Pasan las horas, el teléfono suena cada vez menos y las charlas con amigos comienzan a aflojar el discurso de Alberto Fernández, quien se ha entregado a una agenda de gastronomía y confesiones desde que se apartó del gobierno de los Kirchner. No ha vuelto a hablar con el matrimonio. El último contacto con la Presidente lo registraron las cámaras de TV: un abrazo formal, casi despectivo por parte de ella, cuando asumió su reemplazante Sergio Massa. «Un chico joven con capacidad de gestión, que, claro, tiene que ponerse al día», según dice el retirado.
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Ayer, a metros de su departamento, en Puerto Madero, el ex jefe de Gabinete intentó aplacar la confusión de la bancada del Frente para la Victoria de la Legislatura porteña, la que considera haber perdido la brújula tras la salida del jefe.
«Tengo que volver a ser el jefe de Gabinete de Néstor Kirchner», sorprendió a la mesa, de menú a la carta, que dio a la frase diversas interpretaciones. La más consensuada fue que Alberto Fernández busca que el esposo presidencial lo bendiga nuevamente como su mano derecha, lo asigne a conductor de un distrito que al matrimonio no le interesa. O que, al menos, le atienda el teléfono.
«Néstor es mi amigo entrañable, sigue siendo mi jefe y espero que baje un poco todo para que volvamos a conversar», confió ante el bloque que brindó asistencia casi perfecta. Sólo faltaba Juan Manuel Olmos (de vacaciones), pero a cambio participó el sindicalista Víctor Santa María, gerente del sello PJT en la Capital. También, como invitadas especiales llegaron la auditora porteña, Sandra Bergenfeld, y la directora del Banco Ciudad, Marta Talotti. Hablaron pocos, además del dimitido, y ni siquiera el titular del bloque, Diego Kravetz, un transversal que arribó al kirchnerismo por su movida en la expropiación de empresas..
«Los últimos días fueron duros», confesó Fernández y dejó en silencio a los comensales que atendieron el relato: «No me escuchaban, y Cristina escuchaba a Parrilli. Yo le dije que el discurso de D'Elía no me había gustado, pero Cristina le preguntó a Parrilli, éste le dijo que fue bueno. Claro, después le hicieron el cacerolazo», descubrió el ex funcionario al contar un film que todos habían visto.
Había otros transversales en el restaurante Fresh Market (al que alguna vez ha ido Néstor Kirchner), como la radical Ivanna Centanaro, doblemente dejada de lado, ya que si Fernández no conduce, tampoco Vilma Ibarra -a quien responde esa legisladora- tiene intenciones de seguir en la política.
«Tenemos que empezar de nuevo, hay que empezar de nuevo y reconstruir nuestra base social, porque a Cristina tiene que irle bien, tenemos que mostrar el pluralismo. Acá está Ivanna, que viene del radicalismo, Diego, de las fábricas recuperadas, Pablo Failde (ex ARI)», los consoló sin que nadie, al final de la comida entendiera bien cuál será el rol de ese Alberto Fernández sin los timbres del poder. No mencionó a Mauricio Macri, pero lo conserva como pesadilla. «Hay que ayudar a Hebe a que no tenga problemas en la contabilidad. Para eso está Felisa (Miceli), que la va a ayudar.» Frase referida al conflicto que Macri con las Madres o, más exactamente, con los números económicos de la Bonafini. Asintió la neokirchnerista Gabriela Cerruti, quien integró el gobierno de Jorge Telerman, suscriptor de convenios de construcción de viviendas con Bonafini, baluarte de las Madres contra las Abuelas.
Ya viene comiendo demasiado Fernández -a pesar de las dietas que lo hacían enojar- y se aparece, de nuevo, con su guía espiritual (o material) Santa María (aunque, con él, discrepan en posiciones con la familia Ibarra, Vilma y Aníbal). En la mesa, confesando, Fernández se volvió a quejar de Julio De Vido, lo descalificó igual que a Guillermo Moreno. Pero, eso sí, rescató al hombre de Córdoba en el corazón de Néstor Kirchner, Ricardo Jaime. «Contra él no tengo nada.» No era lo que se suponía, más bien se entendía que él cuestionaba la política de Jaime a la hora de repartir los subsidios.
Además de volver, de exponer lo que extraña al matrimonio a pocas horas de haberlo abandonado, prometió: «Yo no voy a hacer kirchnerismo crítico, no hay que hacerlo. ¿Me entienden?». Parece olvidar lo que escribió y dijo el día de su despedida. Confiado, sin embargo, se esperanza en que todo decante. Uno del público agregó: «Hay que esperar a que hable Néstor. Como siempre, como cuando estaba en el gobierno».
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