Volvió la violencia sindical en traslado de los restos de Perón
• Más de 60 heridos en San Vicente, con duras refriegas e intercambio de balazos entre bandas gremiales de camioneros y de la construcción • Arruinaron el homenaje a Perón en la quinta, con más de 15 mil personas, como el día que llegó a Ezeiza en 1973 • No estuvieron Kirchner ni Solá; pero sí se atrevieron más de 6 gobernadores • Sorprendieron la desorganización y la absoluta ausencia policial. Inexplicable esa desidia del gobierno: no había seguridad ni en el lugar donde iba a estar el Presidente. Casi una «zona liberada» • No hubo un detenido, ni siquiera el custodio de Hugo Moyano -a quien luego le pegaron inclusive- que disparó su arma impunemente contra un gentío mientras lo filmaban las cámaras de TV • Los incidentes comenzaron antes de la llegada del féretro, se repitieron por lo menos tres veces y, como antaño, se pelearon entre sí las huestes sindicales por una ubicación preferencial frente al palco • Hubo destrozos a granel, hasta en el museo del General. Y, por si fuera poco, hasta le rompieron una conservada reliquia, un auto presidencial de los 50 • Volvió una historia negra para el país, típica del peronismo y de los años 70 . Curiosamente, todo había empezado bien: en la CGT, primera parada del ataúd, hubo 20 mil personas y ningún episodio de conflicto.
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Tres momentos clave del traslado ayer del cuerpo de Juan Domingo Perón al mausoleo en San Vicente. El féretro
peregrinó desde la sede de la CGT hasta esa quinta con un acompañamiento multitudinario. Mientras, comenzaba la
violencia sindical que terminó con heridos. El agresor con arma sería Emilio Quiroz, custodio de Moyano.
A esa hora, dirigentes menos precavidos estaban atrapados en San Vicente: los gobernadores Juan Carlos Romero, Gildo Insfrán, José Luis Gioja, Eduardo Fellner, Mario Das Neves y Jorge Obeid, la vice bonaerense Graciela Giannettasio, el vice cordobés Juan Schiaretti, Antonio Cafiero y el jefe del PJ, José María Díaz Bancalari, entre otros.
Ningún delegado de la Casa Rosada; sólo León Arslanian, como emisario de La Plata. El ministro terminó abocado al operativo policial que, en rigor, se limitó a custodiar el féretro con efectivos de Infantería. Pero jamás intervinieron cuando se produjeron incidentes.
Ese era, anoche, en la Quintade San Vicente, un factor de disputa. Gerónimo Venegas, jefe de las 62 Organizaciones y ordenador operativo del traslado, reprochó que Arslanian y el ministro del Interior, Aníbal Fernández, no actuaron frente al caos.
Algo es cierto. Pasado el mediodía, Giannettasio le pidió al jefe policial de San Vicente que intercediera. El comisionado se excusó con que no tenía efectivos: pidió mil, pero le mandaron 500. Por eso, anoche se quejaban de que San Vicente fue una «zona liberada».
Más allá de la queja, la responsabilidad giraba sobre dos figuras: Venegas y Moyano. Venegas, porque no contempló que gremios enfrentados desde siempre podían detonar un conflicto; el camionero, porque no sólo no lo evitó sino que los suyos fueron promotores de la riña.
Ambos, como el resto de la corte sindical de la CGT -Andrés Rodríguez de UPCN, José Luis Lingieri de Obras Sanitarias y, por citar tres, el taxista Omar Viviani-, quisieron apropiarse del ícono que significa Perón, pero al caer la tarde eran los dueños de un papelón sangriento.
A Viviani, en concreto, le cabe una culpa adicional: era el encargado de la seguridad del traslado y del acto, pero mientras en San Vicente volaban palos y sonaban tiros, el taxista se fotografiaba sonriente en la cureña, al lado del féretro de Perón, levantando los brazos como si los curiosos lo saludaran a él.
El peronismo suele ser impiadoso: con el acto incendiado, salvo Cafiero y los gobernadores que no pudieron escabullirse a tiempo, la cúpula gremial quedó sin respaldo poderoso: ni intendente, ni funcionarios, ni legisladores. La «mancha venenosa» funciona en tiempo real.
¿Saldrá indemne Kirchner? ¿Resultará intacto Solá? Con las horas, esas preguntas se develarán.
Antes de que el féretro sea celebrado en la CGT, que recorra entre banderas y saludos a paso de hombre la avenida Paseo Colón, y más tarde atraviese la autopista Riccheri y la Ruta 58, en la quinta que Perón compartió con Eva en los años 40, la batalla había empezado.
Cerca de las 9, la UOCRA de La Plata, que controla Juan Pablo «Pata» Medina, llegó al predio con una tropa de unos 500 militantes y se instalaron frente al palco. Medina es un viejo conocido en el peronismo duhaldista, que padeció sus bravuconadas más de una vez.
Su última excursión fue cuando Chiche Duhalde lanzó su campaña contra Cristina Fernández: rodeado de 200 gritones, Medina interrumpió a los oradores hasta que le permitieron sentarse en el palco.
Quiso repetir aquel libreto en San Vicente, pero una hora más tarde ingresó el contingente de camioneros, que capitanea Pablo Moyano, y se ubicó al lado. Primeros gruñidos, primeras trompadas.
UOCRA y camioneros arrastran una malquerencia añeja. A poco de estar lado a lado, se produjo el primer enfrentamiento, pero mediaron Medina y un moyanista para apagar la tensión. La tregua duró hasta las 15, cuando se desató el cruce más fuerte y grave.
Fue allí cuando camioneros se replegaron y la banda de UOCRA se quedó como única dueña del predio. Desde afuera, los seguidores de Moyano intentaban volver a entrar a los tiros. Con esos incidentes, los grupos pequeños se alejaron y la quinta casi se vació.
La tercera avalancha fue al ingresar la cureña con el cadáver de Perón: como escolta de Moyano entró una columna de camioneros que volvieron a chocar con UOCRA. Tuvieron que retroceder, y Medina con los suyos se quedó para insultar a Moyano cuando éste hablaba.
A Venegas, en cambio, lo vitorearon. Y a Cafiero lo aplaudieron. ¿Hubo una factura sindical contra el camionero? ¿O, como dijeron en la organización, se infiltró Quebracho? Las conspiraciones son fáciles de pronunciar, pero difíciles de probar.
En tanto, Perón marchaba a un descanso apacible que se le sigue negando.




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