30 de enero 2002 - 00:00

Tras el estatazo

¡Qué diferencia se nota en la discusión entre economistas serios, con formación sólida y experiencia, y los largos conciliábulos secretos de los funcionarios del gobierno, considerados demasiado simples en su formación para conducir cualquier economía, y más la de un país «defaulteado» como está hoy la Argentina! De los países que han caído en cesación de pagos, desde Rusia, Indonesia, Corea hasta Ecuador, el nuestro es el único caso en que la durísima recuperación se deja en manos de un elenco económico pro estatista y de tendencia populista, que suelen ser los hombres menos técnicos porque su esquema se basa en repartir sin agudizar el ingenio para no provocar déficit, consiguiente inflación y aumento del desempleo.

Esta crisis, en nivel sin precedentes, no necesitaba, precisamente, del retorno a compartir el poder de un Raúl Alfonsín impulsando la reactualización de su penoso plan austral de 1985 y la consiguiente e inevitable hiperinflación de 1989. A los 76 años, Raúl Alfonsín no está para reflexionar que aunque él no lo suponga así es inmenso el daño que ha provocado a millones de argentinos. Pero no tienen la misma edad quienes lo usaron, compartiendo sus deplorables ideas, para ganar fuerza en una Asamblea Legislativa con la que tomaron el poder.

El país real y su crisis están siendo discutidos en serio fuera del gobierno. Las declaraciones de Ricardo López Murphy, de FIEL, expresando que no hay riesgo ahora de hiperinflación como con Alfonsín en 1989 (Ambito Financiero del 28 de enero) porque no hay emisión de moneda descontroladamente -y se supone que no la habrá mientras Mario Blejer permanezca al frente del Banco Central- se enfrentan y chocan de lleno con el artículo espectacular ayer de Jorge Avila, del CEMA (también en Ambito Financiero página central), donde expresa que es cierto que la emisión de moneda sin respaldo lleva a la hiperinflación pero también, afirma Avila, sin emisión en países tan poco serios en su manejo económico, como es el caso argentino, puede llegarse igual a la hiperinflación por la velocidad de circulación del dinero.

Pone Avila ejemplos terminantes: en 1948 (la Argentina aún un país serio, rico y con ahorro), cada peso rotaba entre el público 2 veces y medio por año. En junio de 1986 con el plan austral (una Argentina mucho menos seria, y dilapidadora de ingresos del Estado) cada peso (ya llamado «austral») rotaba 12 veces y media por año. En julio de 1989, ya lanzado el país al desastre total que sobrevendría con el fin del gobierno de Alfonsín y la caída en hiperinflación, cada austral rotaba ¡100 veces! sin que se hubiera desbandado en el mismo nivel la emisión monetaria, aunque luego sucedería.

Avila en esto le gana a López Murphy y desde ya a Remes Lenicov, que también supone que si se limita la emisión y se deja flotar la cotización del dólar no habrá riesgo de hiperinflación. Lo hay por el factor en juego de lo rápido que la gente quiera sacarse de encima el peso, la rotación consiguiente de éste y más cuando se quiere acelerar la devolución de depósitos en pesos. A eso agreguemos que mucho dependerá de la confianza del público en el gobierno que hoy es casi nula. Y se le suma un Fondo Monetario que quedaría mal ante todo el mundo si concediera una ayuda a la Argentina, apoyando algún plan que mantuviera la veda de la gente para disponer de sus ahorros.

En el mejor de los casos, ahora se podría demorar la llegada de la hiperinflación, como no sucedió en 1989, porque la gente aterrorizada por el «corralito», más que aumentar la velocidad de circulación del dinero (enfoque económico que tanto analizó un economista como Julio Olivera en los años '60 en la Universidad de Buenos Aires), volcaría cada peso a comprar dólares, pero con la misma consecuencia de agudizar al extremo la recesión por falta de demanda y la suba imparable de la paridad en una flotación algo que también empujaría los precios hacia una híper.

El economista Avila enfoca también esto y agrega otro ejemplo no menos contundente para advertir que el riesgo hiperinflacionario sigue estando a un paso. En Estados Unidos una medida de alteración monetaria tarda un año y medio, para mejor o para peor, porque no siempre se refleja totalmente en los precios. En Italia, una devaluación llega a los precios más de un año después. En la Argentina, la última experiencia devaluatoria fue la de 1989, y después vinieron 10 años de convertibilidad y estabilidad total por el anclaje del dólar. En ese año 1989 la variación de la paridad pasó a los precios totalmente en apenas 3 semanas. ¿En cuánto pasaría ahora en una flotación libre, aun con emisión controlada, cuando la base de todo es la confianza que se tenga en quien gobierna?

Duelo apasionante de ideas fuera del gobierno.

TRADUCIR UN LOGRO

Martín Redrado se recibió de bachiller en el colegio privado San Andrés. Para conocer más la realidad de la vida argentina no estudió Economía en la Universidad de San Andrés sino en la UBA del Estado. Se recibió e hizo un posgrado en Harvard. Luego ingresó a trabajar en Salomon Brothers de Nueva York, donde completó una valiosa experiencia en finanzas internacionales. Fue titular de la Comisión Nacional de Valores en Buenos Aires hasta que se peleó con Domingo Cavallo (ministro de Carlos Menem). Con tremenda cantidad de títulos y experiencia adquirida, pese a su juventud, jamás imaginó que el principal uso que le está dando el gobierno de Eduardo Duhalde que lo convocó sería fundamentalmente... de traductor de inglés con especial dominio del lenguaje económico y financiero.

Para el improvisado canciller Carlos Ruckauf -ni cercano en utilidad para un gobierno como su antecesor Adalberto Rodríguez Giavarini, un lujo del delarruismo- Redrado es más fundamental que el avión que lo transportó a Washington.

Los altos funcionarios no necesariamente tienen que dominar el inglés. De hecho Menem ni lo hablaba y anduvo por todo el mundo entrevistándose con sus principales figuras. Pero lo que no puede faltar es la capacidad de gobernar, la coherencia de pensamiento.

Cuando un funcionario con alto cargo llega a una audiencia con los más conspicuos representantes del gobierno norteamericano, como sucede ahora con Ruckauf, quien lo recibe ha sido dotado de todos los antecedentes del visitante.

¿Qué pueden pensar Condoleezza Rice, de asuntos de Seguridad; Paul O'Neill, secretario del Tesoro; John Negroponte, representante ante la ONU; Colin Powell, secretario de Estado, de un Ruckauf que dijo que los errores de algunos bancos que prestaron mal su dinero no los debe pagar el plomero estadounidense (para congraciarse con O'Neill, que pronunció esa frase sobre los gobiernos no sobre los bancos de la Argentina) ni los empleados argentinos».

¿Qué pensarán esos funcionarios provistos de prolija documentación cuando saben que Ruckauf gobernador ordenó al Banco Provincia de Buenos Aires pagarle 75 millones de dólares al diario «Clarín» por la compra de una posición accionaria minoritaria, por razones de promoción política personal, de un site de Internet que, forzando los números podría, costar 3 millones, y le regaló 72 a costa del dinero de los contribuyentes?

Pensarán los norteamericanos a qué se refiere Ruckauf cuando representa a un presidente Duhalde que cuando gobernó la provincia, como antecesor suyo, obligó al mismo banco provincial a financiar proyectos imposibles, en cuanto a rentabilidad, como los 120 millones al grupo Soldati, hoy en convocatoria, para el Tren de la Costa. O prestó otros 100 millones irrecuperables al Show Center de la Panamericana, también en convocatoria. O prestó otros 100 millones de dólares a la constructora de Gualtieri, amigo personal de Duhalde, que quebró pese a lograr la mayoría de las obras públicas en la provincia. ¿Fue culpa de los bancos o de los políticos?

¿Qué pensarán esos funcionarios de un Ruckauf que hoy promete austeridad y critica a los bancos privados, cuando gobiernos argentinos los obligaron a prestar más de 20.000 millones de dólares hoy incobrables a provincias, o los pusieron entre la espada y la pared para que financiaran con sus fondos -al igual que los de las AFJP- los títulos oficiales que luego refinanciaron unilateralmente a 7% y que ni pueden afrontar los pagos más próximos de esa refinanciación que los descapitalizó? ¿O creemos que los norteamericanos ignoran que los 61.000 millones del «corralito» que en su mayoría no se pueden pagar no es porque el gobierno descapitalizó a los bancos, que hoy enfrentan la embestida de depositantes indignados? ¿O acaso no es cierto que si desde el Estado se pagaran los títulos públicos y préstamos provinciales con austeridad auténtica y superávit del sector estatal, el problema del «corralito» se superaría en tiempo razonable? ¿Cree seriamente Ruckauf que engañamos al exterior echándoles la culpa genéricamente «a los bancos» y no a los políticos cuando con sólo suprimir en 800 millones el costo que significan fluiría el dinero a los doloridos depositantes?

Lo que O'Neill o cualquiera de los restantes que hayan leído el currículum antes de entrevistar a los enviados argentinos no dirán por cortesía, pero pensarán que no es cierto que los empleados argentinos no estén pagando y no vayan a pagar un alto costo porque su país se haya endeudado irresponsablemente. Ruckauf, habilidoso para tergiversar conceptos y formular sofismas, no explicará por qué abandonó apresuradamente la gobernación bonaerense, la segunda magistratura del país por la magnitud de la provincia, sin siquiera brindar una conferencia de prensa explicativa porque de lo contrario debería hacerse cargo, como Duhalde, del enorme déficit que armaron, y debería aceptar que en lugar de corregirlo prefirió seguir endeudando al Estado. Por eso los empleados bonaerenses cobran en patacones y por eso muchos de ellos no pueden pagar el mínimo de una tarjeta de crédito, lo que los inmoviliza por la existencia del «corralito», mientras los de otros distritos de dimensiones similares, como los de la Capital Federal, siguieron cobrando en pesos aunque sin una inversión en obra pública. ¿O el empleado público al que se le redujo el salario lo mismo que al jubilado en 13% no está pagando los puestos políticos y «ñoquis» del «club bonaerense» y paga también las demagogias de los Moreau, los Storani y los Alfonsín?

TRADUCIR EN CASTELLANO

No era Carlos Ruckauf el enviado más creíble para Washington para negociar en nombre de un país quebrado cuando él y a quien representa están entre los principales culpables de tal quiebra. ¿Qué norteamericano creerá sus promesas de mayor austeridad, ajuste y racionalidad económica con los antecedentes que lleva?

Para Ruckauf -y para Duhalde también- la traducción del inglés de Redrado alternándose con el embajador Diego Guelar y otros argentinos como Arnoldo Listre y Guillermo González debe hacérsele también en castellano desde el lenguaje de la diplomacia universal y muy particularmente de Estados Unidos y el Fondo Monetario.

1) Cuando dicen: «Queremos ver el plan económico y su reflejo en el presupuesto», están diciendo: «Queremos ver qué medidas de ajuste serias en el gasto público y subsidios dispondrán; cómo enfrentarán el pago a deudores extranjeros, con cuánto déficit esperan cerrar el año, cómo esperan resolver la encerrona bancaria de los depósitos y cómo se reflejará todo en el presupuesto que controlaremos mes a mes para brindar ayuda».

Los argentinos sólo tienen en mente suprimir la mitad de los contratados en el Estado, mantener la reducción salarial de 13%, suprimir celulares y autos oficiales y no pagar el incentivo docente. Es absolutamente insuficiente para salir del default.

2) Cuando el BID, el Banco Mundial y el Fondo Monetario dicen en conjunto: «Aportaremos 2.000 millones de dólares para planes sociales y asistenciales» en la Argentina -ya previstos con Cavallo pero suspendidos tras el repudio al Fondo Monetario- en realidad están diciendo: «No tiene nada que ver con la ayuda para la recuperación financiera. Ni los gobiernos ni los ciudadanos del mundo aceptarían que les diéramos dinero sin un plan coherente y sacrificado para salir de la crisis, que tiene que comenzar en los propios argentinos y no en los 'plomeros' y contribuyentes del exterior. La ayuda social es porque ninguno de nuestros organismos puede presentarse ante el mundo castigando a los pobladores de un país emergente en crisis, pero sí a la demagogia, el populismo y la negación de la libertad económica de sus dirigentes. O sea, abandonen el populismo retrógrado del siglo pasado o de la izquierda utópica y gobiernen con racionalidad».

El gobierno argentino y la prensa oficialista toman esa ayuda humanitaria como el comienzo del aporte externo que nos volverá a permitir seguir sin sacrificios internos ni bajar el gasto público, como sucedió con el blindaje y el megacanje.

3) Cuando dicen: «Queremos la paz en la región» están diciendo: «Hay un riesgo con Hugo Chávez en Venezuela, dudas sobre la elección presidencial próxima en Brasil, y estamos próximos a una entrada en acción en Colombia, pero el apoyo de la Argentina en plena crisis no supera en 20% lo que nos preocupa. El 80% es la realidad económica, porque ayudar a quien no hace nada por ayudarse a sí mismo crearía un mal internacional peor que los otros problemas».

El gobierno argentino primero -con enorme ingenuidad- creyó que Estados Unidos y el presidente Bush, pese al populismo y al estatismo, igual nos ayudarían con otro megacanje por 15.000 millones de dólares para cubrir todos los agujeros del presupuesto, porque se sacrificó más a empresas españolas que norteamericanas. Como eso no cuajó, era obvio, creyeron que igual nos ayudarían sin sacrificio interno, temerosos de declaraciones de personajes como Raúl Alfonsín y de la izquierda criolla contra cualquier intervención en Colombia. Tampoco cuajó: nos exigen primero sacrificio y luego ayuda (además gradual y vigilada en cumplimiento de metas predeterminadas).

4) Cuando nos dicen: «Posterguen las visitas a Washington» quieren decir: «No vengan sin un plan coherente. Nosotros necesitamos primero que los expertos del Fondo Monetario determinen bien (ya lo han hecho) las condiciones del país para juzgar si el plan que nos traen es serio y coherente».

El gobierno argentino quería caer en Washington a la semana de asumir y ya recibir ayuda. Otra ingenuidad.

5) Cuando nos dicen: «Si ustedes no vetan toda o al menos 3 artículos de la modificación de la Ley de Quiebras o 'ley Clarín'» nos quieren decir: «Jamás podremos darle ayuda a un país que viola los derechos de los acreedores privados y no nos importa que ustedes hagan compromisos con medios de prensa para influir en la opinión pública».

El gobierno argentino creía que las barbaridades contenidas en la ley de beneficio al diario «Clarín» pasarían inadvertidas para los organismos internacionales y el gobierno de Estados Unidos. En el mundo el cumplimiento de los pagos adeudados es respetado y judicialmente exigible.Aquí no creímos que una violación más influiría tanto en las decisiones del gobierno norteamericano. No entendieron que los organismos internacionales están obligados a respetar derechos elementales de resguardo de la propiedad privada -como los préstamos- o los destrozarían a críticas. No creía el duhaldismo-alfonsinismo que una trapisonda argentina volcada en una ley fuera tan importante como para significar recibir o no ayuda externa, como se lo dijo por teléfono tajantemente Enrique Iglesias del BID al propio presidente Duhalde, que vive de sorpresa en sorpresa. Más ingenuidad del actual gobierno, que además envía a Washington a Carlos Ruckauf cuando en su currículum en poder de los norteamericanos ya figura haber tratado con el presidente Adolfo Rodríguez Saá en Chapadmalal, minutos antes de su renuncia y en forma insólita, hacerle firmar ese aberrante proyecto de ley violador de los derechos de los acreedores. Si faltara un mal que el monopolio «Clarín» no le hubiera hecho a la decadencia argentina de los últimos 25 años estaría éste de que por lobbiar al gobierno y a los legisladores con una ley en su provecho, el país quebrado se quedara sin ayuda externa. Es mucho.

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