9 de noviembre 2006 - 00:00

Tormenta en el pocillo de café

Para muchos, octubre ha sido grandioso para la política. Por el movimiento, claro, de ese turbión desatado que tanto afectó al gobierno, sea por los incidentes del Hospital Francés, el escandaloso traslado de los restos de Juan Perón y el resultado electoral en Misiones. Parece explicable que, por esos acontecimientos, ciertos delegados de la oposición hayan podido salir de terapia intensiva y comiencen a balbucear para montarse en la expresión popular que no dudó en manifestarse antes (por ejemplo: los temerosos Mauricio Macri, Roberto Lavagna, Elisa Carrió, quienes especularon y ni siquiera se acercaron a la provincia en la etapa previa a los comicios).

Nadie puede entender, en cambio, la sorprendente parálisis oral de la Casa Rosada ante ese fenómeno de revulsión política en octubre, desde cuya jefatura sólo se atinó a pegar a ciegas con la obligada remisión de cualquier propósito reeleccionista a gobernadores afines -¿también a los intendentes bonaerenses que han hecho de la perpetuidad su razón de poder, atributo por el cual logró el triunfo Cristina de Kirchner el año pasado?-, como explicando con ese gesto que se entendía el mensaje de las urnas. Si el «misionazo» fue una comida mal asimilada, dos días de cama y digestivos eran suficientes para atravesarla. Más tiempo de silencio, cuando todo el mundo sabe que es el único tema que ocupa al oficialismo, indica que a la tormenta en un pocillo de café el gobierno la ha convertido en un tsunami frente a todas las costas argentinas. Impensable.

Salvo que el poder lo ejerzan aficionados -lo que no es cierto en este caso- o, tal vez, porque se consuma una certeza común en ciertas empresas, donde la conducción unipersonal extrema un falso optimismo cuando se logran éxitos y exagera la depresión cuando éstos se invierten. Típico entonces de quienes no consultan y responden sólo a su propio arbitrio, también de un mínimo entorno más inclinado al felpudismo para evitarse disgustos o con expectativas mediocres de vida. Sea el que no se atreve a revelar un resultado por teléfono, el que se calla cuando se trata de mantener a un «culata» en la función pública luego de que éste le pegó a la gente o el que consiente que no se llame a tiempo a la Policía para resolver un conflicto como el del Hospital Francés. Ni qué hablar de otras desidias mayores, las encuestas complacientes o el escaso criterio para modificar propuestas como la de quedarse en el trono toda la vida.

Es cierto que Kirchner, por primera vez en décadas, padece una derrota electoral. Aunque sea a través de terceros. Se ha desconcertado, aunque el clima general económico sigue espléndido y la situación política, salvo la anécdota de los comicios, permanece igual. Pero él mismo, con el silencio y el castigo a otros (Eduardo Fellner, Felipe Solá), parece complicar un mundo que en realidad no es tan complicado. Porque el mundo, claro, no es el de las cuatro salas de la Casa Rosada. Pero ese aislamiento, junto a las advertencias populares, hoy han abierto heridas y enigmas que no eran tan previsibles. Se sabía que la popularidad quizás no se transfería de un distrito a otro, de una persona a otra, también que la sociedad se niega a negociar algunos valores por más que tenga prosperidad económica -o, quizás, porque la prosperidad económica cimienta esos valores- como la perpetuidad en el poder o un posible nepotismo como el de instalar a un pariente como sucesor.

Lo que tal vez no se sabía es que la prisa por modificar imágenes -como apartar a Solá de su reelección en forma inapropiada- también promueve la generación de adversarios, la proliferación de cismas. Y una división política en la provincia de Buenos Aires, la instalación de otro peronismo -como el que obviamente impulsa hoy Eduardo Duhalde, uno de los muertos vivos del peronismo resucitados por el «misionazo»- comprometería la victoria que todos presumen para el segundo mandato de Kirchner el año próximo. Aunque esa posibilidad, por el momento, no debería desvelar al Presidente, lo cierto es que el mostrarse ajeno e indiferente a ciertos hechos, a un octubre caliente en política, lo plantea como alguien con menos determinación, lábil, de lo que presumió en más de tres años de gestión.

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