Tetovo, la segunda ciudad de Macedonia, y sus alrededores son estampas calcadas de lo que vimos en Bosnia y Kosovo: casas ardiendo, tableteo intermitente de artillería, calles semivacías, carretas de refugiados... Kosovo fue el gran fracaso de la paz de Dayton en Bosnia y los combates de hoy en Macedonia son la mejor prueba del fracaso de la intervención internacional en Kosovo.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Equivocarse de nuevo puede romper definitivamente la frágil paz alcanzada en las guerras anteriores y extender, además, el conflicto a toda la región. Como en el pasado, las potencias occidentales están respondiendo tarde y mal, apostando por la opción menos arriesgada, que suele ser muy a menudo la más ineficaz.
Intervenir militarmente contra la guerrilla como pide el presidente ruso, Vladimir Putin, significaría enfrentarse a la minoría albanesa de Macedonia y a la mayoría de los kosovares. Solicitar un nuevo mandato a la ONU, como ha pedido Austria, choca con el veto de China, que está dispuesta a demostrar en cuanto tenga ocasión su malestar por el reconocimiento diplomático de Taiwán por el gobierno de Skopje.
Reducción
Las anteriores, no son todas las dificultades: hay más. Por una parte, la administración Bush quiere reducir sus tropas en la región, no aumentarlas. Por otra, la Unión Europea, sin medios todavía para intervenir en solitario, se conforma, de momento, con acelerar la entrega de la ayuda financiera ya aprobada para 2001 (33,2 millones de dólares), ofrecer su mediación para intentar conseguir un alto el fuego y el inicio de negociaciones entre las partes, anunciar la firma de un acuerdo de asociación con Macedonia para el 9 de abril y, además, defender la integridad territorial.
Las condiciones que ha puesto la guerrilla -nueva Constitución que haga de Macedonia una federación de dos pueblos en un Estado, igualdad de derechos, libertad para los seis albaneses que pusieron las bombas del '99 y un nuevo censo que certifique su reclamación de que los albaneses son 30% de la población y no 23%, como insiste el gobierno- son rechazadas de plano por los dirigentes eslavos.
«Nadie puede negociar con terroristas, no se modificará la Constitución, Occidente -los EE.UU. y Alemania sobre todo- se niega a admitir que los insurgentes vienen de Kosovo y, consciente o inconscientemente, las democracias occidentales han creado un nuevo Talibán», decía el primer ministro macedonio, Ljubco Georgievski, el domingo pasado. Aunque no lo reconoce públicamente, es un secreto a voces que la guerrilla albanesa busca la independencia y/o la integración de estos territorios en Kosovo. En ese objetivo cuenta con el apoyo casi unánime de los kosovares. La caída de Milosevic en Belgrado el pasado octubre empeoró, en vez de aliviar, el conflicto. Precipitó la decisión de alzarse en armas por temor a que la OTAN los abandone. De hecho, no entienden que la misma OTAN que expulsó al ejército serbio de Kosovo haya aprobado su retorno, esta semana, a 25 de los 2.000 kilómetros cuadrados de la zona desmilitarizada que ella misma impuso en junio del '99, tras la rendición, en la frontera.
«Reforzaremos la frontera de Kosovo con Macedonia para impedir el paso y el avituallamiento de un número limitado de extremistas localizados», dijo el secretario general de la OTAN, George Robertson. Este no dio cifras de los refuerzos y su definición de la guerrilla albanesa deja mucho que desear. Se necesitarían miles de soldados para sellar la frontera y, dado el apoyo con que la guerrilla cuenta entre la población local, no será eficaz.
La guerrilla controla docenas de pueblos y las fuerzas macedonias están mal entrenadas y peor armadas para derrotarla. Cuarenta por ciento de los 120.000 soldados con que cuenta el ejército son albaneses y no lucharán contra su gente y toda la fuerza aérea macedonia se reduce a tres helicópteros. Si no se envían tropas a Macedonia, sin un nuevo mandato de la ONU y sin ayuda militar, Skopje queda en manos de Belgrado, Moscú, Sofía y Atenas, sus tradicionales aliados ortodoxos. Se corre un riesgo grave de empujar a Macedonia a una alianza étnico-religiosa en un conflicto descaradamente territorial, aunque muchos se empeñen en disfrazarlo de otras cosas.
Dejá tu comentario