12 de julio 2007 - 00:00

Tardío, quizás

Tarde, como suele ocurrir, el presidente Néstor Kirchner advirtió el poder monopólico del grupo «Clarín». Aunque evitó nombrarlo en sus tres últimos discursos, avanzó sobre la acción de estos núcleos empresariales que pretenden condicionar al gobierno.

Habla casi como en el final de los militares (cuando le obsequiaron Papel Prensa), como en el crepúsculo de Raúl Alfonsín (les cedió radio «Mitre»), en los estertores de Carlos Menem (los gratificó con «Canal 13»). Todos castigados en su inminente retiro luego de haberse favorecido «Clarín» con sus medidas. Eduardo Duhalde no hizo ninguna mención de queja: ya hubiera sido un despropósito que lo hubieran atacado luego de haber devaluado y pesificado como deseaba el monopolio -recordar que la noche de su asunción compartió mesa y deseos con su ministro de Economía Jorge Remes, atentos a los consejos económicos de la máxima autoridad de «Clarín», Héctor Magnetto- y, entre otros servicios, haber promovido la ley de bienes culturales que reclamaban. Con Kirchner hubo un idilio (informativo, preferencial al menos), pero el proceso monopólico de la fusión de los cables -tan importante para los intereses de la empresa- no encontró definición aún. En los últimos tiempos, en apariencia, «Clarín» recuperó parcialmente la memoria periodística después de tres años (como ocurrió en otros gobiernos), se volvió más crítico desde que auspició sin éxito a Roberto Lavagna y comenzó un sordo conflicto con el gobierno. Ahora Kirchner denuncia las presiones, quizá tardíamente. Sería bueno conocer en detalle lo que él aborda en forma genérica, casi con la misma precisión que ayer Alberto Fernández -antes un preferido del monopolio, o viceversa- planteó al defender a la licenciada Romina Picolotti.

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