3 de febrero 2001 - 00:00

"Hoy el espectáculo sólo se mueve por avaricia y miedo"

Christopher Lee.
Christopher Lee.
Londres - La barba es la responsable del cambio de imagen; una blanca y algodonosa barba que le suaviza las facciones y contrasta con sus ojos negros. «Me la dejé crecer por motivos puramente profesionales.» Sus ojos brillan con entusiasmo, intenta aparentar seriedad, pero en su interior hay gozo.

Tiene 78 años y se encuentra en la cima de su carrera. Acaba de terminar el rodaje de la primera entrega de la trilogía de «El señor de los anillos». «Como comprenderá, no puedo hablar de ello», dice en voz baja con tono excitado. ¿Ni siquiera de la pilosidad facial? «No, firmé un acuerdo de confidencialidad, aunque por supuesto que puedo contar el papel que interpreto, eso es de dominio público».

La locuacidad de Lee es legendaria. No le asusta el sonido de su propia voz. Un instante después de que su alta y distinguida figura me haya saludado, soy objeto de una larga disertación sobre el alcohol. ¿Qué la provoca? La sugerencia de una copa de vino. Sólo bebe en contadas ocasiones. «Una copa de vino quizás, pero casi nunca bebo entre semana, y nunca, nunca, mientras trabajo, a menos que haga un frío increíble. El invierno pasado hice varias películas en Estocolmo y allí todo el mundo bebe Aquavit. Yo desayunaba con eso, uno así (hace ademán de beberse un traguito).

Christopher Lee
tiene 54 años de experiencia en la industria cinematográfica y ha rodado más de 200 películas. Es uno de los últimos supervivientes de la época dorada del cine y, a pesar de contar con un enorme público de culto, nunca alcanzó la lista A. Mientras que actores como John Wayne o David Niven obtenían los papeles de peso, los románticos, él se quedó encasillado en los de villano. Su carrera es digna de admiración. Ha trabajado a las órdenes de Orson Welles, John Huston, Steven Spielberg, Raoul Walsh, Nicholas Ray, Billy Wilder, y ha sido coprotagonista con Richard Burton, Roger Moore, Raquel Welch, Ursula Andress...

El hecho de que se convirtiera en actor no responde a ninguna causa predecible. Nacido en 1922, en el elegante distrito londinense de Belgravia, estaba destinado a realizar grandes cosas. Su padre era coronel del Cuerpo de Fusileros Kings Royal; su madre era una condesa, de la antiquísima familia europea Carandini. Lee estuvo a punto de convertirse en conde, pero la línea sucesoria se detenía en su madre. «Incluso este consuelo me ha sido denegado», escribió en su autobiografía de 1977, «Alto, sombrío y aterrador», repleta de un humor con el que se mortifica a sí mismo. «Yo fui un error. Mi madre me lo decía a menudo», afirma en la primera página.

Con su acento aristocrático, sus gustos refinados (sus pasiones son la ópera y el golf, que juega excepcionalmente bien, pues es handicap 8) y su educación de primera clase, su familia tenía la esperanza de convertirlo en diplomático. Pero es incapaz de mantener la boca cerrada. «Siempre digo lo que pienso. Una de las cosas más difíciles de este mundo consiste en saber ocultar tu auténtica opinión de alguien, ¿no es cierto?».

Lo dice alguien que luce en su mano un sello que perteneció a su bisabuelo por parte de los Carandini y que muestra el escudo de armas del Sacro Imperio Romano. «En esa parte de la familia todos han sido unos triunfadores increíbles», dice. «Uno fue cardenal, otro está enterrado al lado de Rafael en Roma y otro supervisó el contrato matrimonial o algo así entre María de Módena y un rey inglés, Carlos II. Todos han hecho algo.»

El también ha hecho y visto bastante. En su adolescencia, mientras se alojaba en la casa parisina de un amigo de la familia, presenció la última ejecución pública en Francia en la que se utilizó la guillotina. A los 17 años se alistó en la Royal Air Force británica y aprendió a volar en la antigua Rhodesia, pero fue dado de baja por un problema ocular. Lo trasladaron a las fuerzas especiales, donde se convirtió en oficial de inteligencia. Combatió en el norte de Africa y en Sicilia, donde fue responsable de la vida de soldados, todo antes de cumplir los 20 años.

«Me enseñaron muchas cosas. Cómo tratar a la gente para obtener los mejores resultados, ya sea durante una guerra o no. Después me trasladaron a un campo de concentración, donde presencié lo peor de lo que es capaz el ser humano.» Tras la guerra se convirtió, en sus propias palabras, «en una estadística del desempleo». Actuar era una ilusión, una vía de escape frente a la dureza de la vida real. «La disciplina es la cualidad que hizo posible que me convirtiera en actor, y la determinación, el motivo por el cual continúo trabajando. El mundo del espectáculo no es demasiado atractivo. Hoy día, sus elementos predominantes se sustentan en la avaricia y el miedo.»

La diatriba de Lee puede que tenga que ver con lo que le costó entrar al mundo del espectáculo por la puerta grande. En 1957, ya entrado en la treintena, le llegó su gran oportunidad: Drácula. Entre los entusiastas del género, él continúa siendo el conde, con sus ojos hipnóticos y maneras elegantes. Aquello lo llevó a una sucesión de papeles de terror con la productora Hammer, incluyendo cinco entregas de Fu-Manchú, el siniestro asesino oriental. «En los géneros siempre hay trabajo de sobra», le dijo su amigo Boris Karloff.

Tal vez si hubiera rodado una sola película de
Drácula para la productora Hammer, su imagen popular hubiera sido menos estereotipada. Sin embargo, rodó seis, la última en 1972. «Por supuesto que he tomado decisiones erróneas. Acepté películas que no debía. Tras las dos primeras de Drácula, dije que no tenía intención de hacer ninguna más, pero recibí implorantes llamadas de la Hammer que rayaban en la histeria.»

Aparte de las películas B empapadas en sangre, Lee ha interpretado una sorprendente variedad de papeles. Fue «El hombre de la pistola de oro», un malvado sofisticado con un tercer pezón. Fue Lord Summerisle en la tétrica película de culto «The Wicker Man». Fue un empresario americano de día y motorista gay de noche («Puedo explicarlo todo») en «The Serial». Encarnó tres veces a Sherlock Holmes. Más recientemente apareció en «La leyenda del jinete sin cabeza», dirigida por Tim Burton, a quien describe como «un tremendo director», y protagonizada por Johnny Depp, «con mucho, el mejor actor joven y una persona encantadora».

A mediados de los '70, cansado de ser encasillado como el villano, se marchó con su familia a vivir a Los Angeles por espacio de diez años, período que Lee aprovechó para rodar otras 40 películas. «La gente me decía: 'Lo haces parecer tan sencillo'. Pues no, no lo es.» Cree firmemente en el sentido de la responsabilidad y es un adicto a su trabajo. Admite con candor que le produce asombro «que pueda existir gente que no quiera trabajar» y que se sienta satisfecha con ser un parásito del Estado.

Se lanza a uno de sus discursos:
«A veces pienso que, con todos los chanchullos que hay alrededor y con todas esas mentiras y engaños que ellos llaman negociación, ¿por qué me molesto en hacer esto? Tal vez crea que no puedo hacer otra cosa y que me aburriría. Mire, me gusta crear personajes. Algunos existieron y otros son imaginarios, pero intento hacerlos creíbles. En ocasiones te equivocas y un buen director te lo dice».

Otras veces acierta. Por lo menos, a medida que Lee avanza hacia los 80 años, tiene la satisfacción de saber que le siguen ofreciendo trabajo. Además de la trilogía de «El señor de los anillos», lo podremos ver en la próxima entrega de «La guerra de las galaxias» y medita la idea de interpretar a Iván El Terrible y a Don Quijote. «¿No fue Sir Cecil Rhodes quien dijo en su lecho de muerte 'demasiado pronto'? Así es como me siento. Quiero vivir lo bastante como para ver el estreno de todas las películas de 'El señor de los anillos'. Estamos hablando de 2003, cuando yo tenga 81 años.»

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