21 de diciembre 2001 - 00:00

Un reducido cortejo para la despedida

Un reducido cortejo de empleados y funcionarios despidió ayer a Fernando de la Rúa en la puerta de su despacho de la Casa Rosada. No hubo algarabía, sólo caras de decepción e incertidumbre: el final fue demasiado rápido comparado con la velocidad que el radical imprimió a sus actos de gestión, consideraban en esa guardia que espontáneamente se había concentrado ante las oficinas del Presidente.

«Esto es un velorio, como un velorio»
, repetía allí una de las asistentes de los ex ministros, para reflejar el clima que se vivía en la Casa Rosada después del último discurso con que De la Rúa intentó salvar el sillón presidencial.

Los funcionarios habían comenzado a llegar muy temprano a la mañana convocados por el Presidente, después de
estar hasta la madrugada en la quinta de Olivos, mirando por televisión la manifestación de los porteños en Plaza de Mayo.

Creía por esas horas que el nombramiento de Chrystian Colombo en reemplazo de Domingo Cavallo sería suficiente para desalojar la plaza, pero con el correr de las horas los ministros, que uno a uno fueron llevando sus renuncias al despacho presidencial, se encerraban en distintas oficinas con quejas diversas.

Después del mediodía el silencio, como en los velorios, colmó los anchos pasillos de la Rosada y los murmullos le dieron un aire más lúgubre que la despedida misma al Patio de las Palmeras.

• Lágrimas

Los empleados, tan conmovidos por la decepción como por el futuro incierto, se acompañaban con lágrimas y hasta se vio llorar a algún viceministro que había confiado en la pluma del joven hijo presidencial.

Pero se aceleró literalmente de la noche a la mañana y cuando corrió la voz de oficina en oficina que el Presidente ya tenía redactada su renuncia y se disponían las motos para acompañarlo desde el helipuerto hasta la quinta de Olivos hubo una movilización en Casa de Gobierno.

Los pasillos y despachos habían comenzado a deshabitarse a las cuatro de la tarde, después del discurso, que para muchos funcionarios marcó la hora de comienzo a preparar las valijas, cajones, tirar papeles y guardar recuerdos y fotos que adornaban los escritorios.
Otros funcionarios tuvieron que esperar para hacer esa tarea porque las salas que dan a Plaza de Mayo y a la explanada de la avenida Rivadavia recibieron filtraciones de los gases lacrimógenos con que se reprimía a los manifestantes en la calle. Un asueto de emergencia, dispuesto al personal administrativo, colaboró para el escenario desolador.

Antonio y Fernando
, los hijos del radical, permanecieron hasta el anochecer en el despacho de trabajo de su padre.

Empleados de ministros, asesores de prensa, personal de seguridad junto a funcionarios como
Hernán Lombardi, Héctor Lombardo y hasta fotógrafos de la Casa Rosada se concentraron en la puerta del despacho de De la Rúa para poder interceptarlo antes de que se retirara.

Por cierto querían recibir alguna orden, un tiempo para desarmar escritorios o para quedarse. Dentro del despacho presidencial,
De la Rúa debatía detalles de la retirada junto a Ramón Mestre y Colombo. Quienes tuvieron una consigna clara fueron, desde la tarde, las telefonistas de los ex ministros: no está, debían repetir a menos que se llamaran entre funcionarios.

A partir de entonces comenzó otra espera.
De la Rúa, desandó la redacción de la renuncia para esperar el resultado de la cumbre de gobernadores peronistas en San Luis.

Cuando se enteraron de la nueva, la barra que esperaba a
De la Rúa se volvió a sus puestos de trabajo y comenzaron a ocuparse de temas más puntuales, como si podrán cobrar sus sueldos o serían congeladas las cuentas oficiales. Todo, rápido como nunca, fue nuevamente revertido: se comenzó a comunicar que no, que el Presidente ya enviaba su renuncia al Congreso y todos se volvieron a mirar las caras camino al despacho presidencial, pero esta vez decidieron esperar sentados en el piso a que saliera De la Rúa.

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