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Condenan a 8 años de prisión a caníbal alemán
Se trata de Armin Meiwes, más conocido como el "caníbal de Rotenburg". Fue condenado por haber castrado, asesinado, descuartizado y en parte comido a su víctima. Un juez alemán estableció que fue un homicidio culposo y emitió una condena relativamente suave. Su trabajo se vio complicado por el hecho de que en Alemania no está tipificado el delito de canibalismo.
Al término de un proceso de resonancia mundial, que duró unos dos meses, el imputado (como a menudo durante todo el debate) escuchó impasible la sentencia.
Para la fiscalía, que pidió cadena perpetua, el delito fue motivado por la búsqueda de satisfacción sexual, y debía ser castigado como homicidio voluntario.
La defensa en cambio, considerando que la víctima consintió el delito, afirmaba que fue un asesinato bajo pedido: un delito para el cual el Código Penal alemán prevé penas de hasta cinco años.
Finalmente, el juez Volker Muetze no le dio la razón a ninguno de los dos: estableció que fue un homicidio culposo, y emitió una condena relativamente suave.
El trabajo de los jueces se vio complicado por el hecho de que en Alemania no está tipificado del delito del canibalismo. El resultado de esta 14ta. y última audiencia era por lo tanto complemente abierto: el canibalismo es "un comportamiento rechazado por nuestra civilización" y "nos hallamos en un terreno límite del derecho penal, ya que faltan por completo términos de comparación", dijo el juez.
En caso de buena conducta el condenado -aunque una pericia había identificado el riesgo de recaídas- podrá ser excarcelado en cuatro años y medio. La fiscalía anunció, inmediatamente después de la lectura del veredicto, que apelará la sentencia.
La defensa, en cambio, se mostró satisfecha: "Es una victoria por puntos para nosotros, a mediados del 2008 estará nuevamente libre", dijo el abogado Harald Ermel.
"Meiwes seguramente no volverá a hacerlo, aprendió la lección", agregó, asegurando que su cliente prometió que se someterá a una terapia.
El tribunal dio a entender que hubiera preferido la internación del caníbal en un hospital psiquiátrico, pero que le faltaba base jurídica para ello porque el imputado fue catalogado como plenamente capaz de entender y querer.
El homicidio se produjo en la casa de Meiwes, en la primavera boreal de 2001. La víctima, un homosexual que convivía con un hombre en Berlín, había respondido a un anuncio por Internet donde el caníbal decía que buscaba personas dispuestas a dejarse castrar, matar y comer.
El delito acordado entre dos personas mentalmente perturbadas no es un homicidio, porque no presenta ninguna de las características indicadas por la fiscalía, dijo el juez.
El "placer sexual de matar" tampoco fue el móvil dominante. El caníbal, al comer a su víctima, buscaba un vínculo íntimo con otro ser humano; no estaba tan movido por el deseo de placer y sexo como de seguridad y protección. "La muerte y el uso del cadáver era parte de un acuerdo entre el verdugo y la víctima", agregó.
Según el juez, no fue tampoco "asesinato bajo pedido", porque la víctima no había pedido seriamente ser asesinada por Meiwes. Deseaba más bien probar, con la castración, "la excitación final de la vida".
Como atenuante para el imputado valió el hecho de que confesó plenamente el delito. El día de su cita, el verdugo y la víctima comieron y bebieron juntos.
Antes de ser castrado, el ingeniero de Berlín bebió mucho alcohol e ingirió una dosis masiva de tranquilizantes. Luego de la mutilación ambos comieron juntos el pene, cocinado en una sartén.
Una filmadora, cuyas imágenes fueron mostradas en el juicio a puertas cerradas, registró las increíbles escenas del delito.
Durante la noche, tras desangrarse, la víctima murió. Entonces Meiwes la descuartizó y puso la carne en bolsas de plástico en el congelador: de a poco, fue probando los pedazos, en total 25 kilos.
"Para ambos el otro era el instrumento de satisfacción de sus propios deseos", explicó el juez. Los dos vivían el mundo aislado de Internet con sus propias fantasías e imaginaciones.
El juicio -precisó el magistrado- mostró entre otras cosas que en la subcultura de la red no operan sólo los abusadores sexuales de niñas y niños, sino también los caníbales.
El imputado admitió, además, que contactó a más de 200 víctimas potenciales: algunas querían ser torturadas, y la mayor parte asesinadas y descuartizadas. En este limbo de la red, concluyó Muetze, "viven sus propias fantasías individuos que en realidad deberían ser ayudados".


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