Tediosa Europa para Duhalde: ayer, el Papa; hoy, los reyes
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Hubo después un intercambio de obsequios, que el Pontífice valoró: le quedó un atril de plata para apoyar su misal, algo bastante más valioso que la caja de té en saquitos que le había dejado Fernando de la Rúa, el último presidente argentino que lo visitó.
Hubo una visita protocolar al secretario de Estado, Angelo Sodano. Duhalde ya estaba extenuado a esa altura del mediodía y pidió un breve regreso al hotel. Pero el secretario de Culto vetó la iniciativa: había que estar en punto para el almuerzo en la embajada argentina, donde llegaría una comitiva de cardenales. Por eso se utilizaron los 20 minutos vacantes para un paseo por el Lungotévere, que hubiera dado para ojear lo que fue el barrio bajo de la Roma renacentista. Pero los Duhalde estaban conmocionados todavía por la proximidad de Wojtyla.
Ya en el Palazzo Patrizi, a una cuadra de Piazza Navona, la pareja presidencial recibió a una decena de prelados encabezados por Sodano. Cardenales como Ratzinger (jubilado en el Santo Oficio) y Laghi, además del «canciller» Jean Louis Tauran, concentrado ayer en la entrevista que mantendrá mañana con John Bolton, el subsecretario de Estado norteamericano que visitará la Santa Sede. Más regalos cruzados y un discurso de Soda-no en el que mencionó una vez a Duhalde y tres veces a Caselli. «Un crack este 'Cacho'» comentó uno de los secretarios de Duhalde, quien murmuró: «El problema es que después termina denunciándote, como le hizo al Turco» (algo parecido al «fuego amigo» que reportan los americanos contra su propia gente en Irak). Sólo un detalle ensombreció el mediodía: el cardenal Jorge Mejía, único argentino purpurado, aclaró por adelantado que no concurriría al almuerzo por desavenencias con el secretario de Culto.
• Marcha forzada
Ahora sí, regreso al hotel a descansar un rato y marcha forzada para los Duhalde hacia el «Palazzo Magistrale» de la Orden de Malta, en Via dei Condotti, adonde llegaron tarde y con la mirada perdida. Más que una visita oficial, Caselli les había preparado una película de Visconti, aunque no del todo bien actuada: una parte de la comitiva duhaldista no soportó más tanto terciopelo y se refugió en el café «Il Grecco» a saborear una granita y «pellizcar algo».
De nuevo condecoraciones de parte de esa cofradía, en cuya sede porteña se conocieron ayer algunas muestras de disconformidad porque algunos «hermanos» se quejaron «por la utilización política de la orden». Con cierto alivio la familia Duhalde regresó a su habitación y, desde allí, marchó hacia Madrid. Llegaron anoche a Barajas, donde los esperaba Abel Parentini Posse (Ruckauf todavía no había llegado). A partir de hoy, después de algunas caminatas, otra vez el protocolo: almuerzo con los reyes y agasajo con Víctor García de la Concha, presidente de la Real Academia Española que aboga por el dificultoso ingreso de Posse en la Academia Argentina de Letras. Casi un suplicio este tipo de viaje, donde los presidentes deben poner el cuerpo a los hobbies y obsesiones de sus subordinados diplomáticos. Al fin y al cabo, era mejor el proyecto original de itinerario, propuesto por Raúl Ricárdez, el embajador en Grecia: cuatro días y tres noches en las islas Sarónicas, con traje de baño y ojotas. Un paraíso para Duhalde.




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