- ámbito
- Portada Principal
La Argentina patética
En este sentido hay que dar una discusión conceptual. El capital nacional no es mejor que el capital extranjero. En un mundo globalizado, el capital nacional puede enviar sus ganancias al exterior así como también el producido de la venta de sus empresas a no residentes, tanto como los extranjeros que invirtieron aquí. De hecho, en la última década el aumento de los activos de residentes argentinos en el exterior (fuga de capitales) fue de u$s 80.000 millones, mientras que el crédito de los extranjeros a la Argentina fue de u$s 100.000 millones y la inversión extranjera directa de u$s 80.000 millones. O sea, el capital es capital y si se lo quiere gravar más allá de lo internacionalmente aceptado o no ve con claridad el horizonte futuro de sus negocios, se va y el que termina pagando el impuesto es el pobre a través de menores salarios y/o más desempleo.
Resulta inconcebible ver retrospectivamente cómo los argentinos decíamos que lo bien que nos iba a principios de los '90 era por nuestra «genialidad» y ahora que estamos en la peor crisis de la historia decimos que es culpa del FMI o de los Estados Unidos que vienen por nuestra «dignidad». Estas frases rimbombantes son típicas de la izquierda autóctona que nos supimos dar. En ella militan versiones «light», bien corporativas y corruptas como el radicalismo y el peronismo (el menemismo no es ni de derecha ni de izquierda, sí es el paradigma de lo inescrupuloso) y variantes más «pesadas» como Carrió o trotskistas como Zamora. En última instancia, nuestra izquierda es una fiel representante del complejo de inferioridad que tenemos los argentinos frente a los que les va bien porque siempre tenemos que poner a ellos como la causa de que a nosotros nos vaya mal. Además, esta actitud desnuda una soberbia insana cuando se dice que «ahora vienen por nuestra agua y nuestra tierra». ¿Tan maravilloso, único e irrepetible es lo que tenemos que nos quieren borrar del mapa? Algunas más que una cruz en el pecho, necesitan un psicólogo de bolsillo.
El drama bancario ha exacerbado estos espíritus xenófobos y aquí el caradurismo de la izquierda es excesivo. Bien facilista, nunca se rasgó las vestiduras cuando en la última década el gasto público crecía de manera enloquecida creando un mar de parásitos en el sector público y se financiaba externamente para exponenciar el crecimiento fácil pero, al mismo tiempo, insostenible. Se concentraba en criticar lo poco bueno que dejó el líder del menemismo: privatizaciones (demasiado monopólicas), apertura («trucha» al estilo Mercosur) y algo de desregulación de mercados. Toda su violencia verbal era muy marketinera (aunque bien certera en términos de rating popular): había que ser cruenta con la Ferrari, la corrupción y todo aquello que llegara fácil a la gente, aunque de contenido y de recomendaciones serias de qué hacer con el país, nada, cero absoluto. Y cuando hacia fines de 2001 se venía el default de la deuda, por poco pedían la destrucción de los bancos y de las AFJP, olvidándose que detrás de los bancos estaba la pobre gente con sus ahorros de toda la vida y detrás de las AFJP «yacían» sus ahorros futuros.
La izquierda no quiso entender nunca que luego de años y años de una política fiscal demencial, con un crecimiento espeluznante de los depósitos y con bancos que estaban atragantados de deuda pública (¿habrán descontado los banqueros un plan BONEX futuro?), la estafa al ahorrista era inexorable, tal como había ocurrido a fines de 1989. Porque una cosa hay que aprender. En economía se puede hacer cualquier cosa, lo que no se puede evitar son las consecuencias. La Ley de Gravedad existe. Hoy es mucho más fácil echarles la culpa a los bancos, culpa que sin duda tienen en parte, que rasgarse las vestiduras por no haber votado en contra de los aumentos de gasto público que cada presupuesto planteó para la sociedad en la última década con la patética excusa de los costos sociales que tal medida tendría. No tienen ni la más mínima lógica. Cuando entraban capitales del exterior, no abrían la boca sobre lo que estaban financiando y cuando se van, los extranjeros tienen la culpa de todo.
• Patetismo
Lo mismo ocurre ahora con el patético proyecto del diputado Darío Alessandro para investigar el comportamiento de los exportadores con la liquidación de las divisas. Hace poco, en un «evolucionado» acto de política económica, el gobierno comenzó a obligar a los exportadores a que liquiden sus divisas en el mercado único de cambios, creyendo de manera absurda que por decreto se puede «generar» demanda de pesos. Alessandro cree que en un régimen de tipo de cambio libre, si no se les pone a los exportadores la pistola en la cabeza, no liquidarán las divisas. Eso sí, si al segundo siguiente los exportadores compran dólares por el mercado libre fugando lo que previamente ingresaron, al diputado Alessandro no le importa, ése es otro problema porque ya liquidaron.
Lo que hicimos mal en la última década fue tener un fisco que gastó sistemáticamente más de lo que pudo, endeudó al país hasta atragantarlo de papeles, atrasó el tipo de cambio como loco, hizo una apertura muy trucha como el Mercosur, privatizó de manera monopólica y siguió con el capitalismo corporativo y prebendario que venimos aplicando desde hace por lo menos medio siglo. Si esto es de derecha, izquierda o centro es un problema de segundo orden. Sí es cierto que necesitamos una meritocracia en el gobierno, en el Congreso y en la Justicia. Un auténtico capitalismo competitivo en materia económica basado en el respeto a los derechos de propiedad, apertura comercial y equilibrio fiscal. Este es el camino de países a los cuales nos podemos parecer como Chile y México. Más adelante todavía están Australia y Nueva Zelanda.


Dejá tu comentario