de Rueda recuperan valor. Pero a no entusiasmarse, Carlos West Ocampo, padrino de la santafesina: quien terminará beneficiándose con la caída en desgracia del desaforado Moyano será otro integrante del triunvirato. Es José Luis Lingieri, un moderado que comanda Obras Sanitarias de la Capital Federal, una especialidad a la que por definición le resulta casi imposible expandirse más allá de sus caños y cloacas.
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