Y Frondizi le dio una ametralladora a Perón

Política

Arturo Frondizi entró vistiendo un largo impermeable y antes de que Perón se le acercase a abrazarlo, abrió la vestimenta y desenfundó una ametralladora PAM (arma automática, primitiva ya en 1972, la usó durante años la Policía Federal y el Ejército) que escondía con inevitable dificultad. «A alguno de ustedes le puede servir esto», y se la extendió a un más que sorprendido Juan Perón. Milo de Bogetich atrapó el «fierro» como si le fuera a servir en caso de un atentado sobre el indefenso Perón. Casi por instinto se puso detrás de Perón, que no tenía edecán, y resistió toda la entrevista abrazado al arma.

Perón
, sentado en la cama de la habitación del hotel Internacional de Ezeiza, había pasado varias horas inquieto por su seguridad personal. Estaba encerrado en ese cuarto desde la mañana del arribo junto a un pequeño grupo de forzados acompañantes, María Estela Martínez, «Daniel» (José López Rega), su custodio Milo de Bogetich y un militante montonero -que hoy recuerda sin ira- elegido para acompañar al general que regresaba al país el 17 de noviembre de 1972.

No habían podido bajar los «fierros» del DC-8 de Alitalia, que habían traído desde Roma, en el retorno de Perón al país después de 17 años de exilio. «Traíamos dos valijas con ferretería pero las secuestró la Aeronáutica», explicaba De Bogetich a López Rega. «No tenemos con qué defender al general», se lamentaba.

Al subir al avión el comodoro Salas, con instrucciones del presidente Alejandro Lanusse, le dijo a Perón: «Puede bajar, mi general». Socarrón le respondió entre las chanzas de los presentes: «¿Qué voy a hacer, m'hijo? ¿O cree que viajé tantas horas para quedarme arriba del avión?».

En el recordado lote de artistas, políticos y más de un curioso de ocasión venían todos los presidentes que tendría el peronismo, salvo al actual Néstor Kirchner (Perón, Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, «Isabelita», Carlos Menem), pero todos fueron separados del matrimonio Perón. «¡Ustedes todos al colectivo!» -indicó Salas al conjunto-. A Perón e Isabel les indicaron que debían quedarse por «seguridad» en el hotel de Ezeiza. Los subieron a un Ford Fairlaine y los llevaron con López Rega. «Dos acompañantes, nada más.» Uno sería De Bogetich, el otro Jorge Llanpart -que lo contaba ayer en recuerdos del Día de la Militancia-, a quien «Daniel» le dijo: «Vos pibe pedí a tu familia que te traiga ropa que esta noche te quedás acá». Llanpart, hijo de un militar, logró equiparse en pocas horas para acompañar a Perón en su primer día en el país, aislado por el gobierno de Lanusse con el argumento de la seguridad con tanta pompa que entonces y después se habló de una virtual detención.

El temor del atentado ganó al grupo que esperaba la llegada de delegados propios y del gobierno -el más recordado, el brigadier
Ezequiel Martínez, que sería candidato oficial a la presidencia-. Aislados del resto del mundo, salvo el cerco de custodios que entraban y salían del hotel en una flota de autos Torino, De Bogetich se apuraba por la indefensión de su jefe, que sentado en la cama daba instrucciones sobre a quién quería recibir y a quién no.

De pronto aparece «Daniel» y anuncia:
«General, está acá el doctor Frondizi, que quiere saludarlo». «¿Quién? ¡Que pase!» Perón y Frondizi venían enredados en la misma historia desde hacía 25 años. Perón lo había perseguido siendo gobierno pero en el exilio le había permitido ganar la presidencia tras el pacto de 1958. Pasaron décadas entendiéndose por intermediarios -el más importante, Rogelio Frigerio, gerente hasta financiero del acuerdo de Caracas que lo había hecho presidente, pero recién se conocieron en mayo de 1972, pocos meses antes del retorno del General al país-.

El encuentro lo habían armado el 13 de mayo de ese año Frigerio y el misterioso empresario
Giancarlo Elia Valori - el mismo que actuó de enlace para el viaje de retorno entre Licio Gelli (maestro de la P-2) y el grupo Fiat, que puso el avión para trasladarlo a Perón entre Madrid y Roma y después la nave de Alitalia que lo trajo de Roma a Buenos Aires. Lo que hablaron ya se contó y es hoy intrascendente, como casi todo lo de aquellos días, salvo las anécdotas triviales, personales, secundarias, no la letra sino la música que las acompañó.

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