Pompa y circunstancia en El Palomar, sede del Colegio Militar, al sorprender, circunspectos y con mirada huidiza, un fotógrafo a José Pampuro y Néstor Kirchner cuando Roberto Bendini bajaba retratos de las paredes de esa unidad.
"¿Tú también, Brutus?", se quejaba interrogando, por lo bajo, uno de los oficiales superiores hacia su jefe Roberto Bendini, apelando a una cita romana que habla de deslealtades. ¿Acaso el jefe del Ejército no tuvo ninguna participación, en el pasado, con la ominosa (hoy) lucha contra la subversión? ¿Alguna vez se pronunció contra los dos generales que ayer fueron descolgados (la segunda versión de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, pues el primer óleo se lo robaron 48 horas antes), a los cuales -él más que nadie-supo tener condescendencia especial por los problemas de salud mental que ambos tuvieron con sus hijos.
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Si Bendini padecía la ira de varios de sus subordinados, las protestas también se extendieron al ministro de Defensa, José Pampuro, quien estaba tieso y blanquiñoso por el disgusto castrense (lo que se comprobó luego, por televisión, cuando se transmitió el acto). Ni siquiera podía disfrutar Pampuro de que lo sacudieran a Bendini -alguien con quien no se lleva, pues a menudo suele saltearlo en la toma de decisiones por la protección de Julio De Vido-y, ciertamente, por enésima vez se preguntaba si tenía sentido atravesar tanta violencia para conservar el cargo. Dos días antes, en la Armada, había sufrido otro duro cuestionamiento y él, si bien asiente y comprende, hasta comparte con los militares, luego explica que es ajeno a las determinaciones que toma el Presidente. Era más fácil la vida en ese ámbito cuando sólo era médico de la Aeronáutica en tiempos pasados que nadie visita.
Lo cierto es que previo a la llegada, atrasada claro, de Néstor Kirchner al Colegio Militar, hubo picos de alta tensión y la novedad de que eran 5 los altos oficiales que pedían el retiro. Un hecho casi sin antecedentes en la fuerza, acostumbrada casi siempre a que las jerarquías sean obligadas a pasar a retiro, jamás renuncian. Pero esta vez, para alegre preocupación del mandatario (alguien de su cercanía dijo: «Se la pusimos, eh», casi como si fuera un artefacto explosivo el retiro de los retratos), el episodio de las dimisiones registra la novedosa disconformidad de que la gente se retira por razones políticas y profesionales, de convicción. Casi como se vivía en los tiempos de Juan Perón hasta la rebeldía del '51. Los 5 que ahora se van, por otra parte, al margen de gozar de un razonable respeto en la fuerza, no pueden considerarse oportunistas: empeñan su carrera y no discrepan por defender a dos generales del Proceso y a la metodología de la represión, más bien optan por apartarse de una etapa signada por la discriminación, por el olvido voluntario de ciertas evidencias históricas y por no tolerar el sometimiento militar al arbitrio más político que castrense de Kirchner.
• Sudor frío
Cuando llegaba en helicóptero ya se anoticiaba el Ejecutivo del sudor frío que sufrían, en una jornada de calor, Pampuro y Bendini. Mucho más éste que fue a quien le encargaron descolgar los retratos con la presteza y velocidad de quien le pega el tiro de gracia a un fusilado. Todo más artístico porque se trataba de unos cuadros. El trámite fue rápido, incluido el discurso sobre el 24 de marzo de 1976 -donde Kirchner olvidó tantos temas-y mínimos los aplausos, limitados a los ministros que acompañaron al Presidente en pleno. Tanta electricidad contenida impidió que, por el momento, hubiera sanciones en el Colegio por el reciente hurto de los retratos originales de Videla y Bignone, de quienes nadie se acuerda en el Ejército (y no respetan demasiado en términos profesionales), ya que nadie del gobierno estaba para hablar de ese tema grave en el instituto: ni el ministro Pampuro, el jefe Bendini, el más jefe Kirchner o su gabinete completo. Mejor no complicar la situación. Pero alguien (alumno, oficial, personal de maestranza) se robó los cuadros y, como en el colegio, todos lo saben y nadie dirá quién fue. De ahí que la ceremonia, al margen de los problemas, discusiones y reproches en la cúpula, se caracterizó por una burla contenida de la concurrencia sobre la picardía del robo. Ni bombas, ni acuartelamiento, ni algaradas, apenas una broma colegial que enrojece y encoleriza al mandatario. Como si a él también le dijeran: «Te la pusimos, eh».
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