¿Por qué intentó ayer Néstor Kirchner defender nada menos que en la Basílica de Luján la apelación de «genocidio» a la llegada de los españoles a América que hizo la agencia oficial «Télam»? El malestar de la comunidad española que anoche colmó la embajada para celebrar el Día de la Hispanidad (o de la Raza), una fecha que en la Argentina es feriado, llegó a la Casa de Gobierno, donde se ensayaron explicaciones.
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La principal, la necesidad del Presidente de sostener al titular de la agencia que no logra hacer pie en el manejo de la redacción. El largo conflicto que mantiene con el personal por despidos que debieron ser revertidos para que hubiera alguna normalización, dividió al gobierno. Hombres del entorno presidencial como Carlos Kunkel y Miguel Bonasso, aliados del sindicalismo como Claudio Lozano, punteros del kirchnerismo como Juan Carlos Dante Gullo y amigos tácticos como Pino Solanas aparecieron apoyando a los huelguistas que impugnan la labor de Martín Granovsky.
Más allá del conflicto gremial, que en las últimas horas pareció superarse, el desmanejo de los contenidos de la agencia saltó ayer cuando la misma periodista que había afirmado que la venida de los españoles era un «genocidio» intentó dejar sus convicciones fuera de la agencia. Bajó el tono del agravio a la comunidad española y a los católicos -furiosos por esa reducción de la evangelización al nivel del genocidio- apelando a autoridades discutibles. Ese genocidio habría sido, ensayó la cronista de la agencia oficial, resultado de las condiciones del contacto entre los españoles y los aborígenes de América.
Si la cronista Marta Gordillo hubiera tratado de salir del lugar común, hubiera entendido que no es posible juzgar los hechos de hace más de 500 años con la legalidad que rige en nuestros días, que se precia con razón de haber avanzado en la defensa de los derechos individuales como nunca antes en la historia. Usar el término «genocidio», hoy un tecnicismo de los tratados internacionales que persiguen los delitos de lesa humanidad y que evoca los horrores de las masacres organizadas del nazismo era, por lo menos, una exageración que la agencia «Télam» les pudo evitar a quienes la pagan, que son los contribuyentes.
Debió la cronista leer algunos libros para entender que en la muerte masiva de millones de indígenas obró, más que una improbable vocación genocida de los españoles, lo que los expertos llaman «el shock microbiano y viral». El contacto de los aborígenes sin defensas con europeos inmunes a las pestes de la época diezmó efectivamente en poco tiempo las poblaciones con las que el español tomaba contacto. Esa falta de rigor, por tratarse de un mensaje periodístico para memorar una fecha que con algún motivo se la reconoce en el calendario, hizo que una expresión vulgar se convirtiera en un insulto.
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