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Los piqueteros son hoy la principal empresa del Estado
La caridad privada nunca cometería esos errores. Esta siempre va acompañada de buenos valores tendientes a la autosuperación y a la defensa de un sentido de rectitud en la vida. Lo contrario de los valores que fomenta un Estado repartidor indiscriminado que tiende a beneficiar al más agresivo o al más eficaz como puntero.
Si el Estado reparte dinero, bajo cualquier título (planes Trabajar, planes Jefes de Familia) o bienes o servicios a los pobres a gran escala y por un largo tiempo lo que tiende a crecer en el mediano y largo plazo es la pobreza. Recordemos también los varios cientos de millones de dólares con que la Nación proveía a la provincia en tiempos de Menem presidente y Duhalde gobernador, todos los cuales fueron usados para el reparto.
El Estado no sólo destruye así a sus «contribuyentes» que produjeron esa riqueza, sino que también agrava la situación cuando transforma esos recursos en demanda de pobreza. Esto es lo que ocurrió en la Argentina. El reparto a mansalva empezó cuando el problema de seguridad y el problema económico del conurbano bonaerense eran mucho menores. El resultado fue la multiplicación exponencial de la cuestión. Los piqueteros están lejos de ser un movimiento marxista espontáneo. Nacieron y sobreviven al calor oficial. Empezaron su actividad concentrando el reparto de los llamados planes Trabajar. De manera natural crecieron desde adentro líderes más aptos para reclamar mayores recursos y también se incorporaron al sistema políticos marginales expertos en punterismo político.
El reparto oficial de dinero se convirtió en un negocio grande para los empresarios de la dádiva y en una salida fácil para desocupados y gente con situaciones económicas dramáticas. Mucha de esa desesperación era consecuencia, a su vez, del exceso de gasto público y la presión tributaria que ahogaba a las empresas para proveer a ese mismo Estado repartidor, generándose así un círculo vicioso imparable. La disminución del flujo de recursos sobre ese sistema perverso o el favoritismo con algunas organizaciones y la exclusión de otras es lo que genera las tensiones que están a la vista y no la pobreza.
• Hoguera
El sistema se convierte por esa vía en una hoguera imposible de dejar de alimentar. El gobierno es quien provee el combustible de esa hoguera. Los piqueteros son hoy la principal empresa estatal y la más conflictiva.
Los cabecillas de estas organizaciones paraestatales se dieron cuenta de que una combinación infalible para tener éxito en el mundo del negocio piquetero era exacerbar la culpa en la sociedad y producir hechos ilegales presentándolos como el último recurso para que «alguien» los escuchara en sus reclamos. Años de alimentar el complejo del Estado represor dieron sus frutos porque los funcionarios terminaron renunciando a utilizar la fuerza para defender a la sociedad, de manera que la Argentina se convirtió en zona liberada para el piquete, la privación de la libertad ambulatoria y hasta el peaje privado de los piqueteros.
La única vía de control que quedaba era negociar con los empresarios piqueteros, negociación que se circunscribía a reparto de dinero, alimentándose de ese modo el incentivo para el próximo piquete.
El marxismo que enarbolan los piqueteros comenzó siendo una cobertura ideológica al viejo y conocido punterismo político (demasiado desprestigiado como para darle el mismo sustento teórico), ahora institucionalizado como brazo del propio Estado. Las organizaciones de piqueteros están formadas por verdaderos «ñoquis» que cobran por y para hacer manifestaciones callejeras y cuyo éxito depende de la capacidad que tengan de asustar a la sociedad y a los funcionarios. Entonces, si los piqueteros son, en realidad, empleados públicos, la máxima irracionalidad consiste en que los hechos de violencia que estamos viviendo son una puja que se produce dentro mismo del Estado entre una fuerza formada para defender la ley y otra fuerza financiada para violarla.

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