Cristina de
Kirchner
debió improvisar
nuevo
escenario en
La Matanza
al volarse en
la tormenta
de ayer el
techo que se
había
montado
frente al
Mercado
Central para
el cierre de
campaña del
oficialismo.
Cronometrado, veloz; para la TV. Con urgencia, bajo una llovizna que se apiadó, apenas, en el turno de los discursos, Cristina de Kirchner clausuró ayer su campaña presidencial con un show frenético, a las apuradas por la amenaza inclemente de una granizada. Antes, una tormenta había hecho volar el techo del escenario original.
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Por la lluvia, a lo largo de la tarde se cambió tres veces de horario: estaba pautado para las 18, luego se adelantó a las 17.30 y más tarde, se lo clavó en las 19. En ese momento, puntual, la candidata debía empezar a hablar para que la reproduzcan los noticieros.
Como su esposo, la primera dama eligió para el cierre el Mercado Central de La Matanza. Allí, en abril de 2003, Néstor Kirchner, también con llovizna, bajó el telón de una pulseada que días después le allanó, con 22% de los votos, la llegada a la presidencia.
Hasta ahí los paralelismos: aquel, con todo el PJ bonaerense jugando su destino a la suerte de Kirchner, fue un acto masivo y con mística guerrera movidos por la necesidad de derrotar a Carlos Menem. Ayer, en cambio, fue un mitin de ocasión, incluso frío.
Aunque la organización declaró 40 mil personas, la cifra superó apenas las 15 mil, aportados casi exclusivamente por el peronismo matancero que controla Alberto Balestrini. Pareció, en rigor, un cierre bonaerense más que el de una campaña presidenical.
Tanto apuro por escapar de las gotas y no perderse la apertura de los noticieros derivó en una condena para Julio Cobos. El radical K, que es candidato a vice, se quedó sin minutos para hablar. La urgencia también recortó el discurso de Daniel Scioli.
No hubo, tampoco, tiempo ni para un saludo de Balestrini y de Felipe Solá.
Quizá lo salvaron de un mal momento: la tropa, que esperó bajo la lluvia, se movía al ritmo del peronismo y posiblemente no hubiese digerido, un discurso que no abunde, como sí ocurrió con los de Scioli y con el de la primera dama, en el tono claramente pro PJ.
Breves, corridos por el minutero, Fernando Espinoza -heredero de Balestrini en la intendencia de La Matanza- y Scioli saludaron, el primero, y deslizaron las líneas centrales, el segundo, de una gestión que salvo un tsunami deberá empezar el 10 de diciembre en la provincia. Recurrente, Scioli martilló con su preocupación por la inseguridad y prometió obras. Además, en una devolución de gentilezas a los dichos de Kirchner, el miércoles en Ituzaingó, agradeció «la confianza» del Presidente porque lo eligió como vice y ahora para la gobernación.
A su turno, la senadora por Buenos Aires -pero que figura en los padrones de Río Gallegos-se abrazó al rap que repitió durante toda la campaña aunque, más que antes, se enfocó en los «logros» de la gestión de su marido durante sus cuatro años y medio de gobierno.
Lo usó, de hecho, para pegarse todo lo posible a su marido. En esa línea, trazó una relación entre los «sueños realizados» y los que están «pendiente».
«Vinimos con muchos sueños. Pero quiero decirles que al cabo de estos cuatro años y medio muchos de esos sueños se han realizado», planteó.
Y enumeró los «más de tres millones de argentinos y argentinas que han vuelto a tener trabajo. Millones de jubilados han vuelto a recuperar sus haberes y otros por primera vez fueron incorporados a un sistema previsional».
Fue el pie para mostrarse como la continuidad positiva de eso. «Cuando uno puede ver que una parte de esos sueños comienza a cumplirse tiene la certeza de que es necesario seguir por los sueños que faltan». Arrancó uno de los pocos aplausos rudiosos de la noche.
Zigzagueó, luego, entre la convocatoria a las mujeres y a los jóvenes. Todo un dato: en esos dos mercados, sobre todo el primero, es donde su performance electoral más flaquea.
«A los que todavía no creen -se animó- los convoco a participar y jugarse por vivir en una sociedad mejor. Estamos cambiando la historia, dando vuelta un destino que parecía que siempre nos iba a ser adverso».
Era el final y los micros, apuñados afueradel Mercado Central, empezaban a llenarse. La voz de Patricia Sosa apagó el tibio intento de cantar la «marcha peronista». Ese intento se desplomó como antes, con el viento, el techo del escenario.
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