Una evacuación en primera persona: Puerto Patriada, un territorio preparado para arder

Vacaciones atravesadas por el fuego, evacuaciones tardías y un territorio sin prevención, entre el cambio climático y una respuesta estatal centrada más en señalar culpables que en anticiparse.

Un cambióen lleva un tótem de mil litros hacia el Pique, para combatir el incendio en Puerto Patriada.

Un cambióen lleva un tótem de mil litros hacia el Pique, para combatir el incendio en Puerto Patriada.

Ámbito

El lunes 5 de enero, cerca de las 14, mi hija Ana (tres años) me despertó del sopor de la siesta al grito de “¡la tierra se está partiendo!”. Era el primer día de nuestras vacaciones, que pasamos todos los veranos en Puerto Patriada, el primer hogar de su papá. En las semanas anteriores le leí hasta el hartazgo esa frase. En su nuevo cuento favorito, El conejito que venció al miedo, el protagonista evacúa a los animales creyendo que un terremoto azotaba el bosque. Al final, resultaba que se trataba del estruendo de un mango al caer del árbol, pero los personajes no lo sabían.

Yo tampoco entendía qué estaba pasando, pero la columna de humo que entraba por la ventana confirmó que Ana no exageraba. Busqué a mi marido y lo vi asentir en silencio. Entonces lo supe. Este verano nos tocaba a nosotros. Empecé a guardar nuestras cosas en el auto sin decir una palabra, mientras él mojaba las paredes, el techo y el terreno alrededor de la cabaña.

Sería injusto decir que el fuego se desató ese día. El 9 de diciembre se registró el primer foco activo en el Parque Nacional Los Alerces. También había llamas en El Turbio. El verano anterior les había tocado a nuestros amigos de Mallín Ahogado. Y antes de eso, a los de El Hoyo. En la Comarca Andina del paralelo 42 la historia se repite cada temporada. En el festejo de año nuevo en el camping Palo Quemado (nuestro vecino en Patriada, que ostenta ese nombre por el incendio del 86), la conversación con amigos y familiares estuvo dominada por lo cambiada que estaba esa región de la Patagonia. Los ríos cada vez más bajos, los arroyos que se extinguieron, el calor agobiante, la sequía. En definitiva, el caldo de cultivo ya se había preparado y la sensación que primaba era que cualquiera podía ser el detonante para que todo estallara: un cigarrillo tirado al costado del camino, el fuego de un asado mal apagado, un cortocircuito en el vetusto tendido eléctrico, o un rayo.

“Cuando nos dijeron que se trataba de Patriada sabíamos que iba a ser un fuego sin control”. Hernán Ñanco estaba apagando un foco en El Turbio cuando lo llamaron. Kutral, como le dicen sus amigos (significa fuego en mapuche) tiene 28 años y combate incendios desde hace diez. Es bombero forestal del Servicio Nacional del Manejo del Fuego (SNMF) y sabe, como cualquier habitante de la región, que el lugar es una trampa mortal. Al lago se accede –en auto- a través de un puente de única mano (el puente Salamín) y luego se atraviesa el bosque por un camino de ripio de unos veinte minutos. Fuentes oficiales aseguran que el día que se desató el fuego había aproximadamente tres mil personas, aunque los lugareños dicen que más.

HELICÓTERO PATRIADA

El primer helicóptero hidrante que intentó combatir el fuego en Puerto Patriada.

En esta región de interfase, donde lo urbano y lo rural se mezclan sin bordes claros, las casas crecen dentro del bosque, encastradas en laderas empinadas o asomadas a ríos y lagos de aguas limpias. Durante décadas, la ocupación del territorio avanzó sin planificación estatal y, en los últimos años, la construcción se aceleró sin estudios serios de impacto ambiental, empujada por el turismo y la especulación inmobiliaria.

Conviven paisanos, hippies llegados en los años setenta y ochenta de Buenos Aires y otras partes del mundo, descendientes de pueblos originarios, y jóvenes ambientalistas. A ese mosaico se sumaron, en los últimos tiempos, grandes empresarios turísticos y forestales. Todos comparten una misma vulnerabilidad: bosques sin limpieza, pinares abandonados y un tendido eléctrico viejo, pensado para otra escala de ocupación y nunca adaptado al crecimiento desordenado.

Un territorio sin planificación, preparado para arder

A raíz de los últimos incendios, gran parte de la población empezó a prepararse. Hoy es habitual ver tótems de mil litros, tanques australianos o, al menos, mangueras adecuadas en casas y chacras. No era nuestro caso. Vivimos la mayor parte del año en Buenos Aires y sabíamos que, con la manguera de jardín que teníamos, si el fuego llegaba no íbamos a poder hacer nada. Humedecimos todo lo que pudimos, cerramos la casa y esperamos una evacuación que tardaría horas en concretarse.

Mientras tanto, el gobernador de Chubut, Ignacio Torres, recorría la zona y conversaba con lugareños. Para entonces, ya se había cortado la luz y Lino Rogel, histórico habitante de Patriada, había perdido su casa, la camioneta, el camión, el taller y los animales. Fue Emilio Jones, a quien todos llaman “Pelado” -en la Comarca casi nadie es conocido por su nombre de pila- y dueño de Palo Quemado, quien le lanzó al mandatario local la frase que condensó el desastre que se venía: “Pedí toda la ayuda que puedas, porque esto se va a quemar todo”.

Vaciamos la heladera para que los alimentos no se echaran a perder y nos sentamos a comer los alimentos al costado del lago. Si cualquiera nos sacaba una foto en ese momento, con vista hacia el Pirque, podría ver a una familia feliz de vacacione haciendo un picnic. Si la foto se tomaba con vista al bosque, vería las llamas a 200 metros, haciendo estallar a las piñas como granadas.

INCENDIO PUERTO PATRIADA
El humo avanzando en Puerto Patriada.

El humo avanzando en Puerto Patriada.

La introducción de pino en Argentina comenzó después de la Campaña al Desierto. Como política de Estado, a partir de la década del 30 se trajeron semillas provenientes de Estados Unidos el Vivero y Jardín Botánico de la Isla Victoria, ubicado en el Parque Nacional Nahuel Huapi.

“Al comienzo la idea no era mala: se buscaba evitar el uso del bosque nativo para la construcción de viviendas”, explica Javier Grosfeld a Ámbito. Según el investigador y especialista en implantación de pinos, en ese momento se desconocía el carácter invasivo de las especies importadas, como el pino Radiata y el pino Oregón. Ambas son altamente inflamables y, tras los incendios, tienden a expandirse y dominar el territorio. Además, crecen con rapidez, acumulan gran cantidad de ramas secas y favorecen la propagación del fuego.

“Cuando los pinos empezaron a entrar en edad reproductiva, las semillas empezaron a esparcirse en el paisaje sin control. No había cultura forestal en la Patagonia, entonces no se hacían las actividades que se tenían que hacer como la poda, el raleo ni el control”, añade Grosfeld. A partir de la década del 70 y 80 comenzó a subvencionarse la reforestación intensiva.

Cuando la evacuación empieza a parecer inevitable

Entrada la tarde, la desesperación comenzó a crecer en Patriada, especialmente en los turistas, que eran la mayor parte de la gente. El helicóptero hidrante que sobrevolaba la zona desde el mediodía ya nada podía hacer y había dejado de ser un espectáculo pintoresco. La gente comenzó a comprar todos los comestibles y bebidas posibles en las proveedurías y algunos metieron sus autos lo más cerca del lago posible. Las vacas, inteligentes, bajaron todas a tomar agua. Los caballos, más asustadizos, corrían sin control. Más tarde supimos que muchos tuvieron que ser sacrificados, entre ellos los de la familia Lobo.

Marido va y viene, chequea el estado de la casa y las viviendas de los vecinos. Cada partida me parece interminable. Me despido sin saber si va a volver a los 20 minutos o a las 2 horas. Frente al lago, varias mamás nos juntamos casi por inercia en torno a nuestros hijos, que sin conocerse se acercan a jugar.

En la desesperación, muchos turistas agarran sus autos y se van al último camping hacia la izquierda, El Faro. Intentamos disuadirlos. Es una mala idea escapar del fuego en esa dirección porque el bosque llega hasta la orilla. Conviene ir hacia la zona del zoom municipal, que es la entrada a Patriada y está más limpia de árboles. Pero hay un problema: el fuego está muy cerca de ese lugar, pese a que es el único punto de evacuación posible.

Pasada la medianoche, pequeñas chispas nos están alcanzando. Parece una lluvia de estrellas, pero es el producto de la explosión de las piñas. Entendemos que ya no estamos en un lugar seguro, y empezamos a movernos en auto hacia la entrada. La policía local también se da cuenta de que la situación es insostenible y da comienzo a la evacuación. El riesgo que asumen es alto: la fila de autos es interminable y si un solo árbol prendido fuego se cae sobre el camino, ya no hay escapatoria.

incendios chubut

La evacuación de Puerto Patriada vista desde cerca.

No voy a mentir. Hay algo de hipnótico en el bosque ardiendo. Uno no puede dejar de ver el fuego y pensar, pese a todo, que es un espectáculo digno de ver. Al atravesarlo, el papá de Ana le dice que se trata de fuegos artificiales. “No son artificiales, son solo fuegos”, responde ella.

Después del fuego

La casa no se quemó. Las llamas llegaron a veinte metros y siguieron bajando por el bosque. En los días siguientes volvimos para hacer tareas de poda y recuperar algunas cosas que habíamos olvidado. También visitamos amigos a los que el fuego golpeó de cerca. Nuestros hijos jugaron mientras nosotros hablábamos y en sus conversaciones se escuchaban dragones que escupían fuego, volcanes que tiraban lava y árboles quemados.

Aun así, nadie durmió esos días. El incendio hizo lo impensado y cruzó el cerro Pirque, que separa La Patriada de El Hoyo y Epuyén. Avanzaba despacio, pero con voracidad.

incendios chubut

Hacíamos cálculos sobre cuánto tardaría en llegar a la casa de tal o cual vecino. Preguntábamos si estaban equipados, si los terrenos estaban podados. Como el verano anterior, muchos se organizaron en brigadas y, después de su jornada laboral, salieron a combatir el fuego. Otros cocinaron empanadas y sánguches para bomberos y brigadistas, o se quedaron cuidando a los hijos de los damnificados. Mientras tanto, la vida seguía. Al mismo tiempo que el bosque ardía, la gente se casaba, cumplía años, se peleaba, viajaba.

Los brigadistas profesionales, que dedican las 24 horas de su día al combate contra el fuego, se pierden todos esos eventos familiares. “La mayoría está solo, los más grandes ya se divorciaron tres veces”, confiesa Hernán Ñanco. “No hay muchas personas que quieran sostener ese tipo de vínculos con uno”, confiesa el brigadista forestal y abre la puerta a un tema recurrente –aunque a menudo silencioso- entre quienes combaten el fuego a diario: “Hay tendencias a abusos de alcohol y a la depresión”.

No obstante, en algunos casos, la familia es el sostén emocional para los eventos traumáticos que se viven cerca del fuego. Así ý todo, ven poco a sus seres queridos. Ñanco actualmente está al frente de los incendios de Cholilla, con acampe en la estancia Los Murmullos (propiedad del magnate argentino Hugo Sigman, quien aportó hidrantes y recursos significativos), y llegó a trabajar ocho días seguidos con uno de descanso. Hoy en día, el salario básico de un brigadista ronda los 650 mil pesos. En la Patagonia, en donde se añade un plus por zona, puede llegar a los 950 mil pesos.

Del desastre ambiental al problema de orden público

Al tercer día del incendio, el ministro de Interior, Diego Santilli, recorrió la zona afectada y brindó una conferencia de prensa conjunta con Torres. Ese mismo día, el gobernador anunció con bombos y platillos que el Boeing 737 FireLiner, el avión hidrante más grande de la región, arribaría a Chubut a través de un acuerdo con Santiago del Estero. De poco serviría. Pensada para la planicie, la magnitud de la aeronave no permitía maniobrar en la montaña, y levantaba tanto viento a su paso que avivaba aún más las llamas.

Al igual que en los incendios anteriores, el Gobierno volvió a recostarse sobre una lógica punitivista: buscar responsables individuales, señalar culpables y repetir la consigna “el que las hace, las paga”. La narrativa oficial se concentró en la hipótesis del fuego intencional -todavía no se esclareció la investigación-y en la persecución penal, mientras quedó en segundo plano una discusión más incómoda: qué hizo el Estado para prevenir los incendios y qué dejó de hacer durante años en materia de limpieza de bosques, mantenimiento de cortafuegos y renovación del tendido eléctrico en las zonas de interfase.

incendio patriada
Puerto Patriada envuelto en llamas.

Puerto Patriada envuelto en llamas.

El Ministerio de Seguridad explicitó esa línea en un comunicado sin matices: “El fuego intencional es un delito”. Bajo ese paraguas, se ordenó a la Policía Federal investigar el origen de los focos ígneos y determinar responsabilidades, al tiempo que se reforzó la presencia de fuerzas federales en Chubut. El despliegue se presentó como una respuesta integral, aunque el acento estuvo puesto mucho más en la investigación penal que en las condiciones estructurales que vuelven recurrentes y devastadores estos incendios.

Ese enfoque no es casual. Javier Milei no solo negó en varias oportunidades la existencia del calentamiento global, sino que además decidió traspasar el manejo del fuego del área de Ambiente al Ministerio de Seguridad. En ese marco, el incendio deja de ser una tragedia climática y territorial para convertirse en un asunto de orden público. El resultado es un corrimiento conceptual que habilita operativos, allanamientos y sospechas, pero no necesariamente políticas de fondo.

La situación de Gloria Brizuela expone con crudeza esa dinámica. Gloria vive en la comunidad mapuche Pulgar Huentuquidel y trabaja en un balneario del lago. Sus ancestros habitaron la zona de Patriada desde mucho antes de que se emplazaran los primeros campings o se construyeran algunas viviendas. Ella estuvo en el lugar desde el momento cero del incendio, no como sospechosa sino como testigo y damnificada. Aun así, su casa fue allanada. Es la única vivienda de la comunidad que quedó en pie tras el fuego; otras dos casas de la comunidad fueron completamente destruidas. La investigación presume que una disputa territorial con otro vecino habría sido el origen del incendio, una hipótesis que, en los hechos, terminó concentrando la presión sobre la comunidad. Gloria asegura estar tranquila porque puede demostrar dónde estaba al momento del inicio del fuego: trabajando, a la vista de todos, en el lago.

Prevención desfinanciada y anuncios tardíos

En julio de 2025, el Gobierno disolvió el Fondo Nacional de Manejo del Fuego mediante el decreto 463/2025, que permitía contar con financiamiento específico, automático y transparente para la prevención y el combate del fuego, a partir de aportes del sector asegurador.

Ese mismo año, se dejó sin ejecutar el 25% del presupuesto asignado al manejo del fuego, lo que equivale a casi $20.000 millones. En tanto, el Presupuesto 2026 proyecta una caída real del presupuesto del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) del 68,9% respecto de 2023 y del 71,6% en comparación con 2025.

La semana pasada, después de semanas de avance del fuego y más de 50 mil hectáreas arrasadas, el Gobierno decidió declarar la Emergencia Ígnea (DNU 80/2026), haciendo lugar al pedido de los gobernadores de las zonas afectadas. La transferencia de recursos que vino con ese cambio fue presentada por el Gobierno como si fuera una ayuda histórica: más de 100 mil millones de pesos para bomberos voluntarios. En el Boletín Oficial figura como Resolución 91/2026 y se divide entre más de mil asociaciones en todo el país.

Según los propios bomberos de Chubut, esos $100.000 millones no son un aporte extra ni un refuerzo por la emergencia patagónica, sino fondos que el Estado debía desde 2025 por ley y que nunca había girado en tiempo y forma. Es dinero que nace de las primas de seguros y que, por normativa, debería llegar a los cuarteles para equipamiento, mantenimiento y protección civil. Lo que hubo fue un retraso en su entrega y un anuncio grandilocuente justo cuando el fuego ya había devorado miles de hectáreas.

Que un traje forestal completo para un bombero cueste más de cinco millones de pesos ayuda a dimensionar la ironía: con lo asignado a cada cuartel apenas se podrían comprar diecinueve trajes, si eso fuera todo lo que hiciera falta.

incendio patriada
Incendio en Puerto Patriada: una evacuación en primera persona.

Incendio en Puerto Patriada: una evacuación en primera persona.

En las ciudades cuesta dimensionar el cambio climático. La geografía es de edificios, veredas y semáforos, y el desastre se vuelve una abstracción que entra por la pantalla del celular. El calor se puede apagar prendiendo el aire acondicionado. En el bosque, en cambio, no hay metáforas posibles. El cambio climático es el suelo seco bajo los pies, el arroyo que ya no corre, el viento caliente que levanta cenizas.

Después del incendio sentí una necesidad casi desesperada de volver a ver bosque nativo vivo. De confirmar que no todo había sido arrasado. Cargamos a Ana en una mochila y caminamos doce kilómetros de subida -y bajada- por la montaña, entre lengas, coihues y cipreses que no conocen el fuego. No fue un paseo, sino una forma de recuperar aire y volver a poner el cuerpo en un territorio que insiste en sobrevivir. Tal vez también fue una manera torpe, pero honesta, de explicarle que los ruidos fuertes no siempre son mangos cayendo de los árboles. Y que cuidar el bosque no es un cuento: es la única manera de que siga existiendo.

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