En la tarea de administrar el poder, están los que consideran que el mayor placer no está en matar sino en dejar vivir. Son los que cuando llegan a la cumbre reconstruyen la pirámide de mando y obediencia con los elementos ya establecidos, aunque pertenezcan a corrientes antes ajenas o, inclusive, adversas. Carlos Menem es un caso ejemplar de este comportamiento: cuando venció en la interna de 1988, disfrutó sumando a sus adversarios y armando un gabinete en el que había predominio de cafieristas. Puede haber sido por magnanimidad o altruismo o porque, como suele decirse, la forma de humillar de los árabes es el perdón. Sea como fuere, allí donde encontró un poder territorial establecido el ex presidente lo cooptó y agregó a su esquema.
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Otros dirigentes, en cambio, entienden que las victorias deben modificar la arquitectura del poder que rige en el momento, llevando hasta las últimas consecuencias las contradicciones reinantes. Son los que aprovechan la hora del ascenso para tomar venganza o, como se dice vulgarmente, pasar facturas. Es el caso de Néstor Kirchner quien, si bien perdió en la primera vuelta, ya comenzó a comportarse como un vencedor despiadado, amparado en las encuestas y afirmaciones oficiales referidas a que la derrota de Menem está escrita en el firmamento.
Kirchner comenzó a imaginar un esquema de dominio basado en la sustitución de algunos caudillos del interior, poderes establecidos a los que no necesariamente les fue mal en la elección del 27 de abril. El primer blanco al que apunta el candidato de Eduardo Duhalde es del barrio: Jorge Sobisch, con quien lleva adelante una guerra a muerte que para algunos es más agresiva que la de Menem y Duhalde. Allí se mezcla el conflicto patagónico con los celos y competencias por el trato con empresas energéticas, las que más condicionan la política de la zona (fue muy conocida la contradicción entre Kirchner y Sobisch frente a la posibilidad de renovar concesiones de Repsol YPF en explotaciones petroleras de las respectivas provincias; menos conocida es la acusación que levanta el santacruceño contra su enemigo y que sólo repite entre amigos).
•Mortificación
Para mortificar a Sobisch, los Kirchner levantan dos figuras neuquinas: una peronista, la de Sergio Gallia para competir por la gobernación en octubre y otra radical, la de «Pechi» Quiroga, el intendente de la Capital, quien encabezó a un grupo de alcaldes de su partido dispuestos a apoyar al candidato del duhaldismo en el ballottage.
Como George Bush y Donald Rumsfeld en Irak, el gobernador de Santa Cruz sigue armando su mazo de cartas malditas por las provincias del país: si el as de pique es Sobisch, Juan Carlos Romero es, por lo menos, el rey. En Salta el candidato quiere impulsar a Ricardo Gómez Diez, lo que además de irritar al gobernador y candidato a vice de Menem (que no tiene reelección) halaga al «lopezmurfismo» al que representa el senador del Partido Renovador.
En un escalón equivalente a Sobisch, una especie de as de corazones, aparece Ramón Puerta. Kirchner no le perdona aquella tapa de diarios de domingo en la que el misionero daba el do de pecho del repudio a su candidatura, con Duhalde todavía alojado en su estancia de Apóstoles. Allí el candidato cuenta con el favor de Carlos Rovira, el gobernador de la provincia. Puerta carga además con el peso involuntario de su amistad con Francisco de Narváez (sota de trébol), convertido en el jefe de la operación menemista en la campaña del ballottage (un poco más y hasta Mauricio Macri, que pertenece al mismo círculo, se liga aparecer en el mazo, tal vez como 9 de diamantes).
•As de trébol
En Catamarca, cómo dudarlo, Kirchner identifica al as de trébol, Luis Barrionuevo, en cuya provincia Menem obtuvo una de sus mejores performances. Como las barreras entre partidos son actualmente provisorias, el candidato está dispuesto a aliarse con el Frente Cívico de Oscar Castillo con tal de arrasar con el sindicalista, que lo rechazó en público y quedó enfrentado con su mujer en el Senado. Lo perjudica el calendario a Kirchner, porque si por él fuera las elecciones de gobernador en la provincia deberían realizarse en simultáneo con el ballottage.
La colección de cartas que baraja Kirchner antes de la elección incluye algunas expresiones menores. Ahí está el intendente de La Plata, Julio Alak, una especie de «Mister Antrax» o cuatro de pique, a quien se la tiene jurada por su comportamiento platense, sospechoso de menemismo. Alak debió confesarse con Duhalde y ahora espera la absolución del gobernador de Santa Cruz. Está a punto de conseguir clemencia: eso sí, deberá dar señales de subordinación como las que ofreció el jefe de policía de Saddam cuando le confiaron controlar las calles para el nuevo régimen.
Finalmente, están las barajas del propio frente duhaldista, acaso las que más se empeña en marcar el candidato. Miguel Angel Toma o Carlos Ruckauf son dos de ellas. Uno, el jefe de la SIDE (dama de trébol), por su afición a pasar datos -ahora se sabe que falsos-a Menem. El canciller («Tarek Aziz», 8 de pique) paga otro costo: en su casa de Villa Gesell se planificó la operación de destrucción de la candidatura de Kirchner para, después de postergar las elecciones, reemplazarla por la de Roberto Lavagna. Ayer comenzó a entrar en vereda «Rucucu», despejando la escena para el nuevo poder. Primera víctima, el embajador Victorio Tacetti, a quien le comunicó que no representará al país en Brasil: allí, si gana Kirchner, irá Juan Pablo Lohlé, otro dato auspicioso para Martín Redrado, quien desea promoverse en el Palacio San Martín.
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