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Néstor Kirchner acompañó la frase con una palmada en la espalda de Juan Manuel Urtubey, ex diputado, ladero de Cristina Fernández en el Congreso y, desde diciembre, gobernador de Salta, cetro al que se trepó casi contra todos los pronósticos.
Ambiguo, enigmático, el «presidente» sobresaltó al salteño. «Cuando vuelva...», completó entre seseos y sonrisas, sin especificar el año. El juego futurista tiene, sin embargo, una escala previa: Urtubey será una de las piezas que moverá Kirchner en el PJ normalizado.
Quedará como uno de sus vicepresidentes. O, quizá, el único. Este diario contó que la aspiración de Roberto Lavagna de ocupar una butaca de ese rango fue cancelada por la Casa Rosada. También que es incierto -no definitivo- si habrá un lugar para Daniel Scioli.
Esta semana, Hugo Moyano esperaba poder verse con el patagónico para «arreglar» qué rol tendrá la CGT en la reorganización partidaria. Deberá esperar hasta la semana que viene: Kirchner se quedó en Río Gallegos y estará en El Calafate el fin de semana. Espera una charla frente a frente.
En Azopardo dan por hecho que el camionero tiene su lugar asegurado. Piden más: quieren, sin empardarse con el pedido de «Momo» Venegas de 30% de la representatividad, que haya un porcentaje de sitios del consejo partidario ocupado por sindicalistas.
Urtubey se destapa como uno de los gobernadores jóvenes junto con Jorge Capitanich y, en el esquema del PJ, podría ensamblarse con otro mandatario inquieto: el chubutense Mario Das Neves, prematuramente lanzado para la presidencial de 2011.
A ese club puede sumarse también Celso Jaque, vencedor de Julio Cobos en Mendoza. El ex senador tiene en Juan Carlos Mazzón a un lobbysta de lujo en la Casa Rosada, pero, a su vez, soporta a un detractor con galones: el vicepresidente.
Según el prisma de Kirchner, el salteño es la figura indicada para vestir la nueva conducción del PJ normalizado, trámite que reabrió las puertas de Balcarce 50 a antiguos «innombrables» para el gobierno. Un caso: con sigilo, esta semana pasó el pampeano Rubén Marín a poner su firma.
Para Urtubey, Kirchner reserva otra función: que se convierta en el exponente del Noroeste. Corre con la ventaja de que, salvo José Alperovich -a quien no se le conoce otra idea que vivir por siempre en Tucumán-, la elección de octubre barrió con los antiguos caudillos peronistas: Juan Carlos Romero y el jujeño Eduardo Fellner, que heredó en Walter Basilio Barrionuevo.
Aceptado a desgano, el riojano Luis Beder Herrera casi no figura en los planes de la Casa Rosada.
Tapón
A su vez, Urtubey podría funcionar como tapón: la representación de las provincias, limitada a un solo personaje, acallaría otras pretensiones. Quizá también Scioli le sirva a Kirchner para el mismo fin, pero, en ese caso, para «contener» a bonaerenses pretenciosos.
Por un pasillo lateral a la entronización de Urtubey se sellará, además, un entendimiento con Juan Carlos Romero. Sin la ferocidad de esa lucha, por Entre Ríos se reservan casilleros para Jorge Busti y Sergio Urribarri. El lema es «Todos adentro».
El barrido K se hace con un mediomundo con red de trama muy fina: arrasa todas las especies. Volvamos, para graficar, al caso de La Pampa: además de Marín, estarán el ex senador Carlos Verna y Oscar Jorge, que con soporte de Verna derrotó a Marín en la interna partidaria.
La multitud de dirigentes y sectores convocados por Kirchner -más los que se arrimaron al fuego oficial por propia voluntad- se topa con una imposibilidad física: el plan de Kirchneres reducir la estructura del consejo del PJ de los casi 150 miembros actuales a, como mucho, 60.
En la redacción vigente, que será modificada, se contempla una mesa de 110 miembros más los gobernadores del PJ, los jefes partidarios de cada provincia, los presidentes de bloques del Congreso y las autoridades parlamentarias. A ojo, suman casi 160.
La voluntad de Kirchner es achicar al máximo la cúpula y evitar, en lo posible, la presencia de dirigentes «desgastados», según el término que usan en la Casa Rosada. El corset, entonces, será la cantidad de casilleros a llenar y que, además, la normalización no va en paralelo con los PJ provinciales.
Si hubiese elección simultánea, se podría usar para compensar. Pero también abriría la puerta para que los excluidos de las provincias se unan a nivel nacional y dibujen un bloque opositor.
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