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Carl Schmitt y Cristina Kirchner
«Clarín».
«Perfil».
Los datos de Lanata valen por su precisión -no en vano conoce la redacción de «Página/ 12» como pocos- y por la ironía de que « contesta» la nota de Verbitsky del mismo día: ayer el columnista de «Página» se pregunta cómo es que se ventiló la información que publicó su propio diario. Seguramente se respondió leyendoa su antiguo jefe. También contradice Lanata la versión de Eduardo van der Kooy en «Clarín», quien señala como autor de la operación de la SIDE a otro director, Alberto Mazzino, encargado también de cuestiones de prensa.
En cuanto a la información de archivo que reproduce el periodista, se trata de la investigación que realizó la SIDE sobre el matrimonio Kirchner, encargada a efectivos de Río Gallegos por Gustavo Mango, director del organismo en tiempos de Carlos Soria, que es quien ordena esa pesquisa (ahora se desempeña como intendente de General Roca, en Río Negro).
Lanata recuerda que el encargado de burlarse de parte de Duhalde de la denuncia de los Kirchner fue Aníbal Fernández, ahora ministro del Interior del entonces agredido. Y que durante aquellos episodios la senadora Cristina Kirchner dijo que «cuando uno ve cómo actúa la SIDE se da cuenta de que todos estamos en libertad condicional». Después Lanata expone el plan que tenía Kirchner para reformar el organismo, reduciéndolo. No aclara si todavía está vigente ese programa.
Finalmente, Lanata da una lista de funcionarios del gobierno actual involucrados con el gobierno militar. Menciona a Héctor Timerman por haber dirigido el diario «La Tarde». La envidia que tenía Lanata por Jacobo Timerman lo lleva a exagerar con su hijo Héctor. Era un chiquilín cuando salió «La Tarde», nunca actuó y ese diario «light» fue un fracaso por un mero afán de ganar plata. No promovió ninguna dictadura, ni se ocupaba de política y los periodistas de «La Opinión» -sancionado por el Proceso y detenido Jacobo Timerman- mirábamos y cargábamos a los periodistas simples que, pasillo por medio, rellenaban páginas con temas de enorme simpleza. «La Tarde», que duró pocos meses, tal su fracaso, fue un desvarío de Jacobo de usar más la rotativa Harris que a la noche imprimía «La Opinión». Tan elemental que le decíamos a los de «La Tarde»: «No nos dejen la rotativa impregnada de perfume y cremas».
MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».
Aporta poca información sobre el caso de la «carpeta» de Alvarez. Sólo dice que apareció en un momento en que este diputado se estaba apartando de Roberto Lavagna (a quien el columnista trata de «prócer actual de la política»). Vincula el ataque a Lavagna con un ataque en ciernes contra el grupo Techint, al que el ex ministro habría estado vinculado (lo que obligaría a revisar su condición de prócer). Además, afirma que el diputado Eduardo Camaño amenazó con ventilar los nombres de funcionarios del gobierno actual ligados a la administración militar como antídoto de una supuesta investigación sobre su paso por la presidencia de la Cámara.
Después Morales Solá se refiere a las preocupaciones por vetas de antisemitismo en la administración actual. Dice, con acierto, que más que por sus inclinaciones el gobierno es señalado por sus amistades (sobre todo la de Hugo Chávez). Consigna bien que Kirchner resultó peyorativo al denominar «raza» a la comunidad judía, en un discurso en el que pretendía defenderse de actitudes discriminatorias.
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».
El columnista dedica dos páginas de su diario a intentar despegar al gobierno de la publicación hace una semana de los antecedentes del diputado Juan José Alvarez como agente de la SIDE y a justificar su viejo proyecto de la abolición de la actual central de espionaje por su implicación histórica en crímenes abominables.
El primer objetivo le hace decir a Verbitsky que la fuente de la publicación en la cual es columnista pudo ser una empresa privada a la que se confió el trabajo de informatizar los legajos de los agentes. Más creativos, y quizá más cercanos a la verdad, estuvieron los otros columnistas de domingo que ayer señalaron a mesas paralelas de la SIDE integradas por santacruceños con órdenes de la Casa de Gobierno para usar información sobre adversarios con el fin de hacerles daño.
Era esperable que este periodista reivindicasela actuación de Alvarez como funcionario público con Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, ya que este diputado fue quien inauguró la práctica oficial (que ahondó la gestión Kirchner) de privatizar en el CELS que maneja Verbitsky la consulta de antecedentes de candidatos a nombramientos en fuerzas armadas y de seguridad. Los expedientes de designaciones siguen el circuito habitual pero han agregado el «Veraz» que les hace el CELS a los candidatos, con fuerza de poder de veto ilevantable por cualquier funcionario público.
Si no se tratase de una publicación de « Página/12», resultaría equilibrado el juicio de Verbitsky sobre los «pecadillos» de Alvarez, Alicia Kirchner o Felisa Miceli cuando eran felices e indocumentados (diría García Márquez) hace 25 o 30 años y se desempeñaban en tareas menores y administrativas en sus primeros empleos. Pero como se publica en el diario que hizo escarnio durante tres días de la figura de Alvarez ese comentario pierde entidad y no mejora una columna en la cual Verbitsky hace un ejercicio de ética de la oportunidad con el solo propósito de negar que el gobierno sea el responsable de este ataque al diputado y de justificar la idea de disolver la SIDE en su actual conformación.




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