La proliferación de artículos y editoriales proponiendo un «plan B» para la Argentina, que tiene como elemento característico la libre flotación de la moneda, muestra una sorprendente falta de conocimiento de las características de funcionamiento de la economía argentina y del contexto político y económico-social en que se desenvuelve el país. Una parte importante de estas propuestas, para nada sorprendentes, viene de gente que nunca terminó de entender o aceptar por qué es necesaria la convertibilidad en una economía en donde no existe demanda por moneda nacional y en donde el denominador de todos los contratos es el dólar. Menos van a aceptarla en las actuales condiciones, que son vistas como el momento de «demostrar» que la convertibilidad no funciona. Otra parte de las propuestas sí es algo más sorprendente porque viene de personas que por años sostuvieron, casi fanáticamente, que los esquemas duros como la convertibilidad eran la única solución para América latina y que la Argentina era un ejemplo o indicador anticipado en ese sentido. Ahora resulta que las revistas de moda indican otros trajes para la temporada próxima y entonces se apresuran a cambiar el vestuario para estar siempre «al decir de la moda».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La elección teórica de los sistemas cambiarios deja poco margen para soluciones óptimas y aplicables a todos los países independientemente de las condiciones o información sobre la economía y sus instituciones. El debate entre flotación y fijación del tipo de cambio ha dado lugar a posiciones oscilantes y también a modas dentro del mundo financiero. Se pueden encontrar defensas de uno u otro esquema. Uno de los más claros en defensa de un esquema duro es un artículo del Premio Nobel Robert Mundell publicado por la revista del CEMA en noviembre del año pasado, en donde cuestiona la capacidad de países como el nuestro (y como muchos otros de América incluyendo explícitamente a Canadá) para tener una política monetaria independiente, recomendando por lo tanto la dolarización. El consenso más reciente que parecía emerger de los '90 era que los regímenes «polares» (flotación, dolarización) parecían más recomendables que soluciones intermedias. Por esta razón varios colegas cuestionaron la lógica y la oportunidad de la canasta de monedas decidida en abril último.
• Mediciones
Tal es la indeterminación a nivel teórico, sin conocer o precisar bien los datos de contexto, que muchos esfuerzos se han encaminado hacia el terreno empírico, para dilucidar el desempeño de las economías bajo modelos cambiarios o monetarios alternativos. En este sentido, mediciones realizadas por Federico Sturzenegger y Eduardo Levy Yeyati, de la UTDT, sobre el desempeño comparativo de los sistemas duros dejan dudas en materia de crecimiento y otros indicadores. Más puntualmente, un brillante y original ejercicio de evaluación realizado por Sebastián Edwards sobre la economía de Panamá, desnudaba varios mitos sobre el desempeño económico en una economía oficialmente dolarizada. En ninguno de estos casos, sin embargo, se pueden extrapolar directamente los resultados para una economía como la argentina, en el sentido de que una flotación sea deseable.
Varias de las propuestas o discusiones del «plan B» que han circulado presuponen que la flotación de la moneda o, en forma equivalente, una política monetaria independiente con una meta inflacionaria es una elección factible para el caso argentino. Una flotación a la que se agrega la indexación de una unidad de cuenta de los contratos y la deuda «desdolarizada» ha sido propuesta por Ricardo Hausmann -sin calibrar o simular, para no decir sin números- con el argumento de que compatibiliza la necesidad de ajustar el tipo de cambio, evitar el efecto mortal de «hoja de balance» sobre las empresas y bancos y hacer una quita sostenible, es decir pagable, de la deuda externa. El éxito de una política monetaria creíble implica, según esta visión, deshacer el nudo de la crisis argentina al mínimo costo posible.
Se pueden citar varios problemas con esta propuesta que cuestionan los «supuestos» de que la Argentina necesita desesperadamente una devaluación y un default. En particular, los costos de devaluar en una economía como la argentina han sido reiterados numerosas veces, y no está para nada claro desde un punto de vista real que la Argentina requiera una devaluación, si se pudiera aislar el problema del Brasil.
Pero el problema central con la viabilidad de esta propuesta es que parte de suponer lo que no está disponible para la economía argentina. Las condiciones para una flotación estable presuponen una política fiscal que está detrás de una demanda de dinero nacional relativamente estable. La Argentina no tiene esperanzas, en el actual contexto socio-político, de tener una política fiscal que haga que los argentinos vuelvan a demandar pesos. Sin demanda de dinero nacional, cualquier intento de flotación es un viaje de ida. Yo no conozco a nadie que se pueda animar a presidir un Banco Central en estas condiciones.
• Irrelevante
Todo esto nos retrotrae a un problema más fundamental de diagnóstico y de solución duradera de la estabilidad macroeconómica en la Argentina. El crecimiento y la estabilidad se alcanzan con instituciones estables en donde la elección del régimen cambiario es de segundo orden de importancia. Durante los '90 nos creímos que la convertibilidad iba a hacer surgir una «oferta» de reforma estructural, en particular de las instituciones fiscales, que no funcionó. Cambiar a un régimen de tipo de cambio flexible es irrelevante para esta problemática y hacer la economía más inestable no va a hacer surgir las instituciones correctas, como tampoco lo hizo la convertibilidad o lo haría la dolarización. La gente va a demandar pesos cuando la Argentina tenga una política general y una política económica que haga que los ahorristas locales y extranjeros piensen que están en Suiza, Chile o Nueva Zelanda. Mientras tanto, cualquier modificación de las reglas básicas de la economía tiene que aceptar las restricciones -que descartan ideas hechas en el pizarrón pero que no funcionan para la Argentina- pero sobre todo tiene que buscar minimizar cualquier daño a los derechos de propiedad y a los incentivos a ahorrar e invertir.
Dejá tu comentario